Animal man

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Resulta difícil comentar cualquier creación de Grant Morrison. No hay línea de guión en que el autor no nos recuerde que es un genio. La apoteosis posmoderna. Un marciano que perpetra cómics como si fueran cubos de Rubik e historias parecidas a edificios minimalistas y expresionistas. Narrativa en ebullición gaseosa. Una extrema y a veces tortuosa mezcla entre la experimentación, la abstracción, el plano subjetivo y la deconstrucción.

Grant Morrison es el extremo. El más allá de cualquier historia. Un alienígena que, por casualidad, despertó un día encarnado en un ser humano. Su mente sobrepasa la de cualquiera. Siempre hay un plano, una línea argumental, una perspectiva más difícil que él incluye en sus relatos que hasta ahora no se le había ocurrido a nadie. Apenas había sido vislumbrada. Tanto es así que pienso que, con el paso del tiempo, su obra será más estudiada que disfrutada y gozada. Tal vez más citada en las Universidades que leída. Pues puede ser considerada en su conjunto como un caleidoscopio inagotable sobre las posibilidades formales de la narrativa. El autor que acabó para siempre con la modernidad, desarrolló hasta sus últimas potencialidades las propiedades postmodernas y apuntó o vislumbró -ya fuera como experimentos, visiones o vías realmente transitables- las posibilidades de la narrativa del cómic en los futuros siglos. El gigante que se impuso en el pulso sostenido a autores de la talla de Dave McKean, Todd McFarlane, Paul Chadwich o John Byrne por un lugar en la posteridad. Consiguiendo que la experimentación deviniese en un lugar apetecible y deseable para el lector común. En fin. Un genio loco que impuso sus reglas al mercado y acaso acabara siendo devorado por su inquietante y veloz psique.

Teniendo en cuenta, por tanto, la deriva de su creatividad, su intención de fracturar en cientos de pedazos el arte que maneja, resulta muy aleccionador leer alguno de sus primeros trabajos. Cuando aún se encontraba contenido, escondido bajo ciertas madrigueras convencionales y tenía cuidado de que el experimento no se impusiera a la historia narrada. Como es el caso de Animal man. Un cómic en el que, no obstante, mostró con inusual celeridad sus bazas. Las características de un estilo tan genial como irritante. De hecho, durante los 26 números en que se ocupó de Bernhard Baker, se atrevió a desarrollar experimentos que muchos sólo consiguen hilvanar al fin de sus carreras. Consiguió iniciar su andadura con una temática -el encuentro entre el personaje y su autor- que, en otros casos, (véase la fabulosa trilogía –Azul, Blanco, Rojo– de Krzystof Kieślowski) ejercería como de despedida y testamento. Réquiem a través del que ofrecer una visión del oficio y, de paso, de la existencia en general. Siendo, por tanto, esta la grandeza de Animal man:  el que con absoluta osadía y desparpajo, Grant Morrison se permitiera iniciar su carrera donde otros la hubieran finalizado, construyendo un territorio sólido a partir del que planear el futuro del cómic.  Porque, eso sí, Grant no pierde nunca de vista la línea argumental. Construye con paciencia y pericia el carácter de los personajes y, para cuando se lanza a la aventura, el viaje se lleva a cabo con absoluta normalidad, sin bruscas transiciones. Creando una apetitosa epopeya posmoderna con flecos de narración clásica parecida a un chicle o una bebida isotónica. O una ingestión de peyote. Un estimulante natural que nos invita a ir más allá de nosotros mismos. Estirando y moldeando a su antojo las expectativas del lector al compás de los sentimientos de los personajes. Una exploración artística que tiene como objetivo el conocimiento absoluto, total del medio en que se desarrolla.

Resulta inevitable sugerirlo. El verdadero superhéroe del cómic no es Bernhard Baker, el “hombre animal” sino Grant Morrison. Pero, en esta ocasión, se disimula un poco. Porque el autor norteamericano consigue dotar de fragilidad y humanidad a su personaje. Su apuesta por la comida vegetal, su empatía con los animales, su amor fraternal y conyugal, en cualquier caso, son signos a través de los que profundizar en su tragedia. Ser un personaje de cómic. Su felicidad y su amarga realidad. Un sobrecogedor destino que lo persigue, como una sombra, a lo largo de toda la saga, como preludia el icónico episodio El evangelio del coyote. Una especie de Meninas del noveno arte. Un incipiente vistazo al Quijote por parte de Grant. Una absoluta genialidad en la que Morrison comienza a traspasar la cuarta pared (y la quinta) humanizando al personaje de los Looney Tunes, Crafty, -el coyote y Correcaminos- en escenas de una extrañeza que abruma. De una angustia metafísica que desborda las páginas de una creación que se rompe y respira con tristeza e incomprensión, casi con desesperación, con cada una de las resurrecciones del Correcaminos y llega casi a transpirar sangre en concreto, cuando el desdichado animal alarga una de sus patas para que Bernhard conozca el motivo de su desgracia: su sacrificio por intentar redimir el mundo de caricaturas al que pertenece. Destino al que deberá finalmente enfrentarse también él en uno de esos episodios que ya es un clásico del cómic. Un maniático, suicida Deux ex machina donde Grant sienta las bases posteriores de su estilo y llega a una sobrecogedora conclusión: la marioneta, el ser melancólico y triste no es el personaje sino el autor. Es el creador, el escritor quien más depende de sus personajes, refugiándose en ellos para combatir su angustia metafísica. Las pérdidas humanas. En este caso, un amigo pero en otros, un hermano o un amante. El maremoto de la existencia rompiéndose en quebradizas viñetas al compás de desbordados sentimientos que necesitan canalizarse de algún modo.

Animal man, sí, no es perfecto. Pero, sin dudas, fluye. Es un cómic gaseoso. Que vuela. Se desplaza con agilidad. Y consigue aquello que pretende de sobra. Juega con el tiempo, creando escenas memorables como el encuentro del yo futuro de Bernhard Baker con su yo pasado. Y lo hace con absoluta simpleza. Como si en vez de una obra de arte, Grant se hubiera planteado realizar una excursión. Trabajar con un espíritu naif y camp no exento de aires perversos que capta además las inquietudes apocalípticas de la era global. Transmitiendo cierta sensación de vacío que invita a explorar las futuras experimentaciones del autor, como si fueran huellas de dolor. Esquizoides lamentos a través de los que intenta luchar contra la soledad. Esa muerte que, como un vampiro, se pega a la espalda de sus personajes maniatados por una mente, un espíritu que se niega a aceptarla. Y se revuelve diariamente ante los lápices para destrozarla. Aniquilarla. Shalam

إِذَا هَبَّتْ رِيَاحُكَ فَاغْتَنِمْهَا

Se admira a los carneros donde faltan los toros

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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