Pacino

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Hace poco más de un año, la Popular 1 le dedicaba una portada y un reportaje especial a Al Pacino. Y no me extraña, porque si alguien encarna los valores -sean cuales sean estos- del rock es él. Pacino es una hamburguesa sucia. Una metralleta cargada hasta los topes de balas. Unas cuantas rayas de cocaína extendidas desordenadamente en una mesa. Una explosión de hormonas masculinas destrozando la pantalla. Improvisación y rabia. Energía muchas veces desbocada pero también, sabiamente controlada. Y como los grandes, ha trascendido a todos sus personajes. Los ha llevado más allá de las líneas escritas en el guión hasta convertirlos en una amplificación de sí mismo. Siendo capaz de llenar una sala de cine con un solo gesto. Dar sentido a una mediocre película con una simple mueca. Un arqueo de ojos o un leve movimiento de su rostro hosco pero atractivo. Severo, agrio y a la vez salvaje. El símbolo de la desesperación y la rebeldía. Del drama y la violencia. El rostro de Edipo justo antes de sacarse los ojos. Del torturador en los momentos previos de matar a su víctima o el gangster invencible segundos antes de morir traicionado por quienes consideraba sus aliados. Un rostro que lleva escrita en cada arruga y pliegue, el temprano divorcio de sus padres emigrantes, su severa educación en el Bronx y el germen virulento de la tierra siciliana. Ese mito vengativo llegado a él a través de la herencia genética de sus abuelos, que le ha permitido interpretar los papeles más violentos con asombrosa naturalidad. Precisión sobrehumana. Casi como si para él fuera habitual estar enfadado cada hora del día. Y la paz fuera una utopía lejana e imposible.

Realmente, incluso en sus peores momentos, Al Pacino siempre ha resultado creíble. Ha convertido una escena aparentemente banal en un terremoto y ha concedido elegancia y una suntuosidad luctuosa a momentos cotidianos sin aparente importancia. Consiguiendo abrir las compuertas de la tragedia con dos gritos y un leve movimiento de manos. Estoy convencido por otro lado, que de no ser hijo de emigrantes y haber nacido en Italia, Al Pacino podría haberse convertido perfectamente en uno de los actores fetiche de Pier Paolo Pasolini. Haber trabajado junto a él en películas como Accatone, Mama Roma, poniéndole rostro y cuerpo a los barrios bajos de Roma o Nápoles. A la Italia de los desheredados y la post-guerra. De hecho, sus rasgos físicos no son muy distintos de los de Franco Citti. Otro meditabundo, corrosivo actor que desde luego que tampoco hubiera desentonado en un film de Brian de Palma o Francis Ford Coppola o algunos de los papeles protagonizados por Al Pacino: jonkie, capo de cocaína, gangster decadente, policía neurótico o adulto traumatizado. Verdaderamente, el gran problema -si lo hubiera- de Al Pacino como actor, radica sobre todo en su histrionismo. En haber abusado a veces de su corrosivo carisma así como en su impresionante capacidad de desbordar cualquier escena que ha hecho que en determinadas ocasiones, el argumento y desarrollo de muchas películas se vea supeditado a su personalidad. A ese incontenible magnetismo que provoca que aunque no aparezca en pantalla, podamos sentir su presencia. De hecho, a Al Pacino le bastan unos pocos segundos y no necesita palabra alguna, para hacernos comprender inmediatamente qué es lo que pasa por la mente de sus personajes. Entender su mundo interior y las pasiones que lo agitan. Las razones por las que estaría dispuesto a perder la vida o podría enloquecer. Y obviamente, ese torbellino de adrenalina sin un sabio director a su lado capaz de contenerlo, ha hecho de tanto en tanto derramar agua del vaso de sus explosivas actuaciones. Esas bombas emocionales que en lo que a mí respecta me han hecho sentir sensaciones muy parecidas a las de un gol de Hristo Stoichkov, un drive de John McEnroe o un guitarrazo de Jimi Hendrix. El big-bang del Universo cultural. Y cinematográfico.

Obviamente, la Sagrada Familia de las interpretaciones de Al Pacino es su impresionante composición del Michael Corleone de El padrino. La riqueza de matices que aporta al elegante jefe de la Mafia desde la inocencia e ilusión originales hasta su cinismo, crueldad y trágico dolor al final de la saga, han sido tantas veces destacados que no merece la pena volver a citarlos. Aunque sí me gustaría precisar que sin la profundidad y, sobre todo, la humanidad que aporta Al Pacino, el  personaje resultaría mucho menos creíble. Pues lo más sencillo -y en manos de otro actor con menos talento podría haber sucedido perfectamente- hubiera sido mostrar al mafioso como un monstruo. Alguien taimado, vil y ambicioso sin posibilidad de redención. Y muy al contrario, Pacino compone un carácter repleto de claroscuros dejando entrever, más allá de sus ingentes zonas tenebrosas, los aspectos luminosos de su ser. Y, sobre todo, sus contradicciones. Corporizando un personaje que hubiera hecho las delicias de William Shakespeare. Dramaturgo con el que Al Pacino se ha simbiotizado perfectamente al final de su carrera en busca de las raíces de la violencia moderna, los fantasmas trágicos del mundo actual que tanto su rostro como su cuerpo reflejan a la perfección. Pues basta con verlo moverse, callejear -sin necesidad de leer ensayo alguno- para comprender intuitivamente, de un flash, el drama de Caín, los exiliados, la contradictoria naturaleza del ser humano, su mente tortuosa y torturada, las injusticias que hacen estallar antes o después los robos, asesinatos y guerras de pandillas o la rapacidad del poder. Algunos de los temas shakesperianos por excelencia. Shalam

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Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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