Soylent green

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Lo que me fascina de Soylent Green es que, a pesar de ser un clásico de la ciencia ficción, en realidad, es un filme de realismo sucio. Una obra cuyo espíritu tiene más que ver con Norman Mailer o Taxi Driver que con La fuga de Logan o 2001. Es cine policíaco y apocalíptico. Un anticipo de Blade Runner aunque estéticamente se encuentre a años luz de la obra de Ridley Scott. De hecho, tal vez lo menos conseguido sea su estética futurista y lo que más, sus referencias a la novela negra. El retrato del detective desencantado y condenado a la perdición. La rememoración de una época pretérita en medio de un ambiente desolador.

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Charlton Heston está excepcional en el filme. Duro y humano. Su papel creo que es inseparable del que realizó en El planeta de los simios. Tengo la impresión de que Heston era muy consciente de que su figura y rostro se encontraban totalmente unidos a la fabulosa película de Franklin J. Schaffner (tal vez incluso más que de Ben-hur) y, en cierto modo, trabajó muy bien los matices. Se esforzó en cuidar determinados detalles que dan hondura y profundidad a su personaje. Lo hacen creíble a pesar de que a veces ni los decorados ni la ambientación favorecían su trabajo. Adoro por cierto su escena en la ducha con una prostituta.

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De tanto en tanto ocurren milagros. Soylent green fue testigo de uno de ellos. Una de las escenas que todos recuerdan del filme es aquella en la que el entrañable anciano interpretado por el gran Edward G. Robinson moría a decisión propia mientras rememoraba viejas y maravillosas imágenes de ese planeta que conoció, condenado ahora a la destrucción. Dos meses después, poco antes del estreno del filme, el gigante de la interpretación fallecía de un cáncer de vejiga en un hospital de California. Sin saberlo ni haberlo planificado de atemano, se había ido como merecía: por la puerta grande; delante de los espectadores. A través de un involuntario acto mágico, casi chamánico, que hacía justicia al inmenso actor que fue. Pocas entregas de un Oscar fueron más conmovedoras y cinematográficas como la que se llevó a cabo ese mismo año; el de su muerte. Cuando Charlton Heston entregó la estatuilla a su mujer, era imposible no pensar en el detective Thorn agasajando a su querido amigo y ayudante delante de sus colegas. Un trasvase entre vida y arte alucinante.

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La escena final de Soylent green es eterna. Es de las que quedan para siempre. No se encuentra especialmente rodada pero sí es rotunda e impactante. De todas formas, si hay algo que permanece en la memoria de Soylent green y la ha convertido en acuciante más allá de sus alcances artísticos, es que puso en primer plano el efecto invernadero y el calentamiento global. Fenónemos de los que ni voy a negar que existan ni voy a afirmarlo, pero convendremos que han marcado el inconsciente colectivo de Occidente en los últimos lustros. Shalam

الصواب السياسي هو الاستبداد مع الخلق

La corrección política es tiranía con modales

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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