Dani Sánchez

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El billar a tres bandas es un juego fascinante pero, eso sí, no es espectacular. Seduce como lo hace el ajedrez o un ensayo de filosofía situado en medio de una librería llena de novedades. Ante todo, porque no hay contacto físico y por tanto, lo que pone a prueba es la mente. No hay piruetas, placajes, insultos, adelantamientos, empujones, carreras u orgamos en forma de gol y canasta. Sí hay éxtasis, claro. Sobre todo, cuando la partida se decide por una sola carambola y se alarga durante horas. Pero por lo general, el triunfo se vive de una manera mucho más calmada que en los deportes de equipo. Entre zen y caballeresca. Es casi poético y no tanto un jolgorio colectivo. Más parecido a la recepción de un diploma que a la fiesta que sigue a una victoria.

En realidad, los escasos jugadores profesionales que existen en el mundo realizan prácticamente de forma automática sus movimientos y no son apenas conscientes de la dificultad de su disciplina. Son calculadoras que calibran no sólo el golpe que van a ejecutar sino los postreros y tienen en cuenta por ello tanto la velocidad como la fuerza con la que impactan con la bola. Tienen que tener, sí, un pulso a prueba de bombas. Un sistema nervioso eficiente. Pues el billar a tres bandas es un deporte ante todo de precisión. Una diabólica prueba para la inteligencia que combina la geometría con las matemáticas. Y sobre todo, requiere de un enorme vigor mental. De una fortaleza cerebral inaudita. De una mente ordenada como la de un estoico riguroso, lúcida como la de Pitágoras y de un físico por lo menos aseado. Un medio tan exigente que entiendo que Thomas Bernhard podría haber consagrado perfectamente su novela El malogrado a un billarista con iguales resultados que los obtenidos dedicándola a un pianista clásico. Pues el peligro de volverse locos y desequilibrarse ante los retos cotidianos que impone el tapiz es más que patente.

En cierto sentido, el billar a tres bandas sufre el mismo destino que un concierto de cámara o el dodecafonismo dentro de la música contemporánea. Es un concierto para violín y orquesta en un medio plagado de festivales de pop y emisoras de radio comercial. Un lienzo expresionista en la era Renacentista. Los billaristas de hecho parecen figuras de otra época. Casi caballeros medievales.  Su misión es convertir una abstracción en realidad. Una figura geomética en carambola. Transformar una mesa y una bolas en una oda a la precisión del infinito. Lo que probablemente, unido a todo lo dicho anteriormente, sea la razón por la que Daniel Sánchez Gálvez es un nombre que no transmite apenas nada a la mayoría de españoles. Podría, sí, ser el de nuestro compañero de clase, el oficinista de nuestro banco o el fontanero del barrio. Pero corresponde a un genio del deporte español. Un señor que condujo esta difícil actividad a otra dimensión en nuestro país debido a la juventud con la que comenzó a competir (y ganar) y las puertas internacionales que ha debido abrir para conseguir labrarse la vida (ha jugado en la liga portuguesa y holandesa y en Corea es un ídolo de masas). Algo realmente difícil como demuestran las cifras económicas que se reparten en un Mundial. La manifestación más clara y evidente de que a los billaristas, incluso a los genios, no les queda más remedio tristemente en muchos casos que competir por el honor y el prestigio.

El desconocimiento del billar a tres bandas es tan grande en nuestro país que en una ocasión Dani Sánchez recibió una medalla al mérito deportivo a título póstumo. Quienes se la dieron u organizaron el acto no tuvieron la delicadeza probablemente de saber que aquel a quien se la entregaban no era un amigo del muerto sino precisamente ese campeón al que habían enterrado prematuramente. Un señor que ha conquistado cuatro títulos mundiales y debería ser citado siempre en todas las listas que hacen referencia a la edad de Oro actual del deporte patrio. Porque sus títulos y condecoraciones no son precisamente pocos. De hecho, superan a los de la mayoría.

Su impacto en el billar a tres bandas nacional es comparable al de Fernando Alonso, Rafael Nadal o Miguel Induraín. Nada fue igual desde su aparición y nada será lo mismo cuando se retire. Previo a su desembarco en la élite nacional, era un deporte tomado por las personas maduras. Transmitía cierto aroma de decadencia puesto que quienes destacaban solían rondar entre los 40 y 50 años. El juego era un coto exclusivo para hombres de férreos códigos muy poco proclive a la innovación. Algo que experimentó Dani desde niño puesto que debido a su corta edad no quisieron aceptarlo en el Club Billar Sant Adrià y recibió más de una mirada cortante allí donde apareció con un palo acaso de mayor estatura que él, hasta que siendo todavía un adolescente logró su primer torneo y comenzó a escribir una historia que aún tiene una cuantas páginas por escribir y ha ayudado entre otras muchas cosas a naturalizar la relación entre los jóvenes y las mujeres con una disciplina que, al igual que la esgrima, considero casi más un arte que un deporte. Pues posee rasgos nobiliarios. Un rigor que busca más la perfección y la excelencia que la victoria. El deseo de radiografiar el Universo en un tablero.

Debido a que aprendió a jugar desde su infancia en el bar de su padre, el estilo de Dani es natural. No es nada afectado y apenas se percibe su paso por academias. Toca la bola prácticamente como quien da la mano o estuviera arrojando unas monedas en la barra para pagar un café. En verdad, es muy difícil verlo nervioso. Dani suele afrontar partidos comprometidos con idéntico porte que si estuviera en una charla familiar. Como si tan lógico y normal fuera realizar carambola tras carambola como caminar. Por lo que a veces da la impresión de acudir a la oficina más que de encontrarse en un torneo internacional. Lo que sin dudas le ha beneficiado y le ha restado presión en momentos claves de su carrera. Tengo la impresión además de que no ha perdido la mirada ni el espíritu del niño a jugar. Entre otras cosas, porque estoy seguro de que durante su infancia golpeaba la bola como un anciano. Tenía ya mentalidad de sabio. Disfrutaba a la vez que estudiaba el billar.

En realidad,  el carácter de Dani Sánchez es tan sutil como el deporte que practica. Suele hablar de forma pausada, hace gala de una sencillez tal vez bastante estudiada pero en esencia natural y es un campeón humilde. Un señor que no levanta la voz y calcula cada paso que da en la vida y en su profesión con contención y minuciosidad. Pero lo que más me ha llamado la atención siempre al dialogar con él y verlo jugar es que no tiene la mirada del tigre. No lo veo como un competidor sino más bien como un explorador. Es una persona que desea agrandar los límites de la actividad a la que se dedica y se consagra a ello diariamente con mentalidad de artesano. De artista. Con la conciencia de que el billar es una metáfora de la vida y de que tal vez en alguna ocasión, golpeando con su taco el tapiz alcance a descubrir el sentido real de la existencia. Los motivos por los que el choque de tres bolas puede llegar a ser igual a la colisión de varios planetas o espíritus en el centro del alma de una persona. Shalam

وهو رجل بسيط، لم ينل حظه من

Nunca le ha servido a nadie la experiencia de los otros

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. Hemerson Solis Giraldo on

    Muy buena analogía, son pocos los que realmente dan significado especial de las victorias que alcantan estos deportistas. Muy amena la lectura, cordial saludo.

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