Musas

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La academia de las musas es una de esas películas-milagro que se ruedan de tanto en tanto. Según parece, antes del comienzo del rodaje, José Luis Guerín tenía preparados tan sólo unos mínimos apuntes sobre su desarrollo. Vislumbraba con claridad que debía empezar con el discurso del profesor italiano sobre las musas en la obra de Dante, pero el resto de metraje no era más que un bosquejo en su cabeza.

La mayoría de los films que se ruedan con esta técnica terminan por ser insoportables. Suelen caer en el manierismo extremo. Pero sorprendentemente, La academia se convierte en un maravilloso testimonio de arte libre. Una obra que huele a vida y homenajea con autenticidad el cine experimental en la que la intuición y colaboración de los actores fue esencial. De hecho, fueron las hábiles y diestras actrices quienes, a medida que se iba desarrollando la película y se iban filmando las escenas, propiciaron esos intensos e ingeniosos diálogos con los que se cierra esta joya secreta y mágica.

En realidad, el tema que aborda La academia es tan clásico como actual. En una Universidad, un profesor pasional y entregado plantea a sus alumnos las siguientes cuestiones: ¿Debe pasar a la acción la mujer en las cuestiones amorosas? ¿Está obligada a ser siempre la parte pasiva o es necesario que tome la iniciativa? Según Dante, las nuevas musas debían dar un paso más allá. No debían contentarse con ser objeto de deseo sino que tenían que lanzarse con ímpetu y júbilo a conseguir lo que añoraban. Una musa era, en cierto modo, el prototipo de mujer moderna. No seducía únicamente con su aspecto físico sino por su personalidad. Su magnetismo radicaba tanto en su cabello y sus ojos como en su carácter. Su capacidad de remover la conciencia y corazón de los artistas, por tanto, tenía más que ver con su actitud que con su belleza. Con la elegancia con la que era capaz de imponerse.

Una reflexión que propicia un sinfín de polémicas discusiones y conversaciones, puesto que, para ciertas alumnas, la teoría de la musa viene a ratificar el sistema heteropatriarcal. Responde al deseo de un hombre encantado de que la mujer se aproxime a él y lo libere del esforzado trabajo de seducción y, por tanto, sería un arquetipo femenino construido por el varón y no tanto un símbolo de libertad. Sin embargo, para otras, la musa activa es una propulsora del feminismo. Del mundo en el que las mujeres adoptan papeles de mando y no dudan en abordar a sus objetos de deseo. Y al contrario, para la esposa del profesor, podría no ser más que una difusa teoría con la que su compañero intentaría justificar su sueldo y quién sabe si convertirse en sátiro seductor. Aprovecharse de su posición para transformarse en amante múltiple y ratificar el poder de la virilidad. Del falo.

En cualquier caso, lo sensacional de la película de Guerín no son, desde luego, estas teorías sino cómo la realidad las desmonta, pone en entredicho y cruza. Exactamente, lo fabuloso del film de Guerín es cómo la danza de la realidad termina por imponerse a Dante, la Universidad, el feminismo, la poesía y a la racionalidad del discurso del maestro. No sólo la danza de la realidad sino, ante todo, el ardoroso deseo. Puesto que, finalmente, las mujeres pelean, compiten unas contra otras por la “presa” masculina, se dejan seducir y seducen tanto activa como pasivamente y la obra se convierte en un retablo medieval. Un sutil, desprejuiciado e hilarante monumento dedicado no ya a las musas sino a ese loco y descontrolado amor que con tanta maestría el Arcipreste de Hita describió en su  famoso libro. Una prueba gráfica de que la práctica siempre acabará por revolver y desmontar cualquier teoría -no importa lo consistente que sea- sobre las pasiones. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

El honor es una isla rocosa sin playas

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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