Rostros

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Ingmar Bergman, sin dudas, estaba asustado de la muerte. Cuando rememoro sus películas, ese es el tema central que entiendo que unifica a todas ellas: el miedo al fin y al ocaso. Un hecho que explica su silencio y reclusión durante los últimos años de su vida en la isla de Faro. Pues posiblemente, el cineasta sueco necesitaba prepararse más que el común de los mortales para un “acontecimiento” que ridiculizaba cualquiera de sus intentos por dejar un legado. Por seguir construyendo marionetas, jugando con las vidas de sus personajes y, en cierto modo, también con las de los actores que interpretaban sus filmes y las personas que lo rodeaban en su vida cotidiana.

En realidad, en el cine de Bergman, la mayoría de personajes hacen teatro real o metafórico. Ese es el drama, por ejemplo, de la fantasmagórica protagonista de Persona o del inquietante mago que protagoniza El rostro. Y entiendo que ahí se halla, asimismo, el malestar que asola a muchos de los acomodados burgueses que aparecen, ya sea radiantes, tímidos o avergonzados, en tantas de las inolvidables secuencias que rodó. Personajes todos ellos que, aun logrando sus objetivos y gozando de ciertos chorros de felicidad vital, nunca alcanzan la plenitud. Siempre parecen atravesar un mar calmo sobre cuyo horizonte se ciernen afilados nubarrones -los tambores de la muerte- que, de uno u otro modo, se encuentran presentes en sus conciencias. Y suelen, más tarde, manifestarse en forma de una epidemia de peste, una enfermedad psicológica, un accidente fortuito, un asesinato, una menstruación, un asfixiante grito, un alucinado paseo por un parque o incluso un beso.

Por ello entiendo que cuando Bergman se decidió a ponerle un rostro a la muerte en El séptimo sello, no fue únicamente por su deseo de homenajear ciertos frescos medievales o representar de manera más incisiva la época retratada, sino porque hacía ya tiempo que necesitaba verbalizar, visualizar, mostrar su trauma. Necesitaba desesperadamente psicoanalizarse en la gran pantalla y convertir su angustia en belleza o algo perdurable que pudiera hacerle escapar de las pesadillas que lo devoraban diariamente del mismo modo que persiguen a sus personajes allí donde vayan: una clínica psiquiátrica, una mansión nobiliaria o una paradisíaca playa.

Cuando vuelvo a observar fotogramas de las películas de Bergman, siento el miedo. Veo a la muerte persiguiendo a todos sus personajes. Una presencia invisible que los ahoga, justificando no tanto su ira sino su desamparo. Su fragilidad. Hay muchachas que son similares a flores en sus películas. Y por una vez, esto no es una metáfora sino la realidad. Porque la mayoría de ellas acaban sangrando. Siendo cortadas por las tijeras del sexo, la madurez y el trabajo. Cercenadas y ahogadas por el trauma del nacimiento y sus relaciones sibilinas con sus padres que, la mayoría de veces, esconden deseos incestuosos no consumados que acostumbran a salir a la luz en abstrusos monólogos y desesperadas invocaciones con la fuerza de un huracán.

Las mujeres de Bergman no tardan demasiado en advertir que la soledad es el único faro en la noche. Y que dios, si existe, es un cerdo que se las desea follar. Un violador que huye y huye cuanto más se le reza para no hacerse cargo de sus criaturas. De sus faltas y culpas.

En el cine de Bergman no hay intriga. La trama se condensa en miedos y dudas. Oscuridades. Se reduce al momento en el que los personajes se saben perdidos. Solos. A cómo actúan cuando descubren que no pueden mentir ni culpar a los demás o controlar su vida, como habitualmente hacen.

Bergman ha sido capaz de capturar en varias películas lo que ocurre en la psique de las personas cuando comprenden que van a morir. Ese instante en el que el ruido y la furia se convierte en silencio y comprendemos que los renglones vacíos son el único argumento de la obra. La tragedia del alma.

Sus películas están llenas de máscaras imposibles de quitar. Lo que produce bastante impotencia, teniendo en cuenta que su cine es incapaz de traspasar la muerte o decirnos qué hay más allá del suicidio. No es más que una linterna que ilumina sombras. Pasillos intrincados que conducen al centro de una caverna donde se encuentran tanto los hijos de Cristo como los de Satanás. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 La sabiduría inútil da más trabajo que la tontería

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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