Una mano

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No importa el film que se vea de Raoul ruiz. En la mayoría de ellos siempre resuena la magia. El eco divino del arte antiguo. La voz de los ángeles caídos divirtiéndose en una fiesta donde lo mismo se sirve únicamente vino que la mesa está llena de ambrosía. Platos sugerentes y exquisitos que unos cuantos payasos se tiran a la cara frente a la mirada indiferente o rigurosa de los anfitriones. Generalmente burgueses palaciegos. Personajes perdidos en mansiones europeas dibujadas por Magritte entre cuyos pasillos se escucha insistentemente una melodía interpretada por Erik Satie. O un niño capaz de componer sinfonías más complejas que las de Mozart. El cine de Raoul Ruiz es un cruce salvaje y desacomplejado entre el surrealismo francés de alta costura, el sentido del humor chileno y el onirismo americano. Unos versos de Vicente Huidobro cayendo en una copa de champagne. Un avión aterrizando en medio de una pista de aterrizaje situada en el Parlamento. O una torre Eiffel que se balanceara como si estuviera borracha o fuera un inmenso pene en las manos de Zeus buscando una concavidad que penetrar.

Voyage d’une main por ejemplo me ha dejado un sabor de boca muy dulce. Como si hubiera asistido en vivo y en directo a una obra de teatro en el cafe dadá o a un encuentro con varios de los primeros surrealistas que hubieran dejado su ego de lado y se hubieran dedicado a contar chistes negros sin más finalidad que provocar la carcajada celeste. El delirio orgiástico. Raoul ruiz nos cuenta en este caso una historia mítica. La de la mano. La negra y violenta. La tersa y arrugada. Esa mano en cuyas líneas se ve el destino del mundo. Se contemplan la geografía de ríos africanos y las siluetas de países asiáticos en cuyo centro se intuye la figura de un agricultor intentando pescar con unas tijeras a un galápago. Los ojos de mujeres orientales fascinados por dedos capaces de desplazarse entre los juguetes que decoran la habitación de un mago o el horno donde se calienta una paella y un camarón expira. Sugiriendo el advenimiento de catástrofes, suicidios y romances en medio de colinas donde los buitres rugen continuamente y los caballeros o bien juegan al poker o se enfrentan en duelos de espadas que parecen no terminar jamás. Se extienden por horas como las caricias de esa mano capaz de provocar un orgasmo con tan sólo ponerse en la frente de una mujer. Capaz de viajar a la luna de un golpe y conseguir o bien hacerla sonreír o enojarla.

El cine de Raoul Ruiz no es que sea libre -y Voyage d’une main es un buen ejemplo entre otros muchos- es que es indefinible. Un bigote cojo. Es la risa. La carcajada al momento de emitirse. Una historia fantástica contada a un fantasma. Un deporte divertido en que gana quien más goles encaja. Pues alcanza a radiografiar la burguesía francesa como si fuera chilena. Un nido de buitres tontos perdidos en el oropel de la cultura. Tan fácil de ridiculizar que ni siquiera merece la pena. Apoyándose en sus debilidades para componer frescos que nunca apuntan allí donde se dirigen las palabras o imágenes. Siempre remiten a otra cosa. Lo bien que se lo pasan los dioses (y diablos) con nuestros esfuerzos por comprender la vida. Darle sentido a una existencia que en su cine, supone en gran medida, una invitación a penetrar en un travestido Olimpo donde las potencias y personalidades siempre, absolutamente siempre, aparecen disfrazadas. Con la piel pintada de orín y mierda, desafiando cualquier creencia, fundamento establecido no tanto para cuestionarlo sino para fetichizarlo. Componer un poema sinfónico lleno de estelas y estrellas, pelos sueltos, que extraiga una sonrisa a los muertos. Shalam

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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