Una niña traviesa (1)

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He estado estos últimos días inmerso en el mundo de Mafalda y la obra de Quino en su conjunto. ¡Qué maravilla! Revisando viejas entrevistas, leyendo cada uno de los libros que publicó y sumergiéndome en diversos textos publicados sobre su obra. Su universo es realmente tan rico y se encuentra tan lleno de recovecos que, obviamente, voy a necesitar más de un avería para rendirle el homenaje que merece. Durante los siguientes días, vendrán más. No sé cuántos. Pero seguro que alguno más. De momento, aquí dejo el primero.

     Una niña traviesa (1)

Es injusto que a Joaquín Salvador Lavado, más conocido como Quino, casi únicamente se le asocie con Mafalda porque su trabajo como dibujante satírico va mucho más allá de la famosa tira. Recopilaciones de agudas viñetas como ¡A mí no me grite!, ¡Qué mala es la gente! o Humano se nace dan fe de ello. Todas ellas son un irónico y franco testimonio sobre la deshumanización del mundo actual, el despiadado ámbito empresarial, el agotamiento de la vida matrimonial, nuestro agudo egocentrismo y un cúmulo de miserias cotidianas que hemos interiorizado como normales. Pero también es cierto que, de no haber dado a luz a la famosa niña, no hubiera alcanzado su inmensa popularidad. Hubiera sido un dibujante prestigioso y bien considerado en su gremio, -un geniecillo minoritario adorado por unos cuantos miles de acólitos como, por ejemplo, Guillermo Mordillo u Óscar Conti- pero no el icono universal en el que se convirtió. Probablemente porque la identificación del lector con Mafalda era instantánea y además, no representaba a un fragmento de la sociedad sino a prácticamente toda.

Su ejemplo alumbraba a niños y adultos debido a que, siendo un infante, hablaba como un adulto y se hacía preguntas filosóficas en voz alta que ni los más lúcidos pensadores han alcanzado a responder y, al mismo tiempo, mantenía una inocencia y una candidez que la hacían adorable. La convertían inmediatamente en un icono para los niños rebeldes y despiertos de medio mundo. Además, siendo de una familia de clase media, sus pensamientos y vivencias abarcaban a un mayor número de capas sociales que si hubiera pertenecido a la clase alta o a la más desfavorecida. Tenía un enorme público potencial.

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Decía Quino que probablemente Mafalda pasara de moda conforme la tecnología invadiera los hogares y convirtiera en obsoletas muchas de sus historias como las dedicadas al televisor. Como gran parte de los tímidos, Quino pecaba de exceso de modestia porque, al igual que las grandes obras, Mafalda no sólo tenía una lectura sino varias. Y, aunque era hija de su tiempo y de un país concreto, era lo suficientemente universal como para expandir su mensaje con el paso de las décadas.

Guillermo Tell, Caperucita Roja, La Celestina Oliver Twist son historias que siempre tendrán relieve por más que entre el mundo que reflejan y el nuestro hay innumerables millas de distancia. Cada una surge de unas circunstancias concretas pero logra trascenderlas por la profundidad con la que penetra en la naturaleza humana. Mafalda es de esas. Sus juicios sobre nuestro mundo no han perdido ni un gramo de validez. Su caso es parecido al de El principito de Saint-Exuspery. Al abrirlo, nos sentimos inmediatamente transportados a un mundo ficticio que refleja clarividentemente el nuestro. Leemos Mafalda no tanto para saber quién es esa niña y sus amigos sino para saber quiénes somos. Así que se entiende perfectamente lo que Julio Cortázar le dijo a Esther Tusquets; que lo que importaba no era lo que él pensara sobre aquella muñequita traviesa sino lo que ella pensaba sobre él.

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En muchas ocasiones, he estado tentado en hacer varios averías sin más texto ni fotografía que una de las tiras de Mafalda para lograr sacar la sonrisa de quien la leyera o hacernos reflexionar sobre un tema de actualidad sobre el que prefería no pronunciarme personalmente o bien para no herir susceptibilidades o bien porque Quino lo había hecho cinco décadas atrás con mucha mayor fortuna e inteligencia que yo. Con dos o tres dibujitos y veinte o treinta palabras.

Ese es, sin dudas, uno de sus grandes méritos. Simplificar en dos o tres conceptos enormes problemas. Resumir en una pregunta, un gesto o un diálogo las grandes cuestiones de toda una época y muchos de los interrogantes que han motivado la escritura de múltiples libros. Véamos, por ejemplo, esa viñeta en la que Mafalda se dedica a posar en la playa ante un cúmulo de castillos de arena con ojos. Toda la frivolidad narcisista de la modernidad denunciada, entre otros muchos, por Lipovetsky se encuentra explicada y perfectamente ejemplificada en una mera viñeta. Todo ese baile de miradas secretas y deseos lascivos que convierten el verano en un potenciador de la líbido, promulgados por la publicidad y la economía capitalista se encuentran condensados en un inocente dibujo con mucha mayor efectividad e inteligencia que todas las campañas informativas o artículos que suelen realizarse para alertar sobre este hecho.

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Si hubiera que trazar una categoría de artistas sutiles, Quino se encontraría  en lo más alto de la pirámide. Mafalda conquistaba porque era fresca y traviesa pero también profunda y reflexiva. Encantadora y sabia. Pero además, porque Quino era lo suficientemente inteligente como para aludir a terroríficas situaciones de manera opaca y sin necesidad de señalar con la mano.

Son bien conocidas, por ejemplo, todas aquellas viñetas que dedicaba a la sopa en las que Mafalda se quejaba y lloraba y volvía a quejarse y llorar porque le obligaban a probar un plato que aborrecía y le parecía falto de imaginación. Obviamente, todos los niños de medio mundo se identificaban con ella y su manera de intentar hacer compadecerse a su madre. También los adultos que rememoraban terribles experiencias con algunos de sus platos más odiados. Pero en realidad, Quino estaba apuntando a un hecho luctuoso que se estaba produciendo en la Argentina mientras diseñaba esas viñetas. Me refiero, entre otros, a la dictadura del general Onganía. La sopa no era sólo un alimento palpable en la viñeta que producía malestar por su mal sabor sino que ejercía de metáfora de la opresiva situación vivida por el pueblo argentino. La sopa era la comida que se servía día sí y otro también en una sociedad acostumbrada a golpes de estado y todo tipo de gobiernos militares de la que Quino tuvo que salir huyendo en los años 70 para que su nombre no contara en las estadísticas de los desaparecidos o vivir la traumática experiencia de un secuestro. Shalam

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….niña con cara de idolillo violin (arte cicladas) con vestido de estrellas…………..
    2ºimagen:…..jeff koons la hubiera hecho con globos fluorescentes…..
    3ºimagen:….chivatazo al canto………(buenisimo)…..
    4ºimagen:…..pienso- tomo medidas- y nunca termino………..
    5ºimagen:…..wc……(buenisimo)………
    6ºimagen:…..para practicarlo este verano en la manga…(gran homenaje a quino)……sonrisa….
    7ºimagen:….desconocia el simbolo de la sopa de quino……(clave nutritiva)……

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Niña con sabor a sandwich y mate. Podemos olerla. 2) Totalmente de acuerdo. Muy bien traído Koons aquí. 3) La conspiración eterna. El Quino más allá de Mafalda es genial. Lo he leído todo estos días. 4) El amor no conoce edad. 5) El libro de Petete. 6) Cuando la palabra genio es descriptiva y no valorativa. 7) El castigo. Un posible cuento de Kafka.

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