Ben Grimm

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Ben Grimm (más conocido como La cosa) es uno de los personajes más entrañables de los cómics Marvel. Una montaña de granito con un corazón de oro que equilibraba perfectamente a Los 4 fantásticos. La inteligencia de Reed Richards, la sutileza de Susan Storm y la intrepidez y juventud de Jhonny Storm se veían compensadas por la brutalidad de Ben. El típico boxeador o marinero curtido en mil batallas que aportaba el lado humano y vulnerable a un grupo de superhéroes demasiado cerebral. Ben era un hombre común. El polizonte lleno de cicatrices que podíamos encontrar en la barra de cualquier bar. Un hombre fiel y previsible que se hacía muy querible. Era el tío con el que todo niño soñaba. Ese que los acompaña los domingos al campo de fútbol o béisbol y les compra un enorme helado, gane o pierda su equipo. Ben era un personaje de un solo perfil. Amigo de sus amigos e instintivo, su vida hubiera sido cómoda y feliz de no haber sido por el accidente que lo convirtió en La cosa. Un rocoso monstruo de inusual fuerza condenado a no poder mutar a su forma humana anterior. Una oportunidad única para que los guionistas jugaran con un personaje torturado por su aspecto exterior, conduciéndolo a altas cotas dramáticas. Casi desgarradoras.

Tengo la sensación, no obstante, que como personaje, La Cosa no ha sido explotado hasta sus últimos límites. No quiero pensar por ejemplo, las maravillas que hubiera hecho Alan Moore de haberle podido dedicar una miniserie o novela gráfica. Porque Ben Grimm o La Cosa es un ser antirromántico. Alguien parecido al protagonista de El Fantasma de la ópera, surgido de la época radiactiva que combina perfectamente brutalidad y monstruosidad. Decadentismo y eficiencia. Es un Frankenstein posmoderno cuya dimensión trágica tal vez sea mayor que la del personaje de Mary Shelley, teniendo en cuenta que se dedica a hacer el bien, gozó de estatuto humano durante muchos años y sus superpoderes no pueden hacerle olvidar quién fue ni aplacar su conciencia.

Obviamente, debido a su carácter afable y a que Los 4 fantásticos ha sido tradicionalmente un cómic para jóvenes, a Ben Grimm apenas se le percibieron grietas en su carácter durante años. Parecía sentirse orgulloso de su aspecto e incluso sentirse apuesto y no era extraño verlo posar ante el espejo con una pose socarrona. Era prácticamente un Falstaff de la historieta, dado que su tragedia interior aun estando latente durante muchos años, permaneció oculta, prevaleciendo el humor sobre el drama. Pero era obvio que sólo se necesitaba el guionista ideal para transformarlo en un personaje de tintes shakesperianos. Torturado y descompuesto internamente, subyugado y sometido por las dudas y la tristeza. Una tarea que le correspondió desarrollar a John Byrne. El creador que llevó a Los 4 fantásticos a otra dimensión. Convirtió a la colección en una obra de arte mayor que trascendió a su popularidad. Siendo capaz, entre otros muchos méritos de conducir a La Cosa a extremos desoladores. Transformándola en un hombre devorado por los celos y la náusea existencial, al borde del suicidio, que se cuestionaba todos sus valores y fundamentos, al descubrir que su novia, la escultora ciega Alicia, se había enamorado de La Antorcha humana. Su compañero y playboy Jhonny Storm. Un golpe de efecto brutal que con el tiempo se desvelaría como falso, puesto que en realidad, la bella artista estaba secuestrada por los skrull y su personalidad y aspecto en la tierra había sido suplantado por la sibilina Lyja, pero que le permitió a Byrne ahondar en el aspecto trágico y vulnerable de Ben Grimm. Confrontarlo con abismos insondables hasta entonces no visitados en la serie, en los cuales de una manera u otra ya estaba instalado desde que decidiera permanecer en soledad en el planeta donde se desarrollaron las Secret Wars, puesto que allí podía volver a su forma humana a su entera voluntad.

Obviamente, el romance entre La Cosa y Alicia remitía con claridad al famoso cuento de hadas La Bella y la Bestia. Pero en este caso, el que la muchacha fuera ciega ponía aún más énfasis en la monstruosidad en la que se había convertido Ben. Y, en cierto modo, suponía una puesta a punto del clásico relato dentro de la era capitalista, donde debido a la superficialidad y a la crueldad imperantes, la dictadura del físico perfecto, hubiera sido casi impensable que una muchacha con su vista sana se hubiera podido enamorar de un ser de aspecto abominable. Una teoría a la que contribuía el hecho de que, a pesar de recibir los besos y cuidados de su compañera, Ben Grimm continuara eternamente unido a su piel naranja y no se transformara en príncipe, al contrario que en el cuento tradicional.

Algo lógico porque, al fin y al cabo, La Cosa es una manifestación de nuestros vigentes temores. Es pura energía nuclear en movimiento. Un hombre bondadoso sometido a múltiples suplicios que tal vez sea el símbolo ideal a través del que el capitalismo nos sugiere que todos los males cometidos, experimentaciones, bombas y radiaciones, no conseguirán destruir el corazón de la raza humana. Nos harán más fuertes a pesar de volvernos más monstruosos. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

El fuego de la leña verde proporciona más humo que calor.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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