Simón del desierto

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Hoy he recordado Simón del desierto. El clásico de Luis Buñuel. Tiene algo esta libre recreación de la vida de Simón el estilista que resulta difícil de explicar. Puede que el hecho de ser un film inacabado le haya incluso favorecido. Porque yo al menos siempre me quedo con ganas de más cuando lo contemplo.

En realidad, el tratamiento que Buñuel realiza de la personalidad y el carácter del santo y las personas que lo rodean es, por decirlo en pocas palabras, genial. Tanto los milagros que realiza, las envidias que concita en los miembros de la iglesia, las bendiciones que concede a insectos, animales, tullidos o a quien se le presente como las tentaciones que se ve obligado a sufrir por el diablo (una pizpireta Silvia Pinal) están filmados con tanta naturalidad, que no es posible más que echarse una risa y aplaudir. Porque a Buñuel le bastan unos pocos minutos para crear un fresco satírico explosivo. Un grotesco e incisivo retrato de Simón en el que aparece como una mezcla entre un profeta bíblico y un pastor, un castellano y un asceta, resaltando aún más lo simbólico y extremo de su decisión: vivir subido a una columna sin alimentarse como signo de reverencia a dios.

No hay, ya lo he dicho, un solo minuto de desperdicio en esta película. Cada gesto, movimiento de cámara y diálogo está finamente construido. Hace hincapié en lo escabroso y lo carnal, consiguiendo ahondar en los límites de una espiritualidad que se nos hace familiar, simpática y risible sin que por ello se vea ridiculizada. Buñuel consigue, de hecho, algo que prácticamente ningún director en la historia del cine ha conseguido: mostrar los deseos y dudas de los santos sin quitarles su aureola. En el escaso tiempo que pasamos junto a Simón, entendemos sus motivaciones y aspiraciones, sufrimientos y goces puesto que, en esencia, no se diferencia de uno de nosotros. Escupir, eructar, orar, sonreír, maldecir. Nada de lo que haga Simón, según el retrato de Buñuel, podría sorprendernos. Todo lo contrario. De hecho, ni hace falta que confiese qué le ha empujado a subir a la columna. Podemos sacar nuestras conclusiones con la visión de unas pocas escenas.

Puede que sea precisamente la discordancia entre la solemnidad del gesto de Simón y la ordinariez que lo rodea, aquello que hace inclasificable esta obra. A eso contribuye también su sorpresivo y extraordinario final. No sé bien. Realmente es difícil afirmar con seguridad en qué consiste la grandeza de esta película. Pero probablemente radique, como también ocurría con El verdugo de Luis Berlanga y algunos de los primeros filmes de Bigas Luna, en la sutileza y normalidad con la que Buñuel supo retratar lo escabroso sin dejarse atrapar por lo sórdido ni descender hacia abismos sin fondo. De hecho, el cineasta aragonés fue un maestro en esto. Pienso ahora en Viridiana o Ese oscuro objeto del deseo y tantas otras películas que siempre pondría entre las imprescindible de este arte y, a poder ser, contemplaría al menos una vez cada año. Pues responden a los designios de un espíritu libre y lúcido; capaz de retratar los secretos de una época y las personas como si fuera clarividente, un mago y tuviera acceso a su mente. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

Saber y actuar son uno y lo mismo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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