Calcio y arte

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El fútbol es un deporte tan instantáneo, tan avasallador, tan poco dado a la reflexión y los matices, que es lógico que a muchos seguidores se nos escapen detalles esenciales para comprender algunas de sus características o estilos de juego. Un gran tópico o maldición consiste en atacar al fútbol italiano por su organización defensiva. Su desprecio por el juego vistoso y de toque y su amor por los organigramas y tácticas preparadas y destinadas para frenar los ataques de los equipos contrarios. Muchos comentaristas se preguntan cómo es que esto puede suceder en un país tan enamorado de la belleza como el transalpino. La respuesta fácil y sencilla, aquella que se suele dar para noquear a los escépticos, suele ser la siguiente: no importa cómo conseguir la victoria -por medios más refulgentes o menos- porque lo verdaderamente importante es ganar. Y no hay un momento más bello que el que arrastra consigo la victoria. Pero en esencia, entiendo que aun siendo hábil y pícara y probablemente real, esta frase -tras la cual se trasunta toda una ideología- no termina de clarificar totalmente ese amor por las barricadas y el juego sucio que si bien en determinadas épocas, le ha dado a Italia muchos éxitos deportivos, lo ha hecho a costa de dormir al espectador, apartarlo de los terrenos de juego al separar el deporte del arte y convertirlo en un mero ejercicio de destrucción masiva cuyo único sentido, objetivo y fin es conseguir el triunfo.

De todas formas, la frase es exacta. Tan precisa como realista. Y desde luego es afín y se encuentra directamente relacionada con la historia del pueblo romano. Al fin y al cabo, si Roma se convirtió en el Imperio más grande y temido de la antigüedad, fue por su talante práctico. Por la habilidad funcional y estratégica con la que supieron resolver problemas concretos. En esencia, sí, los romanos fueron aristotélicos. Eso lo subrayaron siempre. Aprendieron de Grecia a gozar del arte, las mieles gozosas e idealistas del platonismo pero entendieron que para disfrutar repetidamente de los placenteros efluvios, los versos de las musas y las caricias de sus lejanos dioses, tenían que basarse en los principios y fundamentos aristotélicos. Percibieron que posiblemente los ejércitos griegos no habían sido suficientemente políticos. No habían enaltecido la política ni entendido la ética como arte de lo práctico. No habían auspiciado los pactos suficientes ni hecho las concesiones necesarias para conseguir que los pueblos conquistados se sintieran orgullos de serlo. Evitaran la tentación de la rebeldía o de seguir batallando en otros frentes. Los romanos, sí, deseaban, añoraban y amaban la grandeza pero sabían que costaba un gran esfuerzo conseguirla y mucho, muchísimo más defenderla.

Los romanos estaban obsesionados, es sabido, con Grecia. Y la mayoría de sus emperadores con Alejandro Magno. ¿Por qué? En primer lugar, por el gran imperio construido por el macedonio pero ante todo, por la imposibilidad que había tenido de mantenerlo. De Alejandro lógicamente amaban sus proverbiales hazañas, su descomunal fuerza e inteligencia. Y conforme su propio imperio se fue extendiendo más y más hasta prácticamente superar el de su admirado héroe, su principal preocupación comenzó a ser no tanto en cómo seguir ampliándolo y extendiéndolo -que también- sino en cómo defenderlo. Cómo construir un entramado militar lo suficientemente poderoso como para que no pudiera caer ni ser derrotado de ninguna de las formas y mantuviera el nombre de Roma en lo más alto del bastión histórico. Como prueba y manfestación, sí, de poderío y belleza. De grandeza y fortaleza. Y lógicamente, esa mentalidad se fue extendiendo a lo largo de los siglos hasta calar en todas las manifestaciones de la vida como es el caso del deporte. Los romanos eran muy conscientes del inmenso esfuerzo, tesón e inteligencia usados para construir las calzadas, caminos y vías que unían las distintas ciudades que formaban parte de su Imperio, los acueductos e inmensos monumentos como el Senado o el Circo. Sabían los intensos esfuerzos realizados por vates como Virgilio para construir unos héroes y una historia propia a través de versos vigorosos como el acero. Lo importante que era no sólo esculpir, como hicieron los griegos, la marcialidad y la elegancia, representar el cuerpo humano perfecto, sino también conservarlo para que ningún ejército hiciera con los tesoros romanos lo que ellos hicieron con el arte griego: un gran saqueo. Y teniendo en cuenta estos detalles, ideología y circunstancias, se puede vislumbrar cuánto debieron sufrir cuando su propia decadencia, las invasiones bárbaras y el enemigo musulmán, terminaron por debilitar su Imperio. Un Imperio tan enorme y vasto y lleno de tan sincero amor a la cultura que durante los siglos posteriores continuaría luchando por volver, reverdecer su antigua majestuosidad de la manera que fuera, como prueban los frescos de Giotto,  los poemas de Dante y Petrarca, los relatos de Boccacio y por supuesto el Renacimiento y posteriormente, entre otras muchas manifiestaciones, las óperas de Verdi o las obras cinematográficas de Luchino Visconti y Federico Fellini. Creaciones tan enormes, de una valía tan descomunal que de una u otra manera, han ido dejando claro a cada italiano que defenderlas es defender su identidad y la del mundo occidental. Sea como sea. Sin importar que sea cruelmente, con trampas o taimados medios tal y como Maquiavelo y la lucha entre las principales Ciudades estado tras la Edad Media, ejemplificaron a la perfección.

Exactamente, si cada jugador de fútbol italiano -incluso habilidosos delanteros como Del Piero o Paolo Rossi- posee conceptos tácticos propios de un lateral o un central y valora tanto el desmarque o el regate como la importancia de seguir la marca, es probablemente porque cada ciudadano de la Italia es en esencia un defensor. Un defensor de la belleza, del arte, del triunfo y la majestuosidad. Un defensor de su cultura, la más universal del mundo, que tiene una misión que cumplir importantísima. Tanto que desde luego no puede importarle demasiado que los aficionados al fútbol de otras culturas no puedan entender su afán por cortar espacios, cubrir en zona o al hombre y la satisfacción que encuentran en mantener su portería a cero. Acaso mucho mayor que la obtenida al rebasar varias veces al portero del equipo contrario teniendo en cuenta la herencia de siglos recibida. Una herencia que únicamente se puede mantener en las trincheras, con las espadas y los ejércitos. Aristotélicamente y no platónicamente. En ningún caso, platónicamente. Mirando de lejos  o cerca la luz y el infinito. Las aristas de las belleza. Pues como comprendieron los románticos, tanta luz, tantas miradas perdidas a las musas podían cegar al ser humano, debilitarlo e imposibilitarlo para combatir a esos enemigos que como ya hicieran en diversos siglos los visigodos, sarracenos, ostrogodos o normandos, podrían penetrar y saquear los palacios romanos.

Los españoles dicen no comprender la mentalidad de juego italiana. Y por ello la atacan y denigran en cuanta ocasión pueden. Pero creo que esta incomprensión procede también de la propia historia española. Los españoles no hemos sido tanto de conservar como de tirar hacia delante. Las consecuencias de la conquista de América, para bien o para mal nos continúan influenciando de manera decisiva. Hernán Cortés se convierte en un héroe legendario cuando manda quemar las naves y conquistar la tierra incógnita o perecer para siempre. Don Quijote cabalga y cabalga buscando truhanes y gigantes dejando atrás una heredad y comodidad que muchos hubieran muerto por poseer. Don Juan siempre se encuentra en busca de otra mujer. Al torero se le admira casi más cuando es herido por el toro que cuando hace inconmensurables faenas. Y en cualquier caso, se valora su riesgo, su deseo de ir hacia delante, no mirar atrás y jugarse la vida. No importa, decía Cruyff, -un entrenador que no hubiera durado ni medio año en Italia- que me metan tres goles si yo meto cuatro. ¿Qué es lo que hay que conservar? De las glorias españolas, sus grandes monumentos, ya se ocupa el Estado y la Iglesia. Y el pueblo a pasar hambre. ¿Qué es lo que hay que conservar entonces? El defensa es la primera pieza del ataque y su misión es comenzar la conquista. No tanto evitar la derrota. Porque al fin y al cabo, los españoles han sido derrotados tantas veces en tantos órdenes de la vida que vivirían como una afrenta no ir hacia el ataque cuando en lo que se refiere al fútbol, no están en juego ni los hijos ni la vida. Acaso el honor. Y el honor se consigue más incluso que venciendo, atacando. Yendo hacia al ataque en pos de el Toboso, Tenochtitlán, Roma. El bastión e Imperio que los italianos han sido educados para conservar pues tienen aprendido e interiorizado que al menos en Occidente, no hay mayor cultura, ni civilización, ni obras de arte que las latinas. Ni posiblemente habrá. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

     El fuego de la leña verde proporciona más humo que calor

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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