Mi muerte

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He disfrutado mucho con el último film de Albert Serra, Historia de mi muerte. Siempre me suele suceder lo mismo al contemplar las creaciones del cineasta catalán: que accedo a un estado hipnótico, entre el trance y la relajación, hasta que sin saber cómo, me siento dentro de la película. Contemplando un cuadro o escena como si fuera un personaje más. Tal vez por la espontánea forma de hablar de los actores y la sensación de improvisación e inspiración que traslucen en cada una de sus apariciones y diálogos.

El cine de Albert Serra me divierte. Empatizo mucho con sus conversaciones, gestos y sugerentes imágenes que a veces parecen más lienzos, viñetas o gráficos que secuencias tradicionales. Ver por ejemplo comer fruta a Casanova me abre el apetito. Me transporta a una dimensión cinematográfica diferente. Ciertamente, su obra es única. Una mezcla entre la rigurosidad de Robert Bresson y la iconoclastia de Iván Zulueta. Y por ello, en determinados momentos, creo estar observando un fresco animado y otras, un lienzo en movimiento cuyos integrantes se ríen constantemente de sí mismos. Un exquisito licor que únicamente podrán degustar en toda su esencia unos pocos

Creo que Albert Serra no entiende ni de futuros ni de pasados sino que para él únicamente existe el presente. Por lo que tanto sus reyes magos como su Quijote o por supuesto, su Casanova o su Drácula son más seres vivos que figuras literarias. No son muy distintos de nosotros y  creo que podríamos compartir nuestras penas cotidianas con ellos sin excesivos problemas. En cierto modo, porque son seres que aspiran a reverdecer aquella mítica Edad de Oro a la que el cineasta catalán rinde homenaje en sus obras rompiendo cánones y reglas continuamente en busca de una total libertad. Sí, los personajes de Albert Serra no son ni fueron sino que están siendo. Viven en gerundio y gozan y resplandecen durante su paso por la pantalla. Se encuentran en un plano existencial diferente e inclasificable; tan lejos de la vida, la historia y el mito como del arte y la ficción.

Historia de mi muerte tiene momentos increíbles. Profundamente perturbadores a la vez que bellos y armónicos. La película es un castillo elevado sobre un desfiladero de piedras en la que el oro, la razón, el amor y la seducción quedan sometidos a la mierda, la irracionalidad, el sexo y la pasión. Describe un combate entre el eros y la muerte y Apolo y Dionisos, que da lugar a escenas que son llagas y cicatrices en el puro centro del celuloide. Es un ritual animista (cuyo soundtrack remite tanto las míticas bandas sonoras del Giallo como a las más vulgares del cine porno) durante el que la pantalla se oscurece como los ojos de un animal muerto y las muchachas se desfloran lentamente como ramas asoladas por el fuego.

Para Albert Serra, Drácula (Dionisos) no es tanto la antítesis de Casanova (Apolo) sino una condición y resultado de su existencia. De hecho, la bestia nocturna es más bien, la figura que complementa al amante infinito y le permite al fin liberarse para convertirse sin ornamentos hipócritas en aquello que siempre deseó ser: un vampiro sexual. Un don Juan que asesina a todas las mujeres que besa.

Creo que es un error juzgar a Albert Serra por sus habituales declaraciones y desplantes de enfant terrible. Porque ante todo, es un frugal anarquista cinematográfico repleto de buenas ideas y sugerentes visiones de la realidad. E Historia de mi muerte, ese onírico ritual sobre la desaparición del amor, lo confirma. Puesto que se encuentra lleno de inquietantes secuencias en las que la racionalidad es absorbida por la monstruosidad y la cultura por el vicio. Es una película que retrata a Occidente como un enorme cementerio levantado sobre la sangre de cientos de muertos que antes o después vendrán a reclamar venganza.

La biografía de Casanova, y eso lo sabe muy bien Albert Serra, no es tanto una hagiografía amorosa ni una intensa y enorme novela clasicista sino un viaje dantesco hacia arrecifes e islas dominadas por almas desaparecidas, atrapadas en el fango o el purgatorio. Es un preludio al surgimiento de la novela gótica, la atmósfera romántica y ese mundo fantasmagórico que reinaría donde lo había hecho hasta hacía muy poco la Ilustración. De hecho, es la puerta a un acontecimiento como la Revolución Francesa. Esa fecha histórica en la que campesinos y sucios pordioseros elevaron sus brazos a los cielos sosteniendo entre sus manos las cabezas de los nobles entre las risas de los demonios procedentes de la oscuridad. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

A un loco se le conoce por lo actos. A un sabio también

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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