Perversa educación

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Lamentablemente, los papeles que Jeremy Irons ha escogido (o le han ofrecido) en los últimos diez años no le hacen justicia como actor. Porque el artista británico es el rostro de la ambigüedad. De la fragilidad. Es alguien ideal para encarnar personajes hipócritas. De esos que nunca sabemos exactamente lo que piensan pero intuimos que tras su máscara de hielo esconden sentimientos abisales. En su momento, Irons supuso la actualización del gentleman británico. Su interpretación en Retorno a Brideshead encandiló debido a su capacidad de transmitir sensibilidad e inocencia y un sordo malestar. Irons era la imagen del yerno ideal. Educado, contenido y guapo. Aunque a pesar de su belleza apolínea, su rostro no terminaba de ser totalmente jovial. Transmitía inquietud. Una apagada sensación de peligro. Detrás de Irons parecía encontrarse siempre un demonio que no acababa de salir a la luz. Un turbio secreto que convertía en adictivas sus apariciones en pantalla. Transformaba muchas de las tomas de su rostro en fantasmagóricas alucinaciones que remitían a oscuros secretos sexuales y a suntuosas perversiones ocultas gracias a una refinada templanza espiritual. Cualidades lo suficientemente amenazantes como para llamar la atención de David Cronenberg. El director que mejor partido ha sacado de sus cualidades. De hecho, probablemente las dos mejores interpretaciones de su vida han sido las realizadas en Inseparables y M. Butterfly. Porque el artista canadiense consiguió fracturar su psique. Lo invitó a transtornarse y adentrarse en los territorios de la esquizofrenia. Y aprovechó su refinamiento y cierto amaneramiento que lo acompaña para explorar su sexualidad. Mezclando identidades y mentes en dos frescos donde fue llevado al límite y traspasó las puertas de la normalidad para convertirse en el vivo retrato de un enfermo. Un obseso. Alguien que definitivamente ha sido capturado por el lado oscuro y ha traspasado fronteras que nunca hubiera debido cruzar.

Obviamente, Irons tiene otras interpretaciones sobresalientes. Pero creo que esos papeles son los que mejor resumen su grandeza. Porque Cronenberg no tuvo piedad de él. Lo llevó al límite. Y aprovechó su aspecto racional y su carácter templado para llevar a cabo una disección turbia de su personalidad y de la burguesía. Algo muy adecuado porque, en realidad, el actor británico invita a desconfiar de la clase social que mejor representa y encarna. Por lo que no tengo dudas de que hubiera interpretado majestuosamente al frío, retorcido y extremadamente inteligente Tom Ripley compuesto por Patricia Highsmith o a Dorian Gray en caso de ser elegido para protagonizar una adaptación de la obra de Oscar Wilde. En cualquier caso, en un mundo más justo y en el que el cine no estuviera tan mediatizado económicamente, creo que los directores deberían haberse aprovechado de una vena jocosa y satírica que se encuentra latente en su personalidad. Porque, ciertamente, aunque Irons es ideal para interpretar a un noble, un médico o un abogado torturado, creo que se desempeñaría perfectamente en el papel de un rey bufo. Y también creo que sería un desafío para él meterse en el cuerpo de un personaje que le exigiera engordar 20 o 30 kilos. Someterse a esas tremendas transformaciones físicas que, por ejemplo, un Robert de Niro -tal vez por su origen italoamericano muy alejado de las regladas pautas de conducta inglesas- llevaba a cabo con voracidad extrema. Con absorbente y alocada decisión.

No obstante, Jeremy Irons es un estilo en sí mismo. Una prueba de lo que puede llegar a hacer en un ser humano la cultura pero también del desequilibrio al que nos aboca la educación. Y por ello, ha sido capaz de conseguir que miremos con cierta sospecha a un traje escondido en un baúl o un instrumento quirúrgico y de convertir un sombrero en un objeto siniestro. De hecho, se tiene la sensación de que en cualquier momento que aparezca, varias nubes se aposentarán sobre lo cielos o que comenzará a atardecer. Porque el actor británico no es la noche. No es la locura. Pero sí las líneas del horizonte que anteceden a la destrucción total. No es un soneto perfecto sino un poema en el que, desprevenidamente, encontramos una o dos palabras que no riman y un tachón. Es quien da de comer a las hormigas que lentamente irán adentrándose en los alimentos que las familias saborearán dentro de pocas horas en los parques. Alguien que sabemos que ha cometido un crimen pero gracias a la pulcritud de su rostro y a la convicción con la que se expresa, nos convence de que no ha sido él. Shalam

إِنَّمَا يَتَفَاضَلُ النَّاسُ بِأَعْمَالِهِم

Los espíritus vulgares no tienen destino

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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