Mi muerte

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Historia de mi muerte, el film de Albert Serra, es una maravilla. Al igual que Honor de caballería; su particular visión sobre la obra quijotesca. Siempre me suele suceder lo mismo al contemplar los films del catalán. Entro en un proceso hipnótico, entre el trance y la relajación, cayendo casi en la ensoñiscación hasta que sin saber cómo ni cuándo ni porqué, me siento y creo viviendo dentro de la película. Contemplando un cuadro o escena como si fuera un personaje más. Adoro la espontánea forma de hablar de los personajes, sus rasgos de naturalidad, la sensación de improvisación e inspiración que traslucen en cada una de sus apariciones y diálogos. A veces creo estar observando un fresco animado y otras una película que se ríe constantemente de sí misma, no se toma en serio a nada ni a nadie y se asemeja a un exquisito licor que no obstante únicamente podrán degustar en toda su esencia unos pocos.

El cine de Albert Serra me divierte. Empatizo con su forma de ser y manifestarse. Ver por ejemplo comer fruta a Casanova me abre el apetito.  Me transporta a una dimensión cinematográfica diferente -entre la rigurosidad de Bresson y la iconoclastia de Zulueta- en la que consigo emocionarme y ponerme nervioso no tanto ante las acciones que se suceden ante mí sino con sus diálogos, gestos y sugerentes imágenes que a veces parecen más lienzos, viñetas o gráficos que secuencias tradicionales. ¿A dónde mira la cámara de Serra? Yo diría que lo hace al corazón. Que a Serra no le interesa ni el mito ni la historia sino lo que perdura de ellas en nuestra vida. Que Serra no entiende de futuros ni de pasados sino que para él únicamente existe el presente y el cine es un arte alquimista que cada vez que se proyecta en una pantalla tiene la capacidad y el deber de hacer resplandecer el aquí y el ahora. Y por ello ni sus reyes magos ni su Quijote ni por supuesto su Casanova o su Drácula son figuras literarias cuyas palabras resuenan alejadas de nuestro mundo sino que son seres vivos no muy distintos de nosotros con los que podríamos departir de nuestras penas cotidianas sin excesivos problemas. Eso sí, siempre con un cierto laconismo, determinado goce y regocijo que los hace especiales. Herederos de aquella vetusta y mítica edad de oro a la que acaso Albert Serra rinde homenaje en sus obras rompiendo cánones y reglas continuamente permitiendo que en ellas cada una de las personas que aparecen se manifiesten en total libertad siguiendo aparentemente no más que su impulso interno en el momento de expresarse. Sí. Los personajes de Albert Serra no son ni fueron sino que están siendo. Viven en gerundio y en su paso por la pantalla no importa si su destino es trágico, esencialmente se diría que gozan y resplandecen. Extraen y desarrollan diversas posibilidades introduciéndose en un plano existencial diferente que me atrevería a decir que se encuentra tan lejos de la vida como del arte. En un plano alterno todavía sin definición que los aleja de la ficción, la historia y el mito sin acercarlos del todo -por más próximos que se encuentren- a la realidad.

Historia de mi muerte tiene momentos increíbles. Profundamente perturbadores a la vez que bellos y armónicos. Es una salvajada tremenda a la que resulta difícil acceder como a todo lo atípico. Un castillo elevado en un desfiladero de piedras donde el oro y la razón, el amor y la seducción quedan sometidos a la mierda, la irracionalidad, el sexo y la pasión. Una lucha entre el eros y la muerte, la inmortalidad, Apolo y Dionisos que da lugar a escenas que son llagas y cicatrices en el puro centro del celuloide. Rituales animistas sometidos al ritmo de un soundtrack que por momentos homenajea a los soniquetes del Giallo o el porno en los que la pantalla se oscurece como los ojos de un animal muerto y las muchachas se desfloran lentamente con la crudeza con la que lo hacen las ramas asoladas por el fuego. Los ojos ariscos de un Drácula que Serra nos presenta no tanto como la antítesis de Casanova sino como una condición y resultado más de la existencia. El vecino que mira a través de la mirilla cuando la angustia se apodera del planeta. La serpiente que envenena a la víctima en un acto que no es tanto una oda a la muerte sino exaltación de la vida. Tanto como la faz viperina y lánguida del esteta Casanova tras encontrar en el nocturno conde rumano durante su misterioso viaje a los Balcanes, la figura que le complementa. Le permite al fin liberarse deviniendo sin ornamentos hipócritas en aquello que siempre fue: un vampiro sexual. El torero enamorado del toro que hace al fin realidad su más íntima fantasía: penetrar a los espectadores con dos cuernos implantados en el cráneo. O mismamente, don Juan asesinando a todas las mujeres que enamoró y se vio obligado a permitir que siguieran respirando, continuaran existiendo pudiendo por tanto olvidarlo.

Más allá de sus tropelías, irreguralidades y típicos desplantes de enfant terrible, Albert Serra es un frugal anarquista cinematográfico repleto de buenas ideas y sugerentes visiones de la realidad. E Historia de mi muerte, ese onírico, simbolista fresco ritual sobre la desaparición del amor, lo confirma ahondando en imágenes, inquietantes secuencias en las que la racionalidad es consumida por la monstruosidad y la liberalidad por el vicio, poniendo de manifiesto que Occidente no es más que un enorme cementerio levantado sobre la sangre de cientos de muertos que antes o después vendrán a reclamar venganza. La biografía de Casanova, y eso lo sabe muy bien Albert Serra, no es tanto una hagiografía amorosa, una intensa y enorme novela clasicista sino un inquietante relato que nos va guiando lentamente, como si fuera un viaje dantesco, hacia arrecifes e islas dominadas por almas desaparecidas, atrapadas en el fango o el purgatorio. El preludio al surgimiento de la novela gótica y el mundo fantasmagórico que inaugurará la Revolución francesa y reinará donde lo había hecho hasta hacía muy poco la Ilustración. Esa fecha histórica en la que los campesinos y sucios pordioseros elevaron sus brazos a los cielos sosteniendo entre sus manos las cabezas de los nobles entre las risas sin fin de los demonios procedentes de la oscuridad. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

A un loco se le conoce por lo actos. A un sabio también

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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