El acero y el hierro

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No sé si ha existido en el mundo del tenis una rivalidad como la que hay entre Nadal y Djokovic. Tal tensión en cada bola. Esa sensación de que los partidos se van a decidir en cinco o seis puntos, tres o cuatro errores no forzados o en un paralelo mágico y se alargarán durante horas.

Los duelos Nadal-Federer trascienden porque sus dos estilos difieren tanto que ambos tenistas son símbolos de formas contrapuestas de entender la vida. Nadal es Esparta y Dionisos, un Aristóteles del sudor, y Federer, Atenas y Apolo, el Platón del drive. Nadal es la lucha, la consistencia y la resistencia. Nadal parece un buey. Hércules. Logra que revivamos constantemente las historias de héroes griegos y nos obliga a pensar en soldados intrépidos y gladiadores. Nadal es el esclavo que, tras años remando, se convierte en el campeón del circo. Un hombre que ha hecho del tesón y la convicción dogmas de fe. Y Federer, por el contrario, es la ligereza. La gracilidad. Un tenista que pareciera haber sido engendrado mientras sus padres escuchaban una sinfonía de Mozart. Es una estatua griega. El hijo de Artemisa y Hermes. Un hombre que ha convertido al tenis en un sublime ballet y lo ha hecho alcanzar el estatuto de las grandes artes. Es un noble educado en los castillos de media Europa que apenas muestra sus emociones. Y cuando lo hace, enseña una sonrisa perfecta. O mejor, la sonrisa perfecta. La de un jinete que ha tenido la suerte de montar desde niño un caballo ganador.

Sin embargo, lo que hace aún si cabe más impresionante el duelo entre Nadal y Djokovic es que ambos tienen probablemente más similitudes que diferencias. No representan distintas concepciones de la vida sino parecidas. Uno de ellos es hierro y el otro, acero. Nadal es una montaña mentalmente pero Djokovic es también muy cabezón. A veces, incluso pareciera que en vez de jugar al tenis, está levantando pesas. Demostrando al mundo lo que es capaz de resistir. Los dos además, son temperamentales y aguerridos. Restan mejor que sacan. Y les gusta controlar totalmente el juego. Mental y físicamente. No son tenistas a los que les complazca realizar el golpe perfecto. No son equilibristas. No sueñan con el revés perfecto sino con el partido TOTAL. Y eso los hace incontrolables. Temibles. Indomables. Pues en cualquier momento, pueden resucitar. Volver. Conectarse.

Federer exige el máximo de calidad a Nadal y a Djokovic. Les desafía técnicamente como si su misión no fuera tanto vencerles sino enseñarles cómo se juega al tenis en el Olimpo. Pero, eso sí, no les exige el máximo mental. Porque eso sólo ocurre cuando ellos se enfrentan. Un partido entre Nadal y Djokovic, por lo general, provoca cansancio en los espectadores. Sueño. Porque la primera bola es para ellos la última. Se juega al mismo ritmo. Con idéntica intensidad. Como si su objetivo fuera destrozar una pared a base de golpes. Convencer a los dioses de que ellos también merecen serlo. Cualquier partido de Federer es un espectáculo. Pero no así los que enfrentan a Nadal con Djokovic. Básicamente, porque son una apoteosis de sufrimiento. Casi de odio. Un ejercicio de masoquismo. Un intento de superar todos los límites físicos y mentales existentes en este deporte. Una odisea. De hecho, cuando cualquiera de los dos pierde un set, ya sabemos que ganará el siguiente. Y cuando durante unos minutos se va del partido, tenemos la convicción total de que regresará más conectado que nunca. Razón por la que nunca hay relax en sus duelos. Siempre hay tensión e incertidumbre. No deja nunca de haber una sombra de sospecha en cada punto.

Hay varios partidos entre Nadal y Djokovic que forman parte de la historia sagrada del tenis. La final del Open de Australia 2012 fue tan grande que ni siquiera, a día de hoy, alcanzo a definirla. Porque no fue exactamente un poema al tenis. Fue un poema histórico sobre la agonía y la guerra. La vida y la muerte. Fue algo tan descomunal que sólo se me ocurre comparar esa experiencia con la que sentían los gladiadores en el circo romano. Porque eso no fue exactamente un partido. Fue un ritual de sufrimiento y esfuerzo. Un apareamiento de férreas voluntades que por una vez, sí, parecían dispuestas a morir en la cancha. Parecían preferir su fallecimiento a la derrota. La agonía a la rendición.

A Federer lo admiramos. Federer nos deleita. Federer es el yerno soñado. Un disco de los Beatles. Pero tanto Nadal como Djokovic nos hacen sufrir. Porque basta un mínimo bajón para que el otro acribille al contrario a derechazos. Nadal siente el aliento de Djokovic en el rostro y Djokovic el de Nadal. Pero los espectadores sentimos el aliento de ambos en la nuca. Los dos parecen caballos. Animales. Potros desbocados. No se sabe cómo pararlos ni hasta dónde llegarán. Sólo que cada partido de ellos es un asesinato a los nervios. Un atentado a la paciencia. Un espectáculo que destroza expectativas y que hasta provoca remordimientos contemplar porque altera el corazón. La mente. El curso normal de nuestros razonamientos. Es tan intenso que duele. Parece, sí, heroína deportiva. Un chute de adrenalina tan grande que ni tan siquiera juntando a Lou Reed con Slayer y a Van Halen con Led Zeppelin podríamos llegar a agitar tantas hormonas como ellos hacen.

Federer tiene un carácter afable pero parece forzado. Cualquier fotografía de Federer es la fotografía perfecta. Federer es templado. Su hábitat natural es una instalación VIP. Un restaurante de superlujo. Pero el lugar de Djokovic y Nadal es el barro. A Djokovic puedo imaginarlo corriendo por el hielo. Cayendo en medio de montañas sin cesar de reír. Y a Nadal lo lógico es imaginarlo sucio. Revolcado por el pasto persiguiendo a un toro. Porque ambos son dos exagerados. Dos extremistas de la vida. Tanto que su naturalidad deja muy lejos a cualquier intérprete sobreactuado. Cuando ríen o lloran parece que lo hace el planeta. El mundo en su totalidad. Ambos son rock. Tienen la cabeza fría pero convierten la cancha en un caldero. En un plato de fuego. Y han sido minusvalorados desde que empezaron a jugar al tenis.

Sin embargo, si Djokovic no hubiera existido, Nadal seguramente ya sería el mejor jugador de la historia y viceversa. Cualquiera de los dos habría superado a Federer. Un hecho que creo que hace que sus duelos tengan un componente de crueldad y tragedia inmenso. Pues ambos están contribuyendo a que Federer siga reinando en los cielos mientras destruyen y agrandan vorazmente su propia leyenda. La historia de dos lobos empeñados en alimentarse de sangre divina y convertir el mundo en un combate eterno. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Los lamentos son el lenguaje de la derrota

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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