Suspiria

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Suspiria es un film realmente perturbador. Los flecos del vestido y la bufanda del diablo, rodeando el cuello de un grupo de muchachas que en vez de vivir, parecieran encontrarse encerradas en una academia de baile. Confinadas como vírgenes que, sean conscientes o no, serán sacrificadas en un futuro más cercano o lejano y mientras tanto, intentan realizar un sueño cuyo destino es perderse, como su virginidad e inocencia, por un agujero negro. El embudo por el que caen el dinero de los ahorristas y los deseos de libertad y seguridad del mundo capitalista. Suspiria es un eneagrama apocalíptico, un guiño al fin de los tiempos en el que no hay sustos ni momentos de tensión porque la película al completo, cada uno de los escenarios -un aeropuerto, vestíbulos, habitaciones, ventanas, cortinas o recónditos pasadizos- son un pedazo hecho trizas del vestido de una bruja. Puro miedo. Horror esteticista y en cierto modo efectista, filtrado por un humor socarrón, y el uso de ciertos clichés y tópicos que Dario Argento, como si estuviera masticando chicle, estira, contrae y alarga a su antojo, hasta componer una obra en la que casi que se puede escuchar respirar a las profundidades. Asistir en primera fila a una conversación de espíritus emergiendo de cadáveres recién muertos o al llanto de mujeres perseguidas por brumas remotas de otros tiempos.

Suspiria es una ópera. Una sinalefa cinematográfica tan sinuosa y recurrente, repetitiva como la mítica banda sonora de Goblin. Una alucinación visual en la que importan más las sensaciones, la conexión visceral, que los delgados y brumosos hilos de su trama. No es tan necesaria la lógica como la intuición. Y tampoco importan demasiado las posibles asincronías en el guión o esos bruscos movimientos de cámara parecidos a mordiscos de vampiros o puñaladas a muchachas desnudas en el interior de duchas. Ni desde luego la mayor o menor coherencia argumental de una espeluznante y -sí- divertida historia desarrollada entre unos decorados que lo mismo recuerdan a los castillos góticos de Roger Corman que a los diseños de plástico del pop más frívolo. Puro delirio. Porque la grandeza de Suspiria -uno de los clímax del cine de Argento- es que, siendo un  guiñol sangriento sobreactuado, sin embargo, desde la primera escena resulta natural. Puede llegar a parecer real. Y, desde luego, causa miedo. Miedo del que obliga a retirar el rostro de la pantalla. Abriendo espacios, dimensiones visuales y mentales a medida que se desarrolla la paranoica trama. Una carrera a gritos por la esquizofrenia y el abandono que goza destruyendo y reconstruyendo gamberra y elegantemente la estética de las películas clásicas de terror como rememorando viejas leyendas de brujería -en concreto, una contenida en un relato, Suspiria, de Thomas de Quincey- cuya oscuridad se yergue elegante, simbióticamente por negros edificios que huelen a nazismo y capitalismo frívolo por los cuatros costados.

Suspiria es una cumbre del giallo. Un fascinante cruce entre “la dolce vita” y la ética de la crueldad. El mundo industrial derrumbado por el mítico. Una representación épica de los artificios del mundo moderno que concluye con una escena imposible de describir. Una cima del cine de terror cuyo abrupto final impresiona tanto como el rostro demacrado de una bruja cuyo aspecto y feroces gruñidos, su apego a la vida, ponen de manifiesto lo importante que es saber morir. Aceptar que si bien, acaso nuestro espíritu sea eterno, el cuerpo es transitorio. Lleva grabado como si fuera la marca en la piel de una tortura, su fecha de defunción. Y de no hacerlo, estamos condenados a que las gozosas carcajadas de cualquier misa de difuntos, se conviertan en malditos llantos. Maldiciones, ecos y voces de muertos destruyendo la vida. La vejez usurpando el trono de la juventud. Shalam

مَنِ اسْتَرْعَى الذِّئْبَ ظَلَمَ

Convertir al chacal en pastor es injusto

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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