Vidas cruzadas

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Vidas cruzadas es un filme que por sus dimensiones y ambiciones podía haberse convertido en una megalómana ópera coral. Sin embargo, es un soplo de vida. Un trozo de realidad que incide en los pequeños detalles y sacrifica la grandiosidad por la cotidianeidad. La mitad del mérito se debe a la fascinante lectura y combinación que Robert Altman realizó de distintos cuentos y un mágico poema de Raymond Carver y la otra mitad a la naturaleza minimalista de esos relatos. La combinación fue explosiva y, obviamente, la mujer de Carver quedó más que satisfecha porque, respetando su esencia, Altman extendió el significado e impacto de aquellos textos.

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Por lo general, los relatos de Carver están compuestos por diálogos plagados de sobreentendidos, frases cortas parecidas a briznas de tabaco y múltiples pausas llenas de significados en las que hay que buscar el sentido y motivación de los actos de los personajes. Allí, en esos silencios se encuentran los traumas; los malos recuerdos. La tensión contenida durante años.

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Decía Antonio Múñoz Molina que “al terminar uno de” los cuentos de Carver “y apartar los ojos del libro, la realidad se parece a lo que estábamos leyendo, y el estado de ánimo que nos explica un poema acaba el nuestro o induciéndonos a descubrir en nosotros mismos un rasgo de ternura pudorosa o desolación absoluta que no habríamos percibido de no ser por la mediación de los versos”. Eso también ocurre con Vidas cruzadas. Que cuando la película termina, el espectador ya forma parte de la misma. Su habitación, coche o centro de trabajo es un decorado cinematográfico y la película, la vida.

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Vidas cruzadas no es un filme para ser contemplado en cualquier momento. Pero si se hace el día adecuado, atrapa. Yo lo he visto en dos ocasiones. En la primera era muy joven y terminé emocionado. En la segunda, directamente no quería que terminase. Rogaba porque se alargase durante más y más horas para seguir en compañía de esos vulgares personajes tan maravillosamente presentados. Me recuerda en esto -sólo en esto- a El turista accidental. El día equivocado, puede aburrir y parecer pretenciosa. El día correcto, se te mete en las venas.

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A pesar de haber sido rodada en los 90, Vidas cruzadas parece proceder directamente de los 70. Si me dijeran que fue filmada en 1975, me lo creería.

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Creo que es imposible separar Vidas cruzadas de Magnolia. El filme de Paul Thomas Anderson le debe algo más que el esqueleto y la estructura al de Altman. Debo reconocer por cierto que con el tiempo, la película de Thomas Anderson le ha ido ganando terreno a la de Altman pero sigo prefiriendo al original. Hay algo en Magnolia que es artificial. Cuando la veo tengo la impresión de que Paul deseaba que lo consideráramos el nuevo genio del cine norteamericano. Que fuerza situaciones para ser admirado. Sin embargo, en Vidas cruzadas todo me parece natural. Tanto que a veces siento que los personajes son mis vecinos o que los estoy espiando a través de un agujero. Altman ya tenía un nombre en Hollywood cuando la rodó, era un hombre maduro y le interesaba más el resultado que lo que pensáramos de él.

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Vidas cruzadas está llena de escenas de esas que quedan en la retina para siempre. La que más probablemente aquella en la que Julianne Moore hablaba sin falda de una relación sexual previa con un confundido Matthew Modine. Pero la imagen de la joven asesinada flotando en un lago o las de Tim Robbins recorriendo la ciudad con un perro en las alforjas de su motocicleta no se quedan muy atrás.

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Robert Altman consigue que Los Angeles parezca una ciudad sureña.

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Creo que Vidas cruzadas anticipaba el mandato del presidente Clinton. Nos decía: “esta es la Norteamérica que hereda Clinton. Así son los verdaderos norteamericanos”. Con esos mimbres, vistas las múltiples escenas sexuales de la película, no me extraña lo ocurrido entre el picarón Bill y la joven Lewinsky.

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Aunque la banda sonora de Vidas cruzadas (al fin una traducción de un título que mejora el original) está llena de nostálgicos y graves temas interpretados con su garra habitual por Annie Ross, yo no puedo evitar escuchar continuamente bebop mientras me deleito con diversas escenas de la película. De hecho, creo que el filme es uno de los más sentidos homenajes al jazz que se han hecho. No al orquestal sino al casual. A ese que llenaba los clubs de notas discordantes que se fusionaban con otras casi más como producto del azar que por voluntad de los músicos.

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Nadie ha descrito cinematográficamente como Altman a una trabajadora sexual telefónica. Si alguien piensa que no es así que me diga en qué filme puedo encontrar a una muchacha que finge realizar felaciones, golpear el culo de un sumiso o alcanzar el orgasmo mientras da de comer a sus hijos u ordena su hogar.

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Vidas cruzadas es también una película sobre el sexo. Es increíble cómo Altman filma tanto las escenas sexuales como el deseo en la mirada de sus personajes. El sexo no es un punto y aparte en sus vidas sino que forma parte de ellos. A muchos no los vemos follar pero, en realidad, podemos imaginarlos perfectamente en pleno acto. Sabemos exactamente cómo lo hacen y casi, casi que también los estímulos que los excitan y levantan su líbido.

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Incluso en una película plagada de personajes (ni más ni menos que 22) y excelentes intérpretes, hay unos que destacan por encima de otros. Este es el caso de Jack Lemmon. Cuando comienza a hablar, se come la pantalla. La llena por completo. Al final la veteranía es un grado. Shalam

بعض الناس لطيفون فقط لأنهم لا يجرؤون على خلاف ذلك

Algunas personas son amables sólo porque no se atreven a ser de otra forma

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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