El Barsa de Guardiola: la Sagrada Familia

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Soy consciente de que el fútbol es uno de los medios de manipular a la ciudadanía más potentes que existen. No sólo es el opio del pueblo sino también el circo a falta de pan. Una forma de distraer a las masas de los asuntos de real importancia que afectan directamente a sus vidas. Recuerdo haber asistido casualmente a la celebración de la cuarta Champions del Barsa en las calles de Barcelona y sentir cierta vergüenza al observar a toda una ciudad parada por esa victoria. Cientos de miles de personas (incluido yo) que no sé si saldríamos a luchar por defender nuestros derechos.

Visto así, el fútbol es lo más parecido a una trampa maléfica que aprisiona voluntades, nubla conciencias y distorsiona realidades pero ni siquiera estos atributos lo invalidarían como actividad social. Pues, al fin y al cabo, es  también en parte, víctima de las pasiones que genera. Un símbolo cuyo valor social es utilizado por empresarios y políticos para conseguir sus maquiavélicos objetivos que, no obstante, no por ello ha de ser invalidado como deporte. Basta por ejemplo, mencionar al equipo de fútbol -el Barsa de Guardiola- que, en mi opinión, ha llevado hasta la máxima excelencia y límites su práctica para corroborarlo. Porque pocas veces se ha contemplado un espectáculo igual en el césped.

Pep Guardiola agarró un equipo perdido en el limbo, sin dirección, y lo recompuso de tal forma que a los pocos meses, no sólo había ganado todos los títulos que había disputado sino, sobre todo, enamorado a la mayoría de los amantes imparciales de este deporte. ¿Cómo lo hizo? A veces, escuchamos frases y palabras y no les damos importancia hasta que con el tiempo atisbamos a qué se referían. En una ocasión, le oí a Johan Cruyff comentar que él siempre colocaría a Guardiola en una lista de los mejores futbolistas de la historia. Sin ningún género de dudas, en su once ideal, aparecería aquel muchacho delgado que comandaba su “Dream Team”. Un futbolista poseedor de una excepcional visión de juego capaz de romper las defensas cerradas de los rivales, sacar el balón jugado con holgura y peligro, hacer transiciones rápidas entre defensa y ataque y conseguir con dos o tres pases destrozar candados. Si he de decir la verdad, no sé si Guardiola merecería estar en ese utópico equipo junto a Beckenbauer o Diego Maradona. A lo largo de la historia, en su posición ha habido auténticos portentos pero sí que tengo claro que tras verlo entrenar, comprendo mucho mejor a lo que se refería Cruyff: a que Guardiola era un auténtico obseso del fútbol. Una mente rápida, sagaz e inteligente capaz de leer partidos y jugadas antes de que ocurrieran y de distinguir cómo, para qué y por dónde había de circular el balón; cómo colocar a un equipo para aprovechar al máximo sus recursos y de verificar de un vistazo las debilidades del contrario. En resumidas cuentas, poseía una mente superdotada y casi que (como afirmaba Santiago Segurola) predestinada para este deporte al que lógicamente, dado que no era manco como futbolista, Cruyff siempre querría en su equipo y nadie, en su sano juicio, hubiera querido que dejara de entrenar jamás al Barsa. Porque lo que hizo con aquel equipo que venía de ser humillado y goleado en el Santiago Bernabéu no tiene nombre. O sí. Se me ocurre ahora comparar aquel fútbol que desarrolló con la Sagrada Familia del fútbol o el Guernica de Picasso porque, en mi opinión, trascendió el mero deporte y se convirtió en arte. Conquistó cimas parecidas al gol de Diego Maradona a los ingleses en el Mundial 86, algunas de las faltas lanzadas por Juan Román Riquelme, las tijeretas de Hugo Sánchez, Enzo Francescoli y Pelé o las arrancadas de Puskas, Di Stéfano y Messi desde el medio del campo.

La pasión y el esfuerzo. Un general con talante democrático. Esto fue (y es) Guardiola; quien, con locura y ardor, se atrevió a construir un equipo de fantasía que, al mismo tiempo, tenía un rigor y orden inmensos. Un conjunto de acróbatas con alma de guerreros. Magos del balón que no dejaban de correr. Leones y tigres que mordían en cuanto alguien les daba un espacio, hablaban en el campo y sentían orgullo por ser futbolistas en lo más hondo de su ser. Una mezcla perfecta entre el Ajax de los 70, el Brasil del 82 y el Milan de Sacchi filtrada por el espíritu de la Masía y el legado del “Dream Team”. Es decir; una alucinante odisea futbolística que maravillaba y asombraba ver jugar, y no permitía que nos levantásemos del sillón cuando deseábamos hacerlo. Lo más parecido a un circo, un gigantesco espectáculo que he visto jamás en un campo de fútbol. Un asombroso carrusel de sorpresas, toques, pases, combinaciones, jugadas y sangre y sudor cayendo en el césped del que apenas, creo, hemos tomado todavía conciencia todavía de lo que significó.

Realmente, ahora que vemos a Daniel Alves fracasar día sí y otro también en sus internadas por la banda dejando una autopista detrás suyo por la que se abren todo tipo de huecos para los rivales y que la mayoría de aficionados se ríen del antaño temible lateral, supongo que se entenderán mucho mejor los múltiples logros de Guardiola. Pep sabía situar a cada jugador perfectamente, leer e interpretar sus posibles errores y preparar y alertar a sus compañeros cuando perdían la posición. Por eso Alves, entre otros motivos, era tan certero en su momento. Porque en ese equipo con todo tipo de movimientos articulados y estudiados, tanto Messi como Xavi, Pedro, Iniesta, Villa o Eto’o sabían dónde y cómo tenían que presionar para que el balón volviera a sus pies sin generar peligro y de no ser así, Busquets, Keita, Touré, Piqué o Puyol se encontraban atentos para hacer las coberturas necesarias. En suma, había toda una estructura para paliar los defectos de Alves y que sin que éste viera desnaturalizado su juego, permitía extraer lo mejor de sus incursiones en campo contrario. ¿Messi? De este señor, el barrilete cósmico de más grandes dimensiones que han visto hasta ahora mis ojos, está todo dicho. Guardiola le eliminó la dieta de caramelos y dispuso todo el armamento zonal del equipo para generar situaciones favorables para él. Todas esas jugadas que Leo tiene que construir ahora por sí mismo basándose en su genialidad, le eran facilitadas de una y otra manera por sus compañeros en base a un cronograma; un plan estudiado una y mil veces por una mente, la de Guardiola, que se dejaba la piel diariamente ensayando tácticas, probando fórmulas para desbaratar la estrategia del contrario y perdía pelo a pasos agigantados para que su Barsa, el equipo de sus amores, no se hiciera previsible, siguiera consiguiendo títulos. Al Camp Nou devolvió, por ejemplo, a Gerard Piqué; un defensa al que convirtió en un coloso dándole los pasos, pautas y medidas justas para que consiguiera sacar partido de sus ingentes cualidades. Y se dio el lujo además, de subir de la cantera a un genio, Busquets, un aguerrido muchacho, Pedro, un titán, Thiago, y un ramillete de prometedores jóvenes, Isaac Cuenca o Tello, a un equipo que se convirtió en el mayor homenaje nunca jamás visto al fútbol. Un conjunto que con sólo mencionar su nombre creaba entusiasmo, disparaba los corazones y provocaba felicidad, como pueden comprobar quienes hayan viajado por el mundo en los últimos años. Un mundo que se ha teñido de blaugrana y llora ahora la ausencia de sus ídolos y héroes eliminados de las pantallas de la televisión por un grupo de sátrapas, mediocres hombres de negocios ajenos al heroísmo comandados por Sandro Rossell.

Guardiola fue capaz, entre tantas y tantas hazañas, de lograr extraer de Bojan las gotas de fútbol justas para que colaborara con el equipo sin traumatizarle por su alarmante mala forma; sacar en pleno ocaso de su rendimiento lo que aún restaba de genialidad en Thierry Henry; de transformar a Xavi (que en el declive de la era Rijkaard estaba siendo muy cuestionado) en  el  centrocampista de referencia del fútbol mundial; hacer creer en sus posibilidades a Iniesta haciéndole ver el genio que era; premiar a Puyol y Valdés por su excelente rendimiento y fidelidad a unos colores e idea; lograr que Keita se sintiera feliz y orgulloso de colaborar en el equipo a pesar de sus reiteradas suplencias;  y si es cierto que tal vez se equivocara en el fichaje de Ibrahimovic, no fue tanto por la calidad del jugador sino por su indomable ego. Ganó una liga increíble contra aquel Madrid de Pellegrini que era mucho mejor de lo que se decía. Dio espectáculo allí donde iba. Cada partido del Barsa, no importa si fuera intrascendente, era una invitación a la fiesta y el goce. Nos tenía en vilo. Consiguió que los sábados o domingos fueran un festejo continuo, que entrenadores como Alex Ferguson suspiraran de temor al comprobar a quién se iban a enfrentar y que alguien como Bernd Schuster declarara sin tapujos que era imposible que su Madrid ganara en ese Camp Nou, donde cientos de miles de personas posaron su mirada durante unos años, como si allí estuviera ocurriendo algún acontecimiento histórico; como si hubieran vuelto a la vida por ejemplo, Cleopatra, Jesucristo y Napoleón o tal vez se estuviera dirimiendo en su césped el destino de la humanidad.

¿Alguien cree que el gol contra el Chelsea de Iniesta en aquella mítica semifinal de Champions fue una casualidad? En absoluto. Obviamente, ese partido se podía haber perdido. Pero el empuje, el entusiasmo y el cuidado con el que se preparaban los encuentros hacían posibles milagros como el conseguido en Stamford Bridge que, en otras condiciones, son mucho menos factibles. Detrás de la pierna de Iniesta se encontraba todo un entramado técnico y un equipo directivo empujando, animando, alentando. Entusiasmados con una idea del fútbol. Absolutamente comprometidos sin importar lo que decían los gritos de los madridistas, obligados muchos de ellos a aplaudir ante tal despliegue futbolítico. ¿Títulos? Si es que suena hasta ridículo hablar de títulos cuando se habla del Barsa del Pep. Que lo hagan otros. Los resultadistas. Yo me referiré ahora a los partidos perdidos que nunca se produjeron porque los rivales fueran mejores (al menos hasta el último año de Guardiola en el club). Nunca. Siempre se debieron a circunstancias, lances normales e inevitables en el fútbol, pero jamás a que algún equipo se posicionara durante los 90 minutos mejor que el F.C. Barcelona. En cada partido del Barsa de aquel entonces, existía la seguridad de que nos encontrábamos ante un acontecimiento, frente a animales absolutamente convencidos de una idea y estilo de juego con unas ganas inmensas de morder la presa, masticarla y luego, si era posible, devorar los huesos. Y casi sin quererlo, muchos que apenas veíamos ya fútbol, volvimos a enamorarnos con este deporte como cuando éramos niños ante tal despliegue de fantasía y esfuerzo. Un cruce entre una película de Walt Disney y la épica Gladiator. Una oda al deporte de fantasía y casi que a la imaginación que mientras no vuelvan Laporta, Cruyff o Guardiola al club, no creo que volvamos a degustar.

Muchos ya saben la historia pero conviene repetirla. ¿Cómo se rompió este romance eterno con la grandeza y los cielos? Vamos por partes. Todos los equipos tienen su ciclos. No muchos conjuntos pueden soportar estar más de cinco años ganando sin interrupción. Pero lo lamentable en este caso, es que no sucedió por desgaste y por supuesto, menos por Guardiola. Al contrario. Pep es un estudioso infatigable del fútbol. Estoy convencido de que conocía hasta los gramos que variaba semanalmente el peso de sus futbolistas y que ya había previsto lógicamente este final. Para que esto no sucediera y poder adelantarse a los acontecimientos con el fin de construir un nuevo Barsa imbatible, decidió una lista de bajas (que ya todos conocen) que Sandro Rossell no aceptó puesto que deseaba fichar a Neymar. Y a partir de entonces, y con su salida, el equipo fue descendiendo progresivamente su nivel hasta convertirse en lo que hoy en día es: una caricatura de aquella maravilla que nos dejaba sin aliento en los sillones, la cual únicamente se sostiene en pie por el peso de la herencia recibida y la extraordinaria calidad de sus jugadores.

Con el tiempo hemos sabido la verdad. Nos faltan algunos detalles para terminar de apuntalarla pero ya la conocemos. El Barcelona ganó su cuarta Champions (mucho más que la tercera) en gran medida, gracias a Guardiola puesto que fue él quien salió a dar la cara cuando se hablaban maldades del equipo desde Madrid, dando una alucinante rueda de prensa en el Bernabéu en la que puso por una vez el dedo en el ojo de Mourinho. Aquel año, Pep tuvo que realizar todo tipo de esfuerzos para mantener el barco a flote y estuvo a punto de ganar un más que merecido triplete. Pero estaba solo. Hacía unos meses, Sandro Rossell había ganado las elecciones y sus ánimos de venganza contra la anterior junta, Joan Laporta y sus guerreros, le hicieron escurrir el bulto y actuar como si fuera un avestruz frente a un sinfín de ataques que provocaron un desgaste inmerecido a Guardiola. El amor de Pep por el club y el que Rossell no desvelara sus cartas totalmente aún, (puesto que se habían ganado Liga y Champions) sin embargo, le hicieron continuar pero cuando comprobó que en determinados partidos como contra la Real Sociedad o el Español, sus jugadores no daban el máximo tal y como él necesitaba para sentirse comprometido y el presidente lejos de apoyarle por todo lo que le había dado a la institución, casi que se reía de él y lo intentaba desquiciar con ayuda de algunos periódicos de Barcelona, Pep se fue para siempre, dejando atrás el mayor legado futbolístico conocido jamás.

Lo restante es de sobras sabido. El F.C.Barcelona ha pasado en tiempo récord de ser la Venus de Milo o la Sagrada Familia a un barco sin timonel imputado por Hacienda, con publicidad de Quatar en su camiseta, sancionado por la Fifa y humillado por el Bayern de Munich que es capaz de perder partidos (como el reciente de Copa contra el Madrid) que en otro tiempo hubieran sido victorias seguras. Hay quienes hablan de traer a Mourinho al club y los que comienzan a referirse con cariño a la época de Gaspart que promete ser bastante mejor que la que se avecina si no se encuentra el entrenador adecuado para el club y se le deja trabajar en paz.

En fin, afortunadamente, quedan los videos. En la era de internet es posible visualizar cientos y cientos de partidos pasados. Y esto es lo que haremos muchos mientras los socios no traigan de vuelta a Cruyff, Laporta o alguien afín a sus posturas por el Camp Nou: volver a ver los partidos del Barsa de Guardiola mientras el de Martino, Tito o quién sabe qué títere de la directiva juega. Porque lo que no podrá borrar nadie, ni Florentino ni Rossell ni Gaspart (que vienen a ser lo mismo) es la gloria del equipo de Pep. El buen sabor que nos dejó. Las sonrisas que todavía emitimos cuando recordamos sus grandes momentos. Aquellos partidos contra el Manchester United en Roma y Londres, los triunfos (sobre todo, por la forma en que se produjeron) contra el Madrid, los besos que Messi dio al escudo al meter su mítico gol contra Estudiantes en la final de la Intercontinental, los recitales contra el Arsenal, las combinaciones entre Xavi e Iniesta más propias de Oliver y Benji que de la realidad, el tesón recompensado de Puyol, las sonrisas de Villa, las carreras y gritos de Eto’o, las diagonales de Busquets y tantas y tantas imágenes gloriosas que además de enaltecer este deporte, nos hicieron felices. Dieron sentido a las horas que muchas personas hemos pasado practicando, viendo o hablando acerca de fútbol. Shalam

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 El jade necesita ser tallado para ser una gema

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Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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