Animal man

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Resulta difícil comentar cualquier creación de Grant Morrison. Posiblemente, porque se encuentra empeñado en demostrar en cada línea de guión que es un genio. Un marciano que perpetra cómics como si fueran cubos de Rubik, imagina historias parecidas a edificios minimalistas y expresionistas y realiza narrativa en ebullición gaseosa: una extrema y a veces tortuosa mezcla entre la experimentación y la abstracción.

Grant Morrison ha vislumbrado las infinitas posibilidades del cómic en los futuros siglos. Es un gigante artístico que se ha impuesto a autores de la talla de Dave McKean, Todd McFarlane, Paul Chadwich o John Byrne por un lugar en la posteridad. Un genio loco que ha impuesto sus reglas al mercado y tal vez haya acabado siendo devorado por su inquietante y veloz psique.

Sus relatos penetran en el más allá de la escritura. Siempre existe un plano, una línea argumental, una perspectiva inédita en ellos que hasta ahora no se le había ocurrido a nadie. Tanto es así que pienso que, con el paso del tiempo, su obra será más estudiada que disfrutada y gozada. Tal vez más citada en las Universidades que leída por los habituales consumidores de cómics. Pues, en gran medida, puede ser considerada en su conjunto como un caleidoscopio inagotable sobre las posibilidades formales de la narrativa.

Obviamente, teniendo en cuenta la deriva de su creatividad y su intención de fracturar en cientos de pedazos el arte que maneja, resulta muy aleccionador leer alguno de sus primeros trabajos. Esos que hizo cuando aún se encontraba contenido, no era lo suficientemente famoso y llevaba cuidado de que el experimento no se impusiera a la historia narrada.

Este es el caso de Animal man. Un cómic en el que empezó a desarrollar las características de un estilo tan genial como irritante. De hecho, durante los 26 números en que se ocupó de Bernhard Baker, se atrevió a desarrollar experimentos que muchos creadores sólo consiguen hilvanar al fin de sus carreras. Abordó, por ejemplo, una temática -el encuentro entre el personaje y su autor- que, normalmente, suele ser despedida y testamento de la mayoría de escritores. Réquiem artístico a través del que ofrecen una visión del oficio y, de paso, de la existencia en general. No obstante, no radica aquí lo mejor de Animal man sino en el hecho de que Grant Morrison nunca pierde de vista la línea argumental. Construye con paciencia y pericia el carácter de los personajes según los cánones clásicos y cuando se decide a experimentar, todo está perfectamente en su sitio.   

Animal man es una epopeya posmoderna parecida a un chicle, una bebida isotónica o una ingestión de peyote. Una exploración artística que tiene como objetivo el conocimiento absoluto, total del medio en que se desarrolla. De hecho, el verdadero superhéroe del cómic no es Bernhard Baker, el “hombre animal”, sino Grant Morrison. Aunque, en esta ocasión, lo disimula un poco puesto que consigue dotar de fragilidad y humanidad a su personaje. Haciéndonos comprender su pasión por la comida vegetal, su empatía con los animales o su amor fraternal y conyugal así como su drama interno: saberse parte de un cómic. Un sobrecogedor destino que lo persigue a lo largo de toda la saga, como preludia el icónico episodio El evangelio del coyote. Una especie de Meninas del noveno arte. Una absoluta genialidad en la que Morrison comienza a traspasar la cuarta pared (y la quinta) humanizando al personaje de los Looney Tunes, -el coyote- en diversas escenas de una extrañeza que abruma.

En cualquier caso, la tristeza metafísica de de Bernhard Baker y el coyote no son más que una preludio de la del propio Grant Morrison. Convertido, a su vez, en un personaje de Animal man que debe reconocer con pesar que las marionetas melancólicas de su cómic son, en el fondo, sus reflejos. Que es el escritor quien más depende de sus creaciones y quien se refugia en ellas para combatir su angustia metafísica y las pérdidas humanas. Y, por tanto, los cómics no son más que una consecuencia de su quebradiza existencia.

Animal man no es un cómic perfecto, pero, sin dudas, fluye. Es un cómic gaseoso y ágil que consigue aquello que pretende sobradamente. Grant juega con el tiempo, realiza incursiones filosóficas y crea escenas memorables como el encuentro del yo del futuro de Bernhard Baker con su yo del pasado con absoluta sencillez, como si en vez de una obra de arte, se hubiera planteado realizar una excursión. Y trabaja con un espíritu naif y ciertos tintes perversos captando perfectamente las inquietudes apocalípticas de la era global.

En cualquier caso, el cómic transmite una sensación de vacío que invita a explorar las futuras experimentaciones del autor como si fueran huellas de dolor. Esquizoides lamentos a través de los que intentaba luchar contra la soledad. Luchar desesperadamente contra el hecho de que toda existencia posea irremediablemente conclusión. Shalam

إِذَا هَبَّتْ رِيَاحُكَ فَاغْتَنِمْهَا

Se admira a los carneros donde faltan los toros

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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