Jonas Fink

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Existen pocas obras que transmitan idéntica sensación de pureza que Jonas Fink. Una de esas novelas gráficas herederas de la mejor tradición del cómic europeo. Vittorio Giardino tardó en concluirla casi 30 años. Obviamente, no se dedicó en exclusiva a la misma sino que, mientras tanto, culminó múltiples proyectos. Pero el largo tiempo que se tomó para consagrarse a esta creación deja muy claro la importancia que tuvo para él. Algo que, en primera instancia, no percibí porque, en una primera lectura, me despistó la sencillez y liviandad de la historia. No fui capaz de captar ni la poesía ni los matices que escondía en su interior. Lo bien que describe la vida cotidiana en la Praga comunista y la opresión vivida por múltiples personas que vieron truncadas sus vidas por un régimen totalitario con aversión a la libertad y ambición de controlar el más mínimo pensamiento disidente. Obviamente, a mi consideración sobre esta entrañable y madura obra de arte influyó también el hecho de no haberla leído al completo. Tener que esperar, en mi caso, casi 20 años para poder completar con emoción y alegría el último tomo: El librero de Praga.

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Simplificando, podríamos indicar que Jonas Fink es una novela de aprendizaje. La clásica historia en la que contemplamos la infancia, juventud y madurez (con sus correspondientes amores frustrados e ilusiones rotas pero también sus pequeñas alegrías y pinceladas de idealismo romántico) de un muchacho despierto y culto. Dicho así, no parece gran cosa. Pero eso sería llamarse a engaños. Porque lo excepcional en este caso es cómo Giardino logra intercalar la trama política en su vida haciéndonos vislumbrar con suma lucidez cómo la misma y la de todos sus familiares (el padre encarcelado y desaparecido para siempre; la madre excluida por vecinos y compañeras y finalmente enloquecida), amigos (el librero Pinkel o el lúcido borrachín Slavek) y amantes (Tatiana) se ve condicionada por estos factores que transformaron profundamente a Occidente. Hasta el punto de que en medio de Berlín llegó a levantarse una especie de odiosa cicatriz en forma de muro.

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En principio, Jonas Fink  no se diferencia en demasía de cualquier de nosotros. Eso es posiblemente lo mejor del personaje. Lo que nos hace empatizar al momento con un muchacho que, a pesar de sufrir unos cuantos golpes que podrían haberlo tumbado para siempre y estar condenado a superar amplios obstáculos, continúa hacia delante. Aunque lo mejor no es este hecho en sí mismo sino cómo Giardino lo describe. Sin heroísmos de ningún tipo y sin obstinación.

Su cómic es un soplo de vida. Narra a la perfección la soltura con la que la existencia se desarrolla cuando uno es joven y, como una planta, es aún lo suficientemente flexible para poder adaptarse a distintas situaciones sin quebrarse totalmente por ellas. En muchos momentos, el cómic podría haberse convertido en un drama digno de novela rusa o en una incendiaria tragedia. Incluso en una novela sentimental de esas que hacen saltar las lágrimas a mares. Pero Giardino nunca extrema las formas y el contenido. Digamos que acaricia la historia. No toma distancia pero tampoco se implica totalmente. Deja que los actos se desarrollaren sin dejar patente su presencia. Acompañándalos y acompañándonos a una narración que, a pesar de ser minúscula, en el fondo, resume parte de la historia de la Europa del siglo XX.

Hay escenas como aquella en la que los jóvenes checos pinchan Sgt. pepper’s lonely hearts club band en una fiesta privada en la que es difícil no reconocerse. Giardino logra que sintamos que cualquiera de nosotros podríamos haber estado allí días antes de la entrada de los tanques rusos en Praga. Como también consigue que vislumbremos que pudiéramos haber formado parte del entrañable grupo de adolescentes que realizan reuniones clandestinas en los parques para leer pasajes de libros prohibidos en el que Jonas conocerá a su primer gran amor.

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Es muy hermosa la historia de amor imposible entre Jonas y Tatiana. Tan hermosa como triste. Cuando años después de su separación, una vez vencido su orgullo, se vuelven a unir, Giardino nos regala unas escenas eróticas llenas de vida y alegría en las que no obstante no existe una plenitud absoluta porque el vínculo de la pareja parece siempre estar amenazado por la sombra de la inquietud. El velo político y los guardianes del orden.

Son sin dudas deliciosas aquellas viñetas en las que el Jonas adolescente aguarda a Tatiana a la puerta de colegio y la persigue entre las risas de sus amigas y realmente dolorosas las que preceden a su separación durante más de una década. Pero si tuviera que quedarme con algunas en particular, serían las de su mágico encuentro final en medio de la sala de espejos de una feria. Un prodigio de sensibilidad y efectividad realista que termina por tomar su sentido en el crudo y digno epílogo donde, en vez de tirar de sentimentalismo, Giardino lo hace de verdad literaria. De olvido, confusión y madurez.

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La Praga de Giardino no es ni la de Kafka ni la del gólem. Tampoco la alquímica. Es la Praga comunista. Una Praga cotidiana y silenciosa llena de calles que confluyen en la librería de Jonas y la taberna donde reina como un oso herido el viejo titán Slavek, cuya magia no hay que buscarla en su arquitectura o en su mítico pasado sino en las historias personales que se desarrollan en su seno.

Debido a su incalculable belleza, todos tenemos idealizados esa ciudad. Giardino no la baja del pedestal. Simplemente la humaniza. Nos muestra su interior. La Praga de las modistas, de los mensajeros, de los policías. La entrada de los tanques en ella está descrita con absoluto realismo. No tanto como un hecho histórico sino como una consecuencia del clima político y, por tanto, como un acto inevitable. Del mismo modo, al fin y al cabo, en que describe la transformación de la ciudad en un parque turístico capitalista que, a pesar de todo, conserva su misterioso aura. Como una vieja iglesia cuyo simbolismo nunca se perderá aunque la rodeen de rascacielos metálicos. Shalam

الرجل الحقيقي لا يفكر في النصر أو الهزيمة

Un hombre auténtico no piensa en la victoria o la derrota

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…no se si pensar en el frio(puntica de la nariz enrojeciza) o en que son la 8 de la mañana …………..
    2ºimagen:……arrecia la nevada y cubre la gorra, bufanda, los hombres y la carpeta…………la oreja le ha salido un poco desproporcionada……………..sr……….
    3ºimagen:…..1ª idea:…https://www.youtube.com/watch?v=GuCBXTfoVq8…martha and the vandellas-1964….
    4imagen:…..1ªidea:….https://www.youtube.com/watch?v=TxdlbQ79RcM&list=PLA2-nXsHvm3LBJttvrMTo0qeRm-BNfyle&index=11……..if i was your girlfriend…..prince…..
    5ºimagen:….pinto los tanques de «rosa» y del coche color crema sale a todo volumen: https://www.youtube.com/watch?v=rjFX4hYXbIo…..orquesta mondragon!!!, en plena forma…lola…..1985-sevilla

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Un video clip retro de Spandau Ballet. 2) Una vida sin publicidad. El castigo adolescente. 3) Sí. Encaja perfectamente. Tal vez incluso mejor que un vals por inesperado. 4) El erotismo es el arte de ser atractivo estando vestido. No desnudo. Muy buena la canción de Prince. 5) Me hace gracia la conexión con la Orquesta Mondragón. Nunca la hubiera pensado. Esa portada de ese disco parece remitir a emperadores o terribles dioses romanos. Para mí la viñeta es como un homenaje involuntario a El extranjero de Albert Camus.

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