El Neonomicon

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Que Alan Moore es un genio, es un dicho repetido hasta la saciedad. Algo tópico y manido pero cierto. Radicalmente cierto. Se puede comprobar por ejemplo en su Neonomicon. Su personal y osada adaptación contemporánea de la obra de Lovecraft. Moore siempre aporta algo. Siempre avanza un paso más respecto a las visiones tradicionales. Es capaz de componer escenas o pasajes que, siendo absolutamente novedosas, traen consigo el aroma de lo clásico. De deconstruir sin destrozar ni corromper. Subvertir sin hacerse ininteligible. Es un artista del ruido que, incluso en sus peores momentos, siempre transgrede, cruza límites. Tal vez porque en cada una de sus creaciones, siempre se ha preocupado por hablar directamente al Universo. Dialogar con los dioses y autores muertos con la naturalidad con que podría hacerlo con su familia. Tiene un ojo puesto en lo astral y otro en lo humano y lo más importante, construye fosos, sótanos, agujeros abriendo vías, canales donde ruinas, vestigios e inmensos edificios conviven amigablemente. Aunando delirios apocalípticos, sombras siniestras e imprecisas del pasado y rodajas de un futuro con ciertos tintes nostálgicos. Tenebrosos y góticos.

 

El Neonomicon comienza como la típica historia policial posmoderna. Hay algún crimen, misterio, desaparición que resolver en los que pudiera estar involucrado un grupo de post-punk. Es decir, se inicia con un regusto a déjà vu que, sin embargo, no le resta interés. Ante todo, porque Alan Moore juega. Se divierte. Alude a manidos clichés y citas  y referencias constantes a la obra de Lovecraft para contarnos un relato que ya sabemos cómo va a concluir: con el enloquecimiento del personaje principal. El detective. Pero, a partir de ese momento, el libro y la historia se abren. Sin dejar de recurrir a líneas argumentales que ya hemos recorrido una y otra vez y mirar de soslayo a todo tipo de lugares comunes, la historia aterriza, penetra en un sótano, una piscina en la que el mal se encarna. Literalmente se hace carne. Es posible visualizarlo. Sentirlo respirar. Caminar y, sobre todo, amar. Y follar. Consiguiendo Alan Moore, a partir de una inocente orgía con ciertos aires perversos, crear un clímax, unas escenas que mezclan lo maravilloso y el horror de una forma realmente mágica. Alucinante y estremecedora sin dejar de lado el sentido del humor. Porque Neonomicon es un cómic gamberro y trascendente. Una caricia que, sin tocar a una mujer, es capaz de hacerle llevar al orgasmo. Una broma macabra y desprolija pero sumamente corrosiva. En suma, una grieta artística que destroza los cimientos de un monstruoso edificio cuya majestuosidad resalta no por su seguridad o elegantes salones sino por la belleza de su porte al ser destruido. Caer derrumbado.

Neonomicon recuerda inevitablemente a La cosa del Pantano (que a la vez rememoraba La bella y la bestia), pero Moore se atreve a ir incluso donde un cómic tan creativo, abierto y experimental no llegaba. Es decir; a mostrar no ya el amor sino el puro sexo entre la bestia -en este caso, “ente”- y su amante. De hecho, la escena en que la policía masturba a una de aquellas míticas criaturas de Lovecraft, se puede considerar una de las más grandes y osadas jamás imaginadas. Una barbaridad que demuestra porqué decir que Alan Moore es un genio, no es sólo algo tópico y manido, sino, sobre todo, algo urgente y necesario. Absolutamente incontestable. En Neonomicon, el artista de las cuevas nos cuenta lo que, sabiamente, Polanski elidió en La semilla del diablo. Y consigue trascender sin dejar de divertir. Convirtiendo a Lovecraft en un autor pop, o más bien, aprovechándose de las lecturas y visiones pop del escritor oriundo de Providence, para demostrarnos teóricamente y, con hechos, porqué se encuentra más vivo que nunca. Las razones por las que es citado constantemente como si el mundo entero tuviera miedo del renacimiento de sus mitos y al mismo tiempo, sintiera la morbosa e imperiosa necesidad de verlos encarnados de una vez. Amarlos hipnótica, desesperadamente, disfrutando de cómo absorben sus flujos vitales, convirtiéndolos,  al igual que el capitalismo, en sus dulces, entregados esclavos. Los siervos de una oscura misión cuya finalidad es la de preservar el mal por el bien de la humanidad. Shalam

إِذَا هَبَّتْ رِيَاحُكَ فَاغْتَنِمْهَا

Engorda a tu perro y te comerá

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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