El oscuro frío

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Los dibujos de Bill Sienkiewicz poseen una característica especial: hay que verlos de lejos para captar su enorme complejidad. El sentimiento que desean transmitir. Porque cuando uno se acerca y los coloca frente al rostro, no parecen tan impresionantes. Casi que se antojan sencillos. Sus viñetas se encuentran formadas por unas cuantas líneas borrosas y alguna que otra mancha de color y las siluetas de los héroes dibujados no se diferencian demasiado de las que realizan el resto de colegas suyos. Y sin embargo, Bill es único. Tanto que creo que sus creaciones deberían poder contemplarse en los museos de arte contemporáneo y no únicamente en los cómics. Pues creo que no dibuja viñetas sino lienzos. Es un artista expresionista que ha llevado el dibujo moderno y gótico a otra dimensión. Consiguiendo emocionar y provocar pavor a través de retratos parecidos a virus maliciosos que son encarnaciones, diabólicas metáforas de la esquizofrenia, la locura, la neurastenia cotidiana y la destrucción.

Bill Sienkiewicz se inventó el solito los 90. O al menos, abrió el camino definitivo al porvenir en el momento en que comenzó a ocuparse del dibujo en Los Nuevos Mutantes. Una colección hasta su llegada, muy equilibrada. El típico cómic juvenil de calidad que combinaba perfectamente reflexión, acción y guiños al mundo adulto y al aficionado común. Casi un Julio Verne de la era Marvel. Pero bastó que Sienkiewicz dibujara un solo número para que la serie se convirtiera en “otra cosa”.  Un retrato oscuro del mundo adolescente. Bill tenía en común con David Lynch su capacidad de hacer sentir ansiedad e inseguridad con un mero trazo. Una simple escena. Y no dudó en utilizar todos los recursos a su alcance para convertir Los nuevos mutantes en un campo de experimentación artística: comenzó a dibujar primeros planos ilógicos, cuerpos sin pies con articulaciones extremadamente delgadas, cabellos parecidos a tornillos, rostros partidos y a fracturar los límites de las viñetas, y ya nada fue lo mismo. Porque aquella novela de aprendizaje mutante se convirtió en una pesadilla visionaria sobre la juventud. Un retrato del vértigo púber. Del pavor a crecer. Una cruel narración sobre el miedo a ser diferente que convertía a sus protagonistas en sombras y las batallas, en negras sesiones analíticas.

Sienkiewicz no estaba tan interesado en narrar linealmente una historia o describirla, como en hacer sentir al lector las inseguridades del alma adolescente. El caos personal. Y por eso, durante los dos años en que se ocupó de la colección, las tramas perdieron interés en beneficio de sus dibujos. Los argumentos se fragmentaron y Los nuevos mutantes se convirtieron en una acuarela abstracta. Los lectores no tenían que leer el cómic sino más bien, sentirlo. Interpretarlo. Traducirlo. Intentar averiguar, al ver líneas movedizas que parecían flotar ante sus ojos, qué es lo que estaba transmitiendo un autor obsesionado con ofrecer un espeluznante relato de la confusión adolescente. Un artista osado y valiente que en los años en que los cómics de mutantes arrasaban en ventas, se atrevió a destruir la colección. Convertirla en un túnel llena de pavorosos personajes que pasaron de hacernos sonreír y entretenernos con sus problemas personales, a hacernos temblar. Un intento que extremó años después en su Stray toasters. Un cómic demasiado idefinido y complejo que, sin embargo, es una muestra muy válida de su trabajo como dibujante. De los laberintos gráficos en los que se adentró para describir la psicopatía de su tiempo y la vulnerabilidad de las almas jóvenes en la época de la globalización.

Stray Toasters, no obstante, no es una obra maestra. Es sumamente interesante, sí, pero no es una obra definitiva. No sólo por su perverso y complejo guión sino por el grado de implicación que el cómic demandó en Sienkiewicz. Durante su proceso creativo, casi no dormía. Vivía empecinado en crear una obra diferente que modificara la historia de la viñeta. Una creación nunca vista antes que lo inmortalizara. Algo que logró únicamente en parte, debido a que su ansiedad y su escasa experiencia como guionista le hicieron retorcer en exceso un complejo y disperso argumento que no ha dejado huella y desde luego, no estaba a la altura de su parte gráfica. Ésta en concreto, llena de hallazgos que influyeron decisivamente en décadas posteriores. De hecho, yo al menos soy de los que consideran Stray Toasters más como un taller, una prueba práctica sobre los límites del arte que como un cómic al uso. Y veo en él, un baúl artístico destinado a ser abierto por las futuras generaciones. Una de esas obras que por diversos motivos no terminan de cuajar pero están destinadas a multiplicar su influencia con el paso del tiempo.

Basta en cualquier caso, -dejando de lado Stray Toasters– hojear unas cuantas páginas de Elektra Assasin para darse cuenta de la grandeza del arte de Sienkiewicz. Alguien capaz de traducir en imágenes la mente quebradiza de Frank Miller, y crear unos dibujos graves y solemnes que transmitían inquietud. Cortaban el aire y ampliaban el espectral marco concebido por el guionista norteamericano para Daredevil sin dejar de ser elegantes. Sienkiewicz llegó a su culmen artístico. Elaboró intensas abstracciones, dibujos fríos y experimentales y transformó a Elektra en alguien casi humano. Retrató con aridez a la sádica vengadora. En las manos de Bill, Elektra era una máquina de matar. Una mujer sin piedad. Una mujer inquietante, seductora y moderna. Un personaje sumamente atractivo que no obstante, escondía en su corazón un enigma doloroso que no era tanto el pórtico de una tragedia como de una experiencia intensa y fatal.

En fin, tras su experiencia en Los nuevos Mutantes, con Frank Miller y la absorbente Stray Toasters, Sienkiewicz comenzó a verse rebasado. Se convirtió en un genio buscado por los más importantes autores. Todos querían ver qué podía hacer con sus guiones y él era incapaz de poner el freno creativo. Si se embarcaba en un proyecto, perdía la conciencia del tiempo. No dormía, no comía y se lo planteaba como un reto. Para él, no existían trabajos menores. Cualquier encargo era una aventura. Cualquier dibujo, una oportunidad única. Y, obviamente, esa mentalidad en una industria tan práctica iba a provocarle problemas antes o después.  Alan Moore lo llamó para dibujar su Big numbers, y la presión de trabajar con el Orson Welles del cómic, fue demasiado para él. Sus altas expectativas unidas a las exigentes órdenes de Moore, le hicieron abandonar el proceso creativo y dejar la novela ilustrada inacabada. Y desde entonces, se tomó la vida y el arte de otra manera. Se convenció a sí mismo de que probablemente no podría ya superar los logros obtenidos, se conformó con el lugar que le corresponde en la historia del cómic y se dedicó básicamente a vivir y trabajar de manera mucho más esporádica. En concreto, realizando portadas de las más diferentes colecciones, en las que inevitablemente ha dejado su frío sello grabado.

De todas formas, su actual estado de confort, no puede hacernos olvidar que Bill Sienkiewicz fue, durante los 80, uno de esos artistas que provocan espasmos. Un artista frío y oscuro, perverso y manipulador como los grandes terroristas del arte. Un mago negro que transformaba un paisaje en una caja y cualquier alma en un sol oscuro, capaz de convertir un cómic en una ciénaga llena de dolor. Un pantano lleno de arenas movedizas en las que la imaginación de los lectores era sometida por su desbordante látigo creativo. Shalam

إِذَا عَمَّتِ الْمُصِيبَةُ هَانَتْ 

En la juventud aprendemos, en la vejez entendemos

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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