Silencio

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En cada una de las películas rodadas por Albert Serra existe un momento mágico. Unos segundos en los que el tiempo se detiene y sentimos que estamos asistiendo al discurrir de la verdadera vida.  A un ritual sagrado y misterioso que nos abre la puerta de otro confín.

En su última obra, La muerte del rey XIV, esos instantes se producen durante una escena desarrollada en una antesala cercana a la habitación donde el monarca descansa, protagonizada por médicos, doctores y sanadores que hablan de los distintos ungüentos y medicinas utilizados, elucubran cuál podría ser el mejor para amortiguar el avance de la enfermedad del soberano y se preguntan si los métodos utilizados por un colega en concreto son efectivos o no, pues sospechan que es un farsante.

Ciertamente, merece la pena ver todo el filme por ese momento que resume toda una manera de ver y sentir el cine. Una filosofía de vida. Algo parecido a lo que ocurre en Historia de mi muerte. Aunque aquí no me atrevería a indicar una escena en concreto sino que más bien, aludiría  al hipnótico clímax final de la obra. Un tour de force nocturno y feroz que transforma la pantalla en luna roja y nos conecta instintivamente con los salvajes aullidos de vampiros y lobos. Con Drácula y su séquito de viciosos destructores de la razón. En Honor de caballería, este momento mágico lo identifico con las escenas en las que don Quijote y Sancho rememoran a la egregia Edad de Oro en un río. En El canto de los pájaros, con los constantes silencios que se producen entre los reyes magos en su famoso viaje al encuentro del niño Cristo o con los ecos del violonchelo de Pau Casals. Y en Crespià, the film not the village, con los alocados recorridos de los jóvenes por las carreteras de un pueblo convertido en surrreal, una mera caricatura, por mor de una fiesta.

Sé que tal vez sea pedir mucho al espectador -y más en los tiempos que corren- solicitarle que se siente a ver una película durante casi dos o tres horas para disfrutar de unos cuantos minutos de puro cine. Aunque lo que deseo expresar -y no sé si he podido transmitir- es que esos escasos momentos citados de las películas de Albert Serra no son tan sólo cine. Son algo realmente sobrenatural. Arte en movimiento. Y rayan a tan nivel que hacen que sea ridículo hablar del tiempo empleado para ver la obra o del dinero gastado. Porque son un retablo en movimiento. La voz del Creador hablando a través de las imágenes. Un destello creativo que hace pensar en el alquimismo y en la sabiduría de los viejos artesanos. En un mundo donde todavía cada día podía ser un milagro y las almas volaban libres por los campos. Shalam

إِنَّمَا يَتَفَاضَلُ النَّاسُ بِأَعْمَالِهِم

De razones vive el hombre, de sueños sobrevive

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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