Cages

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Cages es una novela gráfica inusual. Jazz abstracto. Hilos de negras metáforas parecidas a maullidos de gatos. Cuando la compuso, Dave McKean ya tenía un nombre imborrable en el cómic moderno. Su sello se encontraba unido a -¡casi nada!- Sandman y a Batman: Arkhan Asylum. Era por así decirlo un dibujante pesadillesco. Un David Lynch del lápiz. Sus creaciones eran acuarelas oscuras. No sólo sugerían nocturnidad sino que eran la viva imagen de los delirios y los miedos subjetivos. De las malformaciones psicológicas diarias. Y además, poseían algo cinematográfico. De hecho, sus lienzos parecían escenas de películas. No tanto por su composición o temática sino porque las figuras y símbolos dibujados parecían encontrarse en movimiento. Eran mosaicos, tapices vivos de una impresionante profundidad que describían perfectamente el inconsciente de los monstruos y sueños. Del terror cotidiano del mundo contemporáneo.

Por todo ello, la expectación cuando publicó Cages era muy grande. Tanto que a muchos les bastó leer su introducción y primeras páginas para calificarla como la obra que cambiaría los destinos del noveno arte. Una exageración a todas luces porque si bien es cierto que el aspecto gráfico era en determinadas páginas bastante innovador, suntuoso y enigmático, el cómic en su conjunto prometía y sugería mucho más de lo que ofrecía. De hecho, era difícil no salir un tanto decepcionado de su lectura. Con la frase “no era para tanto” en la boca. Aunque bien es verdad que nada más terminarlo daban ganas de volver a leerlo para saber qué nos habíamos perdido por el camino. Saborear determinadas viñetas. Y sobre todo, intentar rellenar los huecos del filoso puzzle existencial que abordaba.

En realidad, Cages es un cómic muy interesante. No es esa obra infinita que se presumía que podía ser ni desde luego una completa decepción. Yo la denomino la obra vacía porque se encuentra llena de elipsis y silencios que no podemos llenar. En cierto sentido, es como un concierto de jazz del que se encontrara ausente el saxofonista. Todos reconocemos las melodías o las disfrutamos. Incluso bailamos y movemos los pies. Pero sentimos que falta algo. Una ausencia que cambia el sentido y significado de aquello que estábamos contemplando hasta tal punto que se convierte en la estrella y el gran tema de la obra.

Cages es una brisa nocturna. Provoca cierto temblor y rubor en la piel que resulta inexplicable y magnético a pesar de que no posea una trascendencia concreta ni acusada. Ciertamente, lo más ralo y curioso de ella radica en su voluntad de unir historias mitológicas de un fuerte contenido simbólico con la vida de un músico y un escritor en un edificio que permite rememorar al que aparece en El quimérico inquilino de Roland Topor. Novela que en parte se encuentra detrás de esta obra que, eso sí, no alcanza los límites cómicos y terroríficos logrados por el genio ácrata y surrealista porque a McKean le basta con la sugerencia para confrontar emociones y pone toda la carne en el asador en el dibujo más que en el guión. Una carencia que no es tal porque gracias a ella la historia se convierte en el atípico cocktail que es. Un inquietante vibrador. Una sensual, ignota hipsteriada para fanáticos de Cube o π, ideal para leer en medio de bares de barrios gentrificados mientras se escuchan con cierto hastío los últimos discos de Barry Adamson o Jane’s Adiction y se ojean los lienzos de Pollock pegados a las paredes, los tirantes en los hombros de los camareros y las patillas hasta las mandíbulas de la mayoría de clientes.

Lo mejor de Cages en cualquier caso es la desorientación que produce en el lector. Su indefinición, su voluntad de abstracción y su intención de conjugar el caos del universo con existencias minúsculas. De unir los espasmos del cosmos con la incertidumbre vital de unos cuantos artistas e individuos. El desparpajo con el que mezcla visiones proféticas con problemas cotidianos así como su tremendo deseo de experimentación. Una característica que termina por provocar estupefacción. Pues por un lado, es un cómic sobre la soledad y la pérdida de sentido. Una obra que analiza muy bien lo que supone superar determinadas fronteras artísticas. El terror de la escritura. Pero al mismo tiempo, es un pasadizo secreto sobre la naturaleza creativa y divina llena de recovecos y deslices. De intimidades desveladas que al momento quedan a resguardo.

Por eso, la imagen que mejor define el cómic son los gatos. Esos misteriosos habitantes del más allá que en Cages se convierten prácticamente en notas musicales. Reflejos del subterráneo mundo artístico. De los delirios primitivos. Y son de gran ayuda para transportarnos al centro de una obra sin significado claro pero viva. Tremendamente viva. Una especie de collage fotogrático y narrativo parecido a un baile sensual bíblico que convierte el jazz en un sortilegio telúrico y la urbe moderna en una rememoración simbólica de las ancestrales ciudades mesopotámicas. Un delirio lunático lleno de borrosos clarooscuros que cuanto más se lee más perplejo deja porque no sólo no posee un significado claro sino que oculta y esconde constantemente las respuestas que podrían proporcionar soluciones. Indicios que pudieran ayudar a clarificar su frondoso y espinoso hilo argumental. Una mancha de pintura gris en medio de una calle que nadie puede explicar a qué se debe. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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