Drazen

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Drazen Petrovic son palabras mayores del baloncesto europeo. Un escolta con una técnica inaudita, sobrehumana que lo hacía letal. Pocas veces se ha visto una combinación igual de precisión y arrogancia en una cancha de baloncesto. Pues Drazen no sólo era un excelente jugador, una máquina de una regularidad espectacular sino que, muy consciente de su talento, no dudaba en restregárselo a sus rivales si así conseguía desestabilizarlos psicológicamente. A los experimentados jugadores del Real Madrid de Lolo Sáinz por ejemplo, casi que los enloqueció cada vez que se enfrentó a ellos. Drazen no sólo celebraba cada canasta, alzando el puño frente a sus rostros compungidos, sino que incluso llegó a escupirles al recibir una mano tendida reconociendo su superioridad. Un acto que, no siendo muy habitual en él, se correspondía perfectamente con su carácter arrollador. Su tendencia a imponerse a los rivales de todas las maneras y a humillarlos si era posible. Por ejemplo, llegó a anotar 112 puntos en un partido de la liga yugoslava. Un error administrativo provocó que el Olimpia Ljubljana no pudiera presentar su equipo titular, viéndose obligado a jugar con juveniles y Drazen, al mando de la Cibona de Zagreb, no perdonó. Obsesionado con batir el récord de 100 puntos de Wilt Chamberlain no se detuvo hasta superarlo. Pero lo cierto es que, aunque no hubiese estado esa meta de por medio, estoy seguro de que se hubiera tomado el partido en serio y hubiera logrado una anotación espectacular. Porque para él no existían amistosos. Cada partido era una batalla y cada campeonato, una guerra. Era un jugador ferozmente orgulloso que trabajaba diariamente más allá de la hora de los entrenamientos para superarse a sí mismo. Era sumamente exigente. Un stajonovista de un insuperable talento que anotaba triples con una elegancia y solturas asombrosas. Con una naturalidad sobrehumana. No sé si he vuelto a ver rostros tan desencajados como los de los rivales que, durante los años 80, intentaron frenarle de todas maneras. Tengo la impresión de que la mayoría se habían preparado con mimo para detenerle, habían ensayado todo tipo de estrategias, pero llegado el momento del partido, se veían desarbolados. Drazen cintaba, se pasaba el balón debajo de las piernas, amagaba, miraba el aro y encestaba su primera canasta. E instantes más tarde, o bien ignoraba total, casi abusivamente a su adversario o lo contemplaba durante unos segundos insinuantemente, y no hace falta sugerir lo que venía a continuación: una tortura psicológica cuya crueldad podía multiplicarse si el niño prodigio jugaba con el público de su parte y una multitud jaleando cada una de sus canastas y elegantes pases.

Drazen jugó en la NBA y en el Real Madrid. Pero su figura cobró grandeza bajo la sombra de su país, Yugoslavia. Con la Cibona conquistó dos Copas de Europa legendarias. De esas que dejan huella e impacto en el deporte durante varias décadas. La final contra el Real Madrid de 1985 venía precedida por dos duelos en los que Petrovic había destrozado a los madridistas. Transformándose en su bestia negra. La Cibona se presentaba como favorita pero lo cierto es que aquel Madrid era un enorme conjunto que combinaba casta y cerebro, veteranía y juventud de manera sumamente eficaz. Corbalán, Biriukov y Fernando Martín eran jugadores con un innegable talento, capacidad de sacrificio, habilidad y experiencia. Estaban heridos en su orgullo y prepararon esa final con mimo. Para ellos, no sólo era un pasaporte a la gloria sino una venganza. El partido más importante de sus vidas. Pero se vieron impotentes ante una máquina visceral y elegante que preludiaba el dominio que los yugoslavos tuvieron en el mundo del baloncesto hasta la desmembración de su país. Petrovic ni siquiera tuvo que hacer un partido excelso para imponerse. Bastó su presencia para desatar alergias y pánico. De hecho, provocó tal estrago que a la Cibona le bastó con jugar de manera ordenada y cuidándose de cometer errores, para vencer casi por deserción del Madrid. Un equipo que demostró pundonor pero se vio impotente para entrar en el partido y desde entonces, vivió obsesionado con la apolínea figura de aquel joven terrible hasta el punto de que, en cuanto vio la posibilidad, aunque tuvo que retorcer las leyes yugoslavas hasta el límite, Ramón Mendoza lo trajo a la capital de España. Una etapa fructífera que, a pesar de varios títulos, no terminó del todo bien debido al talante individualista de un Drazen que por entonces, soñaba con retos mayores: el mundial de Baloncesto y la NBA.

La segunda Copa de Europa que Drazen conquistó con la Cibona también fue muy trascendente. Su rival, el Zalguiris, estaba formado por titulares de la selección rusa y se encontraba comandado por un ágil y bravío pivot, Sabonis, llamado a ser leyenda del baloncesto. Todavía no había sufrido su lesión en el talón de Aquiles y se encontraba en total plenitud. Equilibrado de peso y ágil, era casi un bastión insuperable. La Cibona había perdido algunos de los jugadores que habían disputado la anterior final (entre ellos el notable hermano de Drazen, Alexander) y no había conseguido conquistar de nuevo el campeonato yugoslavo. Era un conjunto algo más irregular que el año anterior. Un poco más débil. Y, sin dudas, el favorito era el Zalguiris. Un equipo hambriento de gloria. Pero los yugoslavos plantearon el partido muy inteligentemente. Lo durmieron y controlaron, haciendo posesiones largas durante una primera parte casi soporífera marcada por los nervios. Sabedores de la trascendencia del partido, los jugadores parecían agarrotados y Drazen, muy consciente de que su talento solo no bastaría para ganar el partido, estaba más preocupado en ir dinamitando lentamente la resistencia rusa que en llevar a cabo una de sus exhibiciones habituales. La tensión crecía por momentos. Pero los yugoslavos tenían más experiencia en finales y supieron controlar psicológicamente el partido, llevando a los rusos al límite de sus posibilidades hasta que, finalmente, Sabonis perdió los nervios, derribó a un rival con un empujón propio de rugby, y fue expulsado, provocando entonces sí, que Drazen comenzara una de sus habituales exhibiciones. Sacara todo su repertorio de trucos mágicos, manejara a su antojo los tiempos y condujera a la Cibona a un título cuya importancia en la carrera personal de este adicto al triunfo, únicamente sería superada años más tarde por el Europeo y el Mundial que conquistaría en 1989 y 1990 con Yugoslavia. Un equipo que rozaba la perfección. Era un mecano como pocas veces se han visto en la historia de este deporte. Una mezcla de fría racionalidad, equilibrio, prodigiosa técnica y un talento insuperable lleno de inmensas individualides como Toni Kukoc, Vlade Divac, Zelijko Obradovic o Velimir Perasovic capaces de olvidarse de sí mismos para el bien del conjunto. Una máquina fibrosa, vertical y acelerada que primaba la eficacia sobre la espectacularidad y casi que no dejaba opciones a sus rivales.

La década de los 90 no empezó bien para Drazen. Para alguien que debutó como profesional a los 15 años, estaba acostumbrado a ser el centro de atención y a que los partidos se jugaran al ritmo que él marcaba, es de suponer lo traumático que fue su primer año en la NBA. En Portland no había espacio para él y apenas disfrutó de minutos. En aquel tiempo, las diferencias de preparación entre los baloncestitas de Europa y Norteamérica eran grandes. Y además, por entonces, comenzó también la guerra de Yugoslavia, abriendo innumerables heridas en su vida que lo hicieron alejarse de muchos de sus antiguos compañeros. Pero su espíritu infatigable, su absoluta aversión a la derrota lo hicieron enderezar pronto el rumbo. Y además de conquistar una mítica medalla de plata capitaneando a Croacia en las Olimpiadas de 1992 frente al Dream Team, tras fichar por los New Jersey Nets, pronto comenzó a tomar protagonismo y ser un jugador importante en el campeonato norteamericano. Llevó a cabo un plan específico que incrementó su musculatura y sus prestaciones mejoraron muchísimo. Tanto que nadie se atrevía a ponerle techo ni a pronosticar dónde llegaría hasta que un accidente de tráfico acabó con su vida. Dejándonos el recuerdo de un ángel turbio y joven que tenía una varita mágica en sus manos. Un hombre obsesivo e intenso que convirtió cada uno de sus partidos en un orgasmo pero que, dada la regularidad con la que encestaba, casi que pasaba por ser alguien aburrido. Un niño grande al que, más allá de sus desplantes contra sus rivales, no se le conocían escándalos porque vivía por y para el baloncesto. Era uno de esos seres predestinados para la práctica de una actividad.

Un hombre que, de haberse dedicado a la literatura, hubiera creado hermosas metáforas y libros año tras año. Y se hubiera convertido al momento en un clásico. Porque gozaba de un carácter osado y siempre guardó un amor profundo a su profesión. Era elegante y efectivo. Aunaba temperamento artístico y práctico y controlaba los partidos con tanta soltura como los más grandes escritores manejan a sus personajes. Dejándolos vivir y respirar, fluir libremente, sin soltar en ningún momento la soga con que los atan. Era, en definitiva, el Beckenbauer del baloncesto europeo. Los partidos se jugaban cómo él quería y se resolvían, cuando él lo decidía. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

La estupidez insiste siempre

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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