Bois-Maury

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Probablemente, otra de las sutiles tretas del capitalismo para ejercer su dominio global y borrar la memoria de los seres humanos, ha consistido en opacar el interés real de la Edad Media. Una época dibujada generalmente con trazo grueso, haciendo referencia a determinados matices oscurantistas posiblemente porque en ella el hombre occidental aún guardaba gran número de ideales dentro suya. Poseía una concepción interna de lo sagrado con la cual estaba frecuentemente en contacto. De hecho, más allá de la consideración que tengamos sobre la iglesia o la valoración que hagamos de sus cientos de errores históricos, hay que reconocer que fue en gran parte, gracias al cristianismo que Occidente no fue colonizado, dio luz a monumentales complejos arquitectónicos de carácter alquímico como las catedrales e hizo brillar una poesía de carácter idealista que es uno de los mayores tesoros líricos que existen. Las dificultades, las guerras, las enfermedades contribuyeron, en muchos casos, a hacer de los habitantes de esta época auténticos héroes. Dotaron de sentido sus vidas. Convirtieron la existencia en una épica de la resistencia y el mero hecho de la supervivencia en un milagro divino. Existía un ideal, un trasfondo trascendental en cada acto y búsqueda concebidos durante los siglos de las Cruzadas que concedía a los seres humanos un respeto por los límites y misterios, que lamentablemente la modernidad ha ignorado.  De tal forma que el cientifismo y el positivismo han terminado por desmembrar el cuerpo y alma de la humanidad, convirtiéndola en una masa desarraigada de su centro cultural, espiritual, sexual y familiar, finalizando un proceso de alineación contra el que, por ejemplo, protestaron y reaccionaron desesperadamente en los territorios cinematográficos, Andrei Tarkovsky, Ingmar Bergman o Robert Bresson

Sin llegar a la excelencia de estos últimos artistas citados, y en ningún caso planteando problemas morales de tan gran altura como los que aquellos maestros desarrollaban en sus films, creo que Las torres de Bois-Maury, de Hermann, es un cómic muy recomendable para penetrar en los entresijos de la Edad Media. En este caso, la Alta. Experimentar los sucesos y vivencias de aquella época como una revelación. Penetrando en sus fosas oscuras sin falsos idealismos, y en sus tremendas injusticias y halo inhumano, pero también dentro del filtro fantástico y mítico que, a pesar de la crudeza de la vida y la crueldad de las guerras, la sangre, la irracionalidad y el fanatismo, latía en la época. Un intrigante, misterioso e inquietante tiempo -que Hermann tiene el mérito de presentarnos vivo y rabioso- por el que se desplazan el protagonista, Aymar, y su escudero, Olivier, con el anhelo de reconquistar unos idealizados territorios que pertenecían a la familia del primero: las altas torres de Bois-Maury. Un lugar al que nunca llegarán pero que como el Toboso o Camelot determina la experiencia de esta cruda novela gráfica. Un cómic con aires clásicos bien perfilado y equilibrado donde la mugre, la codicia, la generosidad, la soberbia y la humildad se unen indiferenciadamente en una especie de selva sacra repleta de claroscuros. Un fresco realizado con sabia distancia en el que resulta difícil empatizar con un personaje concreto porque las prohibiciones morales, sus necesidades y el clima de ocaso, los constantes peligros e incertezas, se imponen sobre sus propias apetencias y creencias. La mirada a través de la que contemplan los paisajes abstractos y carnales, movedizos y dantescos por los que se desplazan, en los que las verdades se desmontan, caen como mariposas muertas, al mismo ritmo que crece la fe, y los ensueños se desvanecen ante la inminencia de las traiciones. El rastro de la sangre que cubre bosques, castillos, ciudades y fortalezas donde viejas razas intentan comprender unas situaciones que los superan, entre rezos, cánticos de desesperación e intrigas y traiciones.

Bois-Maury no es un cómic perfecto porque es un cómic vivo. Una lectura donde violencia y fé se fusionan y casi que son sinónimas. Una novela gráfica hecha para releer. Saborear sus detalles, las elipsis y vueltas de un argumento que investiga cómo puede sobrevivir, emerger y crecer el idealismo frente a la crudeza y el salvajismo. El seco aliento del realismo. La descripción sagaz de un mundo entregado a dios pero profundamente diabólico en el que los humildes y rapaces devienen de tanto en tanto en ángeles y los sacerdotes y reyes en traidores infames. Una muestra de que la Edad Media sería un perfecto reflejo de nuestra época de no ser porque, a estas alturas, dios debe haberse fatigado de nosotros. Y nuestra soledad es tan angustiante que, en ningún caso, se nos ocurriría ir tras la sombra de las torres de Bois-Maury. Un sutil motivo para mantenerse con vida en tiempos revueltos por los que aún se desplazaban libres los ángeles y demonios, revitalizando el mundo, los amaneceres, anocheceres y verdes campos repletos de flores, con sus fornicaciones sagradas. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

La sombra y la adulación son idénticas. Ni una ni otra nos hacen más grandes o más pequeños

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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