Asesinos

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El doping, sí, es ante todo, un arma política. Una metralleta para domesticar a los deportistas rebeldes y países disidentes, lanzar advertencias y clarificar posiciones. Una máquina muy eficaz para realizar la guerra global sin disparar una sola bala.

A Diego Armando Maradona por ejemplo, se lo sacó a la fuerza del Mundial del 94 por las declaraciones que venía haciendo insistentemente contra la corrupta Fifa desde que, cuatro años antes, había perdido su oportunidad de consagrarse dos veces campeón mundial por un penalti injusto. Una fotocopia de lo que ocurriría en 2001 con la Argentina de Carlos Saúl Menem y Fernando De la Rúa. Que le cortaron las piernas, las alas y los aires de grandeza. Aunque si hubiera mantenido silencio, si el “barrilete cósmico” hubiera sido otro tipo de persona, o si tal vez sus celebraciones de goles hubieran sido más discretas, aquel inmenso equipo que lideraba, probablemente hubiera llegado a las instancias finales de aquella competición. Algo parecido a lo que sucedió con Lance Amstrong, cuya arrogancia y descaro contribuyeron a arruinarle más que el propio dopaje. Siendo en este sentido inevitable relacionar su apaleamiento público en clave política global. Pues destronar a Amstrong del Tour de Francia significaba en gran medida, indicarle a EUA que su poder e influencia iba a comenzar a declinar en beneficio de un gobierno mundial corporativo.

Asimismo, las acusaciones de dopaje contra Perico Delgado en el Tour que ganó, el del 88, no las leo como envidia vengativa de nuestros vecinos franceses (al fin y al cabo, ¿no habían comandado la gran carrera Bernard Hinault y Laurent Fignon hasta hacía muy poco?) sino como una advertencia de la UE a España, al poco de entrar a formar parte de ella, de lo que podían comenzar a desvelar, si no se atenía a sus reglas y mandatos y de adónde le podría dejar llegar (el Tour, la gloria, medallas de oro incontables y una economía de Champions) si era obediente. Como, de otro lado, las descalificaciones por dopaje de Alberto Contador en los años recientes, son en gran medida avisos de las élites globales al pueblo español. Advertencias de la imperiosa necesidad de pagar sus deudas, ajustar el déficit y plegarse a sus dictados, si no quieren ser expulsados. Quedarse en fuera de juego. Condicionantes que, bajo mi punto de vista, también explican el porqué cada vez que el F.C. Barcelona gana una Champions (¿fue la última una concesión de los poderes fácticos europeos y el gobierno de Rajoy para aplacar las tensiones por la posible Independencia catalana?) sea inevitable oír murmullos procedentes de Madrid que insisten no tanto en acusar al equipo de dopaje (que también) sino en predicar que no existen deportistas que no se dopen. Rumores probablemente ciertos, sí, pero que en ningún caso, se escucharon ni cuando Pablo Simeone impulsó al Atlético Madrid a las más altas cotas deportivas o el Real Madrid conquistó sus cuatro últimas Champions. Y que tampoco se difunden mucho cuando se celebran unas nuevas Olimpiadas. Eventos globales con tantísimos intereses económicos detrás, que de ningún modo, nadie podría poner en tela de juicio. Y menos una actividad como el doping que, en el caso de este evento global, cuando emergió y salió a la luz -caso Ben Johnson- lo hizo más como advertencia a las naciones y sus soldados (los atletas), que como castigo. Pues repito, el doping es un arma. Un kalashnikov o una bomba racimo. Minas enterradas en la arena esperando estallar en el momento justo. Pero no tanto en manos de los deportistas sino de los políticos. El poder.

Una realidad que hace que resulte sumamente interesante estudiar dónde y porqué aparecen los distintos casos de dopaje. Y, bajo mi punto de vista, provoca que sea tan irritante que la atención y detección del consumo de estimulantes deportivos se haya focalizado sobre todo en el ciclismo. Pues, como ya dejé claro ayer, considero que el doping no es un fenómeno exclusivo de este deporte sino que se encuentra generalizado, extendido en el resto. Y además, sospecho que las grandes inversiones millonarias, han utilizado el ciclismo como chivo expiatorio. Es decir; teniendo en cuenta las características extremas y los esfuerzos supremos, casi sobrehumanos, que este deporte demanda, lo han puesto en la mira judicial y mediática por dos razones: 1) desengañar a la población en general de la existencia de héroes humanos que sean capaces de superar sus propios límites (esto es; cuestionar el sistema) y 2) demostrar que efectivamente se está luchando por erradicar las trampas cuando en realidad, las están estimulando. Al fin y al cabo, el ciclismo mueve millones, sí, pero sobre todo ilusiones y en ningún caso tanto dinero como el baloncesto, el béisbol, el fútbol y otros deportes, donde aparentemente no existe dopaje alguno.

En suma, la operación es clara. Los señores de la noche disparan contra un chivo expiatorio muy visible pero no lo suficientemente poderoso, para demostrar que en el fondo el sistema hace su trabajo y que la culpa no es suya sino de los ambiciosos deportistas, evitando ir a la raíz del asunto: el cambio de conciencia absoluto que necesita nuestra sociedad. Consiguiendo de paso perpetuar su yugo. Continuar realizando trucos de magia con el fin de mantener lobotomizada e ilusionada a una sociedad, semejantes a los que se producen cuando, de tanto en tanto, se encarcela a un político o empresario, como prueba del posible y deseable buen funcionamiento de la máquina civil. La ecuanimidad de la justicia. Un fuego de artificio que lejos de hacer tambalearse al edificio estatal, lo consolida. Clava más hondamente sus almenas en los revueltos campos por donde corre libremente, llevando a cabo su soberana voluntad, sin rendir más cuentas que las justas.

En cualquier caso, lo ocurrido con el ciclismo es perverso. Un paso más en la destrucción de la psique heroica occidental. Durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los estados permitieron (siempre y cuando apareciesen a la hora indicada en televisión y no protestaran por los sinuosos recorridos) que los ciclistas hicieran lo que les viniese en gana, sin denunciarlo, porque la desencantada y, en parte, desesperada sociedad europea, necesitaba símbolos, creer en sí misma para levantar la más eficaz bomba anti-comunista: el “manido” estado del bienestar. Los sacrificios de los hombres y mujeres de los años 50, 60 y 70 en diversos países europeos obtenían su reflejo en los rostros fatigados y contraídos de los ciclistas al empinarse las carreteras. Sin embargo, a principios de los 80 y a medida que las medidas neoliberales de Margaret Thatcher se imponían en Inglaterra y poco a poco, se instalaban en el resto del continente, el foso entre la sociedad y el ciclismo comenzó a abrirse. O más bien, entre la idea de sociedad que deseaba construirse (“mundo zombi”) y lo que representaban las águilas de la carretera. Claro que los ciclistas se habían dopado desde los inicios del deporte (y lo seguirán haciendo). Esto en parte había beneficiado la leyenda del Tour y la consolidación de la sociedad del espectáculo. Pero en el Nuevo Orden que venía, obsesionado con destruir el pacto social, los restos de la izquierda combatiente y anestesiar al resto de la población, los ciclistas sobraban. Estaban de más. Porque eran sinónimos de energía revolucionaria sobrante. Héroes. Personas que desafiaban los límites. Creativos. Rebeldes. Honestos. Luchadores incasables. Sacrificados. Parecían hombres y no niños afeminados. Trabajaban al aire libre. Se encontraban satisfechos. No eran masturbadores compulsivos. Es decir; poseían todos los valores que la dictadura global quería exterminar. Y además, si previamente la distancia entre ellos y la sociedad era mínima, con el tiempo se había agrandado. La brecha entre las nuevas generaciones anuladas por esa trampa infame -el estado de bienestar- y los aguerridos ciclistas era tanta, que el poder entendió que había llegado el momento justo de realizar su maquiavélico plan.

El ataque fue sutil y despiadado. Muy parecido al realizado contra la sociedad civil griega hace unas semanas. La estrategia es la siguiente: se elige un concepto o símbolo humano reverenciado por la sociedad, se lo endiosa y más tarde, se le hace besar el barro, provocando un desanimo y depresión en la sociedad inversamente proporcional a la medida de su admiración, respeto e ilusión. En este caso, Alexis Tsipras por ejemplo, hizo creer a la población griega que podría cambiar el rumbo de su destino e historia, votando en un referendum y a continuación, obvió los resultados del mismo, inoculando  de esta manera una impotencia cruel y bestial en los corazones griegos nunca vista hasta ahora a pesar del azote neoliberal.

Consecuentemente, durante los años 80 y principios de los 90, el ciclismo alcanzó niveles de popularidad inusitados. Perico Delgado, Miguel Indurain, Gianni Bugno o Tony Rominger eran casi estrellas pop. Vedettes que lo mismo iluminaban el rostro de señores maduros, aparecían en programas televisivos junto a Jesús Gil o decoraban el álbum de cromos de una adolescente. Eran la faz y el jugo de un deporte global y heroico que, en países y sociedades cada vez más manipuladas y dormidas, conseguía levantar de sus sillones a millones de personas. Juntaba masas histéricas de emoción en los picos de montañas, gritando orgullosas de  sentirse y ser humanos. Ser testigos de gestas monumentales. Prácticamente inenarrables. Hasta que, justo entonces, sólo unos años más tarde de la caída del muro de Berlín, en la cima de su fama y de manera selectiva y meditada, (a medida que las televisiones se llenaban de anuncios protagonizados por adolescentes aniñados y afeminados y montañas de créditos y dinero fácil invadían los bancos) comenzaron a revelarse casos de doping de muchos de los ciclistas más queridos y reverenciados por el pueblo. Algunos de los más esforzados y sacrificados. Auténticos guerreros. Luchadores pasionales. Y bestias invencibles a la altura de los antiguos titanes, como al fin y al cabo -más allá de simpatías y afinidades- era el caso de Orfeo, aquel hombre, Lance Amstrong, capaz de superar un cáncer, mirar a la muerte de frente y regresar del más allá, para levantar los brazos vestido de amarillo. Desatando la frustración y la depresión. La indignación y la incredulidad en la población en general. La jauría humana. Pues lo más difícil no es creer, sino volver a creer. Convivir con el cinismo. Despertarse sin tener un motivo claro para hacerlo. Levantarse tras haber caído no una sino diez veces. Después de que hayan jugado con nuestra psique y sentimientos, manipulado nuestra forma de pensar y obrar.

Operación que le permitió a los poderes inocular en la sociedad, la tristeza, abulia y parálisis que les interesaba. Fortificar las paredes de este campo de concentración consumista. Ese mundo donde quién sabe porqué, nadie cuestiona si Alfredo DiStéfano, Ladislao Kubala o Michel Platini se doparon (algo más que probable y más teniendo en cuenta para qué equipo y en qué momento, régimen franquista, jugó en España el genio argentino, las ilusiones y dinero que había detrás del habilidoso húngaro o los cargos políticos que ha llegado a ocupar el mediocampista francés) y al contrario, ya somos incapaces de observar una etapa ciclista y emocionarnos. Llorar y reír como hacíamos antaño. Porque los héroes se encuentran en sospecha. ¿Quién vigila a los vigilantes? Algo realmente oneroso pues, como sabían los griegos, los héroes somos en parte todos nosotros. Condenados desde hace unos años, justo cuando veíamos que invariablemente, los ganadores de la mayoría de los últimos tours eran descalificados por dopaje, a vivir preocupados por el destino de nuestro dinero, ahorros o pensiones. En una duda y sospecha continua, ideal para la imposición del Gran Hermano Global: la sociedad de la desconfianza y el aislamiento. Aquella donde el deportista no es aquel ser cercano, tan parecido a nosotros, a quien desearíamos (y podríamos con mucho esfuerzo) emular. No. Todo lo contrario. Es aquel ser ajeno, encerrado en su mundo, que hace y consigue los objetivos y placeres que nunca obtendremos. Una máquina de generar envidia y frustración. Pues representa todo aquello que nunca podremos alcanzar a no ser, claro, que nos droguemos o nos adentremos en el mundo virtual. Nos enchufemos a la cocaína o las redes sociales por ejemplo, precipitando esa egocéntrica destrucción personal y social que desea el Estado. El cómplice y generador del doping. El camello de los neuróticos deseos de la sociedad capitalista. Esa esfinge cuyo poder y enigmas obligan a Edipo a sacarse los ojos. Y a clamar por una justicia inexistente hasta el fin de los tiempos. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

El valiente, muere una vez, el cobarde, muchas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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