Doping

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El doping es pop. Dibujos animados. Un fenómeno connatural al tipo de sociedad en que vivimos. Competitiva, perversa y repleta de dinero existente sin un valor cierto o verdadero. Es decir; fabricado sin tener correlación con el trabajo, el esfuerzo de sus integrantes y su capacidad de producción real. Walt Disney. De hecho, las similitudes existentes entre la economía occidental (Mickey Mouse), básicamente sustentada con cuantiosas inyecciones de dinero-deuda, y las transfusiones de sangre o tratamientos hormonales realizadas por los deportistas para mejorar sus resultados (Pato Donald), son absolutas. Más que evidentes. Al igual que la saliva que une dos labios que se acaban de besar. Razón por la que pienso que no deberíamos escandalizarnos por el doping sino intentar comprender que es inevitable. Cuando la sociedad cambie, el doping cambiará e incluso se extinguirá. Como el tío Gilito. Si la economía de los países necesita regularmente que le inyecten dinero que no es fruto del esfuerzo y trabajo de sus ciudadanos para mantenerse en pie, exactamente lo mismo (¡las espinacas de Popeye!) necesitan los deportistas para competir semanalmente, continuar hipnotizando a los espectadores y hacer girar sobre su propio eje el circo social. Entre un banco de sangre y otro de dinero, no hay tanta diferencia. En realidad, ninguna. Mucha más la hay entre un Peter Parker con superpoderes o no. La posibilidad de ser Spiderman o no serlo. Y si tan habituales son las casas de cambio en las ciudades de medio mundo, también han de serlo las cajas de estimulantes y excitantes en los despachos de médicos deportivos. Como por supuesto que tampoco hay apenas distancia entre la inversión y la demanda empresarial en, digamos, un complejo urbanístico o un equipo de baloncesto. Se trata de conseguir beneficios y de si no hay suficientemente demanda, estimularla con la mejora del rendimiento de los deportistas. Básicamente, del modo y forma que sea. ¿O es que el  el Correcaminos era un animal real?

En realidad, es la sociedad o más bien, las élites que la dirigen, la que necesita, utiliza y desea la existencia del doping y no tanto los deportistas que en este caso son más bien víctimas inconscientes o esclavos de su propio ego que culpables. Dibujos que una mano colorea o borra a su antojo. Más cobayas bien pagadas que psicópatas sociales, teniendo en cuenta que su sociopatía se encuentra generada por las condiciones en que comienzan a competir y adentrarse en el deporte profesional. Mordor. Una frontera de abismos insondables, envuelta en papel celofán y anuncios de colonia, no tan distinta del campo político o económico. En esencia, igual. Lo que significa que es un campo de minas donde el deportista limpio y puro (o no dopado), como el político honesto, es la excepción y no la regla. San Francisco de Asís. El rostro que necesita el sistema para demostrar que no todos son iguales y que, de alguna manera, funciona. La Santa Teresa de Jesús. O funcionaba. Pues a estas alturas, en esta fase de evolución del proyecto neoliberal, tengo claro que el poder ya ha atravesado la fase en que necesitaba probar su inocencia y, una vez que nos ha esclavizado a través de internet, hipotecas, hijos, el fútbol, la música gratis, etc, puede operar omnipotentemente a la vista de todos sin temor alguno. Adoptar el modo Napoleón, Hitler o Schwarzeneger, según le convenga, y cortar cabezas y torturar sin recibir más que una insípida contestación en las redes sociales. Una pataleta de Olivia porque Popeye ha vuelto a salir a buscar aventuras. Algo que, en cualquier caso, no consigue sacarle ni un bostezo al Gran Hermano.

De hecho, considero que la reciente visita de Rodrigo Rato al ministro del Interior Fernández Díaz, (como otros muchos hechos que, en otros tiempos, hubieran desatado escándalos sin fin) hay que leerla, sobre todo, en la clave anteriormente referida. Misión Yakuza. Desde ese punto de vista que una vez interiorizado, permite comprender porqué se han aminorado las penas o directamente se ha exculpado a cientos de políticos y empresarios relacionados con las inacabables tramas de corrupción. El Anti-Manga. Delitos masivos que pienso también que si en los últimos años salieron a la luz, no es sino porque básicamente interesaba al sistema hacerlo, del mismo modo que cuando llegue el momento, (tal vez eso sí, para entonces, muchos no estemos vivos) se revelará algo para mí evidente: que la mayoría de deportistas que admiramos, se doparon en alguna ocasión sino frecuentemente. Como Mario Bros. Un hecho lógico y comprensible en la sociedad de la cafeína y el Red Bull. De las horas extras y la electricidad. Del 24 horasOpen. Las recargas continuas telefónicas. Cocaína cayendo como chorros en las mesas de jóvenes oficinistas. Además de porque tras esos esforzados guerreros de la paz que medio mundo admira, se encuentra una élite social que no penaliza la trampa sino que la estimula siempre y cuando vaya en su beneficio. Que es lo que ocurre básicamente con las hazañas realizadas por los locos del balón y el motor: que consolidan el status quo. Lo cierran con candado y hasta lo barnizan con doradas victorias. Ofreciéndole a la mafia económica una sensación de santidad parecida a la que reciben cuando se casan por la iglesia o sus hijos hacen la comunión. Cuando Rafael mueve sus caderas durante tres horas entonando cánticos pop que con el paso de los minutos se transforman en salmos divinos. Bíblicas loas al dios del orden y el decoro  que son la prueba más flagrante que también los dibujos animados de Walt Disney son capaces de atravesar el otro lado del espejo, y encarnarse en alguien real.

En fin. El sistema es perverso. Es el Coyote persiguiendo eternamente al Correcaminos. Promueve la admiración a músicos que sabemos que se drogan e inyectan anabolizantes habitualmente para aguantar extenuantes giras o la tolerancia para aquellos hombres o mujeres que utilizan esas substancias para cambiar de sexo. Pero al mismo tiempo, nos fuerza a repudiar a deportistas dopados, a los que tratamos como si fueran sacerdotes que hubieran roto un voto de castidad. Algo que me parece un error de partida. Y explica en parte el suicidio de Marco Pantani. Porque en la sociedad del espectáculo, músicos y deportistas como doping y dinero-deuda son, repito, exactamente lo mismo. El Gordo y el Flaco. Cumplen una función parecida a la que antiguamente realizaban los monjes, sacerdotes y guerreros heroicos (o a la que hoy en día realizan los presidentes de las naciones) a los que se les permitían todos los vicios (sí, pedofilia incluida) si realizaban con eficiencia la misión encomendada. Enriquecerlos.

En el caso de las estrellas del pop y del deporte, unos hacen música y otros compiten por ser los mejores. Unos aspiran -al menos los más honestos- a construir obras de arte y otros, a batir records y ganar campeonatos pero, en esencia, ambos sirven al sistema. Son sus negros útiles. Distraen y engañan a la población. Substraen su conciencia. Son utilizados como objetos de manipulación y seducción, jugando con la inocencia de los espectadores. Puro Walt Disney. El león de la Universal rugiendo y transportándonos a otros mundos o una realidad paralela donde en el caso del deporte, supuestamente las promesas (al contrario que en el terreno político) deberían cumplirse, y los objetivos ser conseguidos limpiamente. Unos conceptos teóricamente no muy diferentes de los que componen los programas de las agrupaciones mafiosas antes de presentarse a unas elecciones o al código de buenas maneras de los bancos y empresas. Burda manipulación, en el fondo, que salta por los aires al menor roce o contacto. No aguanta la prueba del algodón por más que los mass-media intenten limpiarla con imágenes y palabras que responden básicamente a intereses económicos, absolutamente alejados de ese supuesto altruismo (¿es mañana el partido contra la droga o a favor de Nigeria organizado por Casillas, José Luis Núñez y José Mourinho?) que se atribuye a deportistas que en un mes ganarán más que nosotros en el resto de nuestra vida.

Seamos serios. La cuestión no es si los deportistas se dopan o no, como tampoco la de cuantos títulos ganen, sino si básicamente consiguen aquello por lo que realmente les pagan: ofuscar y embrutecer a la población. Conseguir que pierda la cabeza y si es posible, el ser y el espíritu, en interminables debates sobre Lance Amstrong o Alberto Contador. ¿Alcanzará finalmente el Coyote al Correcaminos? ¿En cuánto tiempo lo hará? ¿A cuánto asciende la fortuna del Tío Gilito? ¿Cómo se casaron Mickey  y Minie? ¿Quién es el jugador que más veces ha encestado desde siete metros? ¿Cuántas copas de europa tiene la Roma? Esa distracción, actividad estadística y estéril tan parecida a la de los banqueros cuando observan los saldos contables y deudas en las pantallas de sus computadoras o a la de los doctores preguntándose, delante de un papel lleno de cifras, cuántas inyecciones serán necesarias para que un corredor consiga al fin superar su marca. En esencia, pura decadencia y aburrimiento. El camino más directo a la dictadura global. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

             No mires a las nubes mientras trabajas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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