Batallas

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Algo debe tener el fútbol (una esencia alquímica, un perfume que invoca recuerdos) que lo hace resplandecer como unas monedas de oro en la cubierta de un barco pirata a la deriva, en medio de una época tan funesta como la que vivimos debido a la pandemia y el mal uso en general que se está haciendo del VAR.

Los estadios vacíos son símbolos huecos y decadentes. Un periodista deportivo que hubiera leído a Gibbon, podría realizar un ensayo sobre los estertores de Occidente dedicando cada capítulo a narrar la historia de una cancha de fútbol y la sensación que actualmente producen. La Bombonera, por ejemplo, ya ni late ni tiembla. Parece un objeto decorativo nacido para ser fotografiado por turistas asiáticos. Los estadios italianos, coliseos huecos sin alma destinados a ilustrar una hipotética nueva película de Dario Argento protagonizada por zombis. Los alemanes son como catedrales protestantes de las que se hubieran retirado los iconos religiosos. Y los españoles, una invitación a la depresión. Un duro castigo a la psique de un pueblo amigo de los espectáculos públicos y callejeros cuyos integrantes beben tanto que harían pasar a Hemingway por abstemio.

Si aún quedaran poetas románticos, alguno compararía las ruinas de la Hélade y los ladrillos de plástico del Partenón griego con la imagen de esos graderíos perfectamente ensamblados y pintados que parecen más un decorado de videojuego que un escenario real. Y que, de hecho, las televisiones intentan ocultar utilizando ridículos fondos de animación, poniendo de manifiesto en su vano intento la vergüenza que su coqueto aspecto presenta sin montones de pipas agolpadas en el suelo junto a regueros de bebidas y vasos de plástico y los gritos de esos hinchas capaces de viajar miles de kilómetros y abandonar familia y trabajo por gritar un gol. ¡Un puto gol!

Sin embargo, repito, en este tiempo de sombras, en esta noche oscura que hace rememorar (aunque sea a lo lejos) aquellos tiempos en que Europa se veía diezmada por la peste o el cólera o guerras de religión que encumbraban a reyes que no dudaban en ensangrentar páginas de la Biblia con los brazos y piernas de traidores, durante esta última semana muchas personas encontraron consuelo e ilusión (y tornaron a reverdecer ciertas emociones actualmente ausentes) al volver a escuchar el himno de la Champions. Casi como si nuestro continente se encontrara bajo el dominio de algún impío enemigo y, de repente, oyéramos esperanzados el son de tambores y gritos ancestrales, viéramos halcones volar con cruces en sus patas sobre los árboles de nuestras poblaciones y en el cielo se dibujara una antorcha de fuego marcando el regreso de algún viejo héroe perdido del santoral histórico de las naciones cristianas. El viejo ritual.

Volvió la Champions. Se jugaron los cuartos y, entre medias, hubo un clásico. Y, aunque lo más lógico, hubiera sido que mostrara mi desanimo e indiferencia ante un espectáculo cuyos dirigentes se están empeñando en convertir en un envoltorio vacío de sentido, vislumbré algo parecido a un resplandor y, aunque fuese a lo lejos, debo reconocer que estuve pendiente de los resultados de las batallas. Percibí el choque de los ejércitos futbolísticos retumbando en el cosmos y el aliento de sus aficiones prisioneras en sus casas alejadas de los montes y ríos que rodean los campos donde se celebran habitualmente las guerras; mudas pero ilusionadas con la victoria de los guerreros que apoyan.

Hubo un irresistible halo épico, sí, (casi como reencontrarse con el fuego después de un período de frío o la visión de un soldado portando el escudo de Carlomagno en una colina) sobrevolando Europa cuando los jugadores del PSG y el Bayern o del Liverpool y el Madrid se dieron las manos. Nuevas leyendas se forjaron cuando Pep Guardiola certificó el pase de su City a las semifinales de Champions. Y miradas de incredulidad, asombro y admiración se dirigieron a un Zidane que, sin levantar la voz ni necesidad de inventar ningún estilo, se está abriendo un hueco en el Olimpo.

La Champions volvió y con ella la sensación de que el fútbol es el contenedor de cierto hálito sagrado que las guerras del pasado tenían. Cuando los goles no costaban dinero sino vidas. Algo que, como el amor por el rock o la creencia en Dios, no puede explicarse. Ha de vivirse. Shalam

عند الفجر تأتي عبر دروب الليل

Al alba se llega atravesando los senderos de la noche

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:……el deporte rey……el gran bussines…………..
    2ºimagen:…en la mano lleva 100€ pues toma otros 100 mas…..lleva nada pues con nada te quedas…..sonrisa…
    3ºimagen:…este lleva una flor en «toa la raya»……

    1PD:…https://www.youtube.com/watch?v=QOUocPGjmjw….la juventud 2016-paolo sorrentino…maradona….
    …en que pensás?—–en el futuro(mientras masajea su negra pierna, fuera de circulacion…..sonrisa cruel…..

    otra PD:…https://www.youtube.com/watch?v=eBB7HeShhAg….mano negra….sr.matanza….extraordinaria…..

    3PD:…(audio):la delantera del «modena» es mucho mejor pero al «roma» le han tenido que anular un gol…..pero naturalmente…….https://www.youtube.com/watch?v=kjdlzj_x_B4&t=8s….»ladron de bicicletas » …..1948-vittorio de sica…..

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Anuncio del Fifa 21 o de una nueva marca de Futbolín. 2) Superhéroes 3) Anuncio de bronceados en Mónaco. PD; Totalmente Sorrentino-Diego. Totalmente. Gran tema. Recuerdo un concierto de Mano Negra al que fui. Se suspendió por un corte de luz. Estaba siendo sensacional. Ese final…. Recuerdo lo que me sorprendió esa voz cuando vi la película. La voz de Francisco.

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