El espíritu

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Hay tres o cuatro partidos de fútbol al año que no son partidos. Son acontecimientos. Milagros. Arte. Un pulso emocional entre el hombre y los dioses. Un canto épico a viejas batallas. Guerras. El encuentro del pasado miércoles entre el Real Madrid y el Paris Saint Germain fue uno de ellos. De haberse desarrollado en tiempos antiguos, habría habido muertos, heridos. Varios poetas estarían redactando textos épicos para ser leídos y rememorados día tras día hasta la revancha. El miércoles en el Bernabeu planeaba por el campo el espíritu del fútbol. La sensación de trascendencia que ha provocado que muchos consideren este deporte, un símbolo cultural más importante que su propia familia. Yo no simpatizo con el Madrid pero sí amo el fútbol. El deporte con el que crecí de niño. Y un escalofrío recorrió mi espina dorsal durante todo el día. Varias veces en el transcurso de los 90 minutos, sentí calambres. La sensación de estar asistiendo a algo único. Ese partido que se recordará durante décadas. No necesariamente por buen juego o detalles técnicos sino por factores ajenos. Casi instintivos o sagrados. La vieja Copa de Europa nació para momentos como los del pasado miércoles. Para mantener parada la respiración del planeta durante 90 minutos. Para revivir lo que supone un todo o nada. Los antiguos combates a vida o muerte.

Ganó el Madrid y ganó bien. Pero no por juego o por un mayor equilibrio táctico. Ganó por un imponderable místico. Por el peso de la camiseta, la experiencia. Por la historia. Por vísceras. Ganó por una serie de factores ajenos al juego que contribuyen a engrandecerlo. Yo al día siguiente me levanté aún nervioso. Incapaz de pensar que habrá revancha. Que todavía quedan 90 espectaculares minutos. Porque tal vez, aunque el próximo partido sea mejor y se marquen más goles, no quede en el recuerdo como este. Lo que se vivió el miércoles pasado fue muy intenso. Un homenaje a este invento que ha enloquecido a media humanidad. La vieja jerarquía derrotó a los nuevos ricos. Y por un instante, el resto del mundo desapareció. Alguien vio planear el alma de Santillana, Gento, Sanchís y Di Stefano por las inmediaciones del estadio, y al espíritu de Juanito haciendo equilibrios con el balón, como si fuera el Cid. Y muchos, volvimos a sentir eso que sentíamos al cantar un tanto en la portería contraria durante la niñez. Cuando gol y orgasmo eran sinónimos. Y un partido, un rito ancestral. Un pasaporte a la felicidad. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

De la opresión nace la libertad

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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