Chicas perdidas

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Por alguna razón, hoy me he acordado muy intensamente deLost Girls de Alan Moore. Puede que porque me siento fascinado por la libertad con la que el brujo abordó a tres personajes femeninos de la literatura universal, Dorothy (El mago de Oz), Wendy (Peter Pan) y Alicia (Alicia en el país de las maravillas). La facilidad con la que introdujo a estos fantásticos personajes, habitantes del otro lado del espejo y los sueños, en el erotismo desenfrenado. La sabiduría con la que se deslizó por el pubis y senos de estas surreales, ilusorias creaciones femeninas convirtiéndolas en libidinosas mujeres dedicadas a satisfacer sus pasiones y rememorar sin pudor alguno, sus deseos y noches de amor en medio de un atronador ambiente bélico. Acabando en cierto modo con el mito de la adolescente erótica demostrando que las señoras maduras podían tener tanta o más fuerza sexual que las púberes adolescentes que, desde tiempos inmemoriales, han destrozado la vida de cientos de hombres absorbidos por su encanto. Los rasgos de su mirada disueltos entre la niñez y la juventud que evocan los de ninfas y sirenas procedentes de lejanos mundos.

Ayudado por los hermosos, sensuales y apastelados dibujos de la que luego sería su esposa, Melinda Gebbie, Alan Moore juega, se deja seducir y aplasta a sus personajes entre éxtasis, chorros de semen, orgasmos lúbricos y un sin fin de sueños y delirios sexuales satisfechos que se oponen a la guerra que se desarrolla a su alrededor producto en cierto modo de la represión de las pasiones y la manipulación de las voluntades. Consiguiendo crear un obsesivo, repetitivo y cáustico fresco pornográfico que se impone por reiteración y por la absoluta anarquía con la que se acerca a personajes que la mayoría preferirían ni rozar pero que su inmenso genio literario destripa como si fueran muñecos de juguete o compañeras de colegio de las que hubiera estado ardientemente enamorado durante su adolescencia, pudiendo al fin gozar y disfrutar de ellas a su entero gusto. Sin estar constreñido por la vergüenza o las leyes morales. Dejándose llevar sin límites por fantasías que demuestran que siempre y cuando la sexualidad se libera y se encuentra satisfecha, existe felicidad y gozo. Creatividad. Dicha de vivir como la que muestra aquí este majestuoso genio que mueve capas de imaginación con la misma facilidad que los personajes abren vestidos, muestran sus cuerpos al desnudo, gozan y se pierden en torno a una sexualidad frugal que es en este caso concreto una mezcla entre inocencia y perversidad sumamente estimulante. Un cruce entre majestuosidad y vulgaridad que conecta con el instinto primario y vital del ser humano, a través de vestíbulos, memorias, elegantes decorados y tejidos de opio hasta componer una oda a la liberalidad y el desenfreno muy destacable en tiempos tan esquivos, mediocres y opacados, puro oscurantismo moderno, como los que aún continuamos viviendo.

De todas maneras, he de reconocer que de Lost Girls no me interesa tanto esa sexualidad relajada y sensual que presenta, a medio camino entre la Belle Époque y Las mil y una noches, el refinado y suave simbolismo y el onirismo infantil, con los cuales el chamán británico nos penetra, sino más bien la tremenda facilidad con la que se apropia de estos personajes y los conduce a su propio universo. Reconstruye su mito, transforma su historia a su antojo haciéndola totalmente suya. Homenajeando a Carroll, Lyman y Barrie como quien choca la mano de sus viejos compañeros antes de emprender nuevas rutas y caminos. De hecho, Lost Girls no es una obra perfecta ni seguramente maestra. Pero sí que es absolutamente valiente, arriesgada y sabe mutar y confundir ficción con sueño y realidad de una manera tan eficaz que entiendo que marca vías esenciales a seguir o en las que fijarse para quienes intentamos reelaborar historias ya escritas y en ocasiones jugamos con personajes creados por otros autores. Algo natural por otra parte tratándose de Alan Moore. Posiblemente el más legendario escritor vivo. Un señor del ruido y las cavernas que convirtió el cómic y más propiamente, el arte de finales del siglo XX en un delirio catártico, divertido monstruo sagrado que ruge como una gárgola apocalíptica. Lo transformó, sí, en un dinosaurio ágil y veloz lleno de fuerza subversiva, destructiva, amorosa, sexual, odiosa y profética. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Una verdad dicha antes de tiempo es muy peligrosa

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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