Mercado de futuros

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Mercado de futuros, es el retrato de una zombificación. Una hipnosis colectiva. La prueba de que Aldoux Huxley y George Orwell no fueron novelistas sino periodistas de sucesos cuyo único mérito fue tener los contactos adecuados para recibir los soplos instantes antes de que el ladrón fuera atrapado o se llevara a cabo una redada. Si a un personaje de Berlanga le comentan que las imágenes que está contemplando en el documental de Mercedes Álvarez han sido rodadas en su España, se cae de bruces en la plaza del pueblo y no se levanta hasta que se encuentra en el ataúd y el cura está rezando por su alma. Porque lo que se nos muestra aquí no se encuentra tan lejano, ni mucho menos, de los frescos futuristas retratados por Fritz Lang en Metrópolis y el esquizoide retrato de nuestra sociedad que nos presenta nos obliga a preguntarnos si no somos alguno de esos personajes de Philip K. Dick incapaces ya de distinguir la realidad cotidiana de la virtual.

Mercado de futuros, sí, es la fotografía de un ejército. El neoliberal. Un delicado lienzo que, con ritmo pausado, ajeno a esa insoportable prisa que corroe los recintos capitalistas, describe a sus soldados, armas de destrucción masiva, silenciadores, estrategias, potenciadores del deseo y batallas con la misma precisión que pudiera haberlo hecho Stanley Kubrick. Un filme sobre la destrucción de las familias y el amor. Una ópera crepuscular donde se representa y revive de nuevo sin necesidad de escenificarlo, el pacto fáustico. La radiografía de un lavado de cerebro. La fotocopia de las ideas que daban vueltas por la cabeza del español medio hace menos de una década. Una fría y cerebral visión de cómo el timo de la estampita ha evolucionado. La crónica de cómo los objetos se han impuesto a los espíritus y los hijos, nietos de Zipi y Zape y Mortadelo y Filemón fueron engañados por enésima vez. Crearon un imperio, levantaron gigantescas ciudades para enriquecer a otros mientras alzaban su cabeza altivos y sonreían creyéndose superiores a los dioses justo instantes antes de que la pirámide se derrumbara.

Cuando Adolfo Guerra comentó ebrio de orgullo que en unos cuantos años a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió, desde luego que acertó. De hecho, me pregunto si acaso tenía en mente dolorosas, cruentas imágenes como las que vemos en esta especie de exorcismo espiritual de una época en la que los militares, los ejecutivos, no necesitaban amenazar o disparar para controlar a la población. Moldearon su cerebros, provocando heridas psicológicas mucho más hondas que las físicas, de las que probablemente no se recuperarían en décadas. Si Francisco de Goya y Lucientes reviviera, fuera nuestro contemporáneo, probablemente no crearía sus pinturas negras sino que se empeñaría -ya fuera pictórica o cinematográficamente- en crear imágenes, metáforas que explicaran su realidad con la sabia distancia, ironía cruel y profundidad con que lo consiguió Mercado de futuros. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

                       Cuando el camello cae, las navajas abundan

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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