Spiderman nunca muere

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Llevo los últimos días en estado de shock. Inmerso de lleno en una revisión intensa, placentera de muchos de los cómics de Spiderman con los cuales crecí. Me refiero, claro, a los pertenecientes a su etapa clásica. Guionizados por Stan Lee y Jerry Comway y dibujados por Gil Kane, John Romita Jr. y John Buscema.

Gran parte de los más gratos recuerdos de mi infancia están relacionados con mi lectura de las asombrosas hazañas de mi trepamuros favorito en el autobús que me conducía al colegio, o en clase. Pero también, algunos de los peores, como aquella tarde en que un niño mayor que yo, me robó varios de los cómics de bolsillo que leía, asombrado por el aura y aspecto peligroso de algunos de los gigantescos enemigos con los que se enfrentaba Spiderman: Kingpin, Electro, el Dr. Octopus, el Hombre Lobo o el Hombre Arena. Incluyo asimismo, en el grupo de los malos recuerdos, mi impotencia y asombro ante la rapidez con la que un vecino pudo completar el album de cromos sobre aquella bizarra película, Spiderman: el desafío del dragón, que semanas antes, había visto extasiado en un cine junto a mi tía Ana. A quien no dejé de dar besos durante innumerables días por haberme ofrecido tan suculento regalo.

No me resulta fácil decidirme por el más enigmático de entre todos los malignos seres que se enfrentaban a Spidey. Aunque seguramente, me inclinaría por Mysterio. Puede sonar un tanto exagerado pero aquel número, (el 198 de la serie regular Amazing Spiderman que se correspondía con el 11 de Bruguera), en el que lo conocí, me impresionó de tal forma que aún hoy, pienso que mi atracción por los espectáculos de magia y esos brujos y hechiceros que desean introducirnos en laberintos y juegan continuamente con los límites entre ficción y realidad, procede de mi primer contacto con este temible enemigo, capaz de controlar la mente de Spiderman y de conseguir desorientarle.

De todas formas, villanos como el buitre, Kraven el cazador, La Mosca o incluso El Lagarto (la doble personalidad del noble y desquiciado Dr. Curt Conors) tenían sin duda alguna, los suficientes galones y méritos como para auparse al primer puesto. Aunque considero justo reconocer que, si se trata de ser objetivos, tanto El duende verde (Harry y Norman Osborn y el posterior ideado por Roger Stern) como el director del Daily Bugle, J. Jonah Jamenson, han sido seguramente los más terribles enemigos de Spiderman además de, por supuesto, él mismo. Pues a la larga, los seguidores de la serie pudimos comprobar que Spiderman era el mayor rival de Peter Parker (su identidad secreta) y Peter Parker el de Spiderman. Ambos protagonistas de una relación esquizofrénica que aportaba grandes dosis de dinamismo y tensión a la colección. De hecho, de no ser por Peter Parker, pienso que la serie no hubiera tenido más interés para mí que Superman o Flash. Las cuales, al menos en las etapas en que las seguía (principios de los 80) apenas aportaban dramatismo ni pathos épico al relato heroico construido a la mayor gloria del protagonista.

Al contrario, Spiderman tenía tintes trágicos muy marcados. De hecho, la vida de Peter Parker estaba llena de tantas dificultades que casi era más digno de compasión que de admiración. ¡Era realmente terrible verlo sufrir por no poder llegar a tiempo a sus citas con Mary Jane así como soportar estoicamente las arengas de su primera novia, Betty Brant, contra Spiderman o comprobar su impotencia al confrontarse con el cadáver de la chica con la que le hubiera gustado pasar toda su vida, Gwendolyn Stacy! Por no hablar de sus dificultades para costearse sus estudios, los ciento y un ardides que debía inventar para preservar su identidad, sus preocupaciones por el estado de salud de su tía May, y lo poco valorado que era como fotógrafo en el diario en el que trabajaba, donde su “otro yo” era prácticamente considerado el enemigo público número 1.

Lo cierto es que después de familiarizarnos con la vida de un personaje tan castigado como Peter Parker, era inevitable sentir que nos encontrábamos preparados para afrontar cualquier evento futuro. Desde luego, no hubiera resultado fácil que nos sorprendiéramos ante cierto tipo de injusticias habituales en nuestra sociedad, como que el villano sea considerado un héroe y viceversa. En esencia, además de en cierto modo, inocente, Peter Parker era un ser ascético, estoico y sufrido, sin ese ego que caracteriza a muchos personajes públicos. Y por ello, cuando se colocaba la máscara y el traje azul y rojo y se transformaba en Mr Hyde, en ese llanero solitario que cabalgaba a lomos de los edificios de Nueva York, y comenzaba a gastar sus clásicas bromas sarcásticas contra sus rivales, disfrutábamos tanto. Porque lo veíamos al fin desahogarse, liberarse de tanta incomprensión y cinismo, consiguiendo -al menos en mi caso- que disfrutara más con los chistes que jocosamente, con plena soltura, profería al pelear con sus rivales que con los mismos combates. De hecho, probablemente el motivo oculto por el que Spiderman era un irresistible héroe cuyas andanzas causaban adicción, se debía al hecho de que, a pesar de todos los contratiempos, era capaz de bromear y reírse de sí mismo.

No sé si exagero si afirmo que, para muchos niños de mi generación, los cómics de Spiderman fueron nuestra Odisea particular; el texto anónimo (pues durante mi infancia al menos yo no me fijaba en quien lo redactaba) y plural (diseñado por un conjunto de personas) con el que se nos transmitió lo que significaba ser adulto. Pero lo que sí sé con seguridad es que, al volver a leer estas historias compuestas hace unas décadas que siguen irradiando un magnetismo sin igual, hallo aún más motivos para resistir ante las patéticas y frustrantes circunstancias sociales que atravesamos actualmente en Occidente. Y, sobre todo, encuentro razones muy profundas para reírme de nuestro pánico y temor al cambio. A las palabras que nacen ya derrotadas y el orgullo caído de quienes sin tan siquiera haber entablado un verdadero combate, se sienten ya fracasados y han perdido todo su sentido del humor sin valorar que tan milagroso o más que ser Spiderman, es conseguir ser nosotros mismos. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

 Si no entras en la madriguera del tigre, no puedes recoger sus cachorros

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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