El hundimiento

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Existe algo trascendente y al mismo tiempo pasajero en los escenarios que fueron testigos de algunas de las derrotas de guerreros, generales e Imperios que, durante años, décadas y a veces siglos, parecieron invencibles. Esos paisajes son un nombre histórico y una cita recurrente. Fueron escenario de un acontecimiento inolvidable pero no dejan de ser un espejismo. Son recuerdo de unas acciones irrepetibles cuyo sentido no se encuentra ante nosotros; pertenece a los libros de historia y a la épica; en definitiva, al inconsciente colectivo. No parecen por tanto poseer una continuidad real con nuestra vida como sí ocurre con las ruinas de civilizaciones caídas. Porque esos lugares son hazaña o fracaso y no cultura. Son adjetivo y no sustantivo. Son desenlace de la historia y no su causa y forma. Por así decirlo, son más bien, sí, un accidente en medio del teatro de la vida. Los monumentos que se erigen allí celebran lo accesorio. El azar. No la eternidad. Lo inmortal allí es lo pasajero y sobresaliente. Esto es; no la existencia cotidiana sino la hazaña. Y por consiguiente, nos subrayan que los hombres -no importan cuan grandes o poderosos sean- no son ni la mitad de importantes que sus obras o que la civilización a la que pertenecen.

He realizado hoy esta introducción porque, aunque parezca mentira, sensaciones y reflexiones parecidas a las anteriores son las que experimento y me planteo cuando contemplo los puertos de montaña donde se fraguó la derrota de Miguel Induráin en el Tour del 96; aquel que estaba destinado a convertirlo en dios y lo hizo humano: Huatacam, Larrau y Les Arcs. Nombres que, como Waterloo para Napoleón o la playa de Steedagh Strand para la Armada Invencible, se encuentran unidos para muchos españoles no tanto a los triunfos, escapadas o hazañas allí realizadas por diversos ciclistas sino al padecimiento en este caso de un héroe deportivo que parecía estar en las mejores condiciones de lograr lo que no había conquistado nadie -6 Tours- y, contra todo pronóstico, fracasó en su intento.

Les Arcs: 6 de julio. Un puerto alpino sin historia en el ciclismo. Tampoco demasiado exigente. Rampas con un porcentaje razonable. Nunca se había subido hasta entonces. Su nombre palidece frente a colosos como el Tourmalet o Alpe d’Huez. Es apenas una anécdota en el deporte. Una carretera intrascendente donde muy pocos aficionados al ciclismo habían dejado escrito el nombre de sus ídolos hasta 1996. Sin embargo, fue allí donde Induráin comenzó a doblar la rodilla debido a una inoportuna pájara. Aquella subida se le hizo eterna. Su ritmo de pedaleo era irregular. Se encontraba sobrepasado. Bebía agua y miraba a sus costados sorprendido y angustiado como el ahogado que espera un último milagro antes de hundirse en las olas y no es capaz de explicarse su suerte. Los aficionados apilados en los bordes pensaban que aquel día habían ido a hacer turismo. Fotos, deporte y un poco de ocio. Tal vez a contemplar otra exhibición del gigante. Pero se dieron de bruces con una tragedia. El principio del fin de un mito. Que Induráin fallase no era algo raro. Era ciencia ficción. Así que nadie comprendía nada. Nadie lloraba ni reía porque no sabíamos qué estaba ocurriendo. Era inverosímil.

La mayoría de quienes pasan por Les arcs en coche se deleitan con el paisaje. Se preparan para esquiar. Hacen recuento de material deportivo y alquilan habitaciones con chimenea para toda la familia. Los que lo hacen en bici suelen rememorar la silueta de Induráin convertido por primera vez en uno más. Si los humanos recordáramos nuestras derrotas con tanto mimo como nuestras hazañas, allí debería haber una estatua del coloso.

Hautacam: escenario pirenaico donde el navarro refrendó su cuarta conquista con un ataque tan inesperado como inolvidable. Lamentablemente, aquel lejano 16 de julio, día en que cumplía 32 años, refrendó su derrota. Ese Tour definitivamente no era el suyo. A falta de escasos kilómetros para la llegada a meta, Bjarne Riis demarra. Induráin se pone a rueda. Intenta seguirle y disimular su impotencia. Por momentos, parece querer frenarle con la mirada, con su prestigio, más que con los pedales. Y, en principio, funciona. El navarro se adhiere a la carretera. Pero el danés continúa intentándolo. Va suelto. Demasiado. Podría decirse que está montado en una bicicleta estática y que pedalea en el cuarto de su casa. Casi que va de paseo aunque su ritmo es frenético. Muy elevado. Y no cesa. Aumenta gradualmente. Así que, en cuanto el danés demarra de nuevo y comprueba que lleva puesto el plato grande, Induráin se frena. O más bien, se deja ir. Imposible seguir a esa bestia. A ese voraz carnicero cuya bestial silueta recuerda por momentos a la de Merckx. Allí definitivamente acaba el sueño del ciclista de Banesto. Huatacam es sinónimo de entierro. Un funeral para el ciclismo español. No hay milagro.

¿Se dopaba Induráin? Eso es algo que desconozco si llegaremos a saberlo alguna vez. De momento, no se ha demostrado. Pero Bjarne Riis sí lo ha reconocido. Iba de EPO hasta las patas. Aquel día, tal vez sólo el Induráin del 92 y el 93 hubiera podido seguir su rastro. Superarle creo que era misión imposible. Tal fue su superioridad que a veces hasta da la impresión de que Riis se estaba regulando; que no quería excederse para no levantar sospechas.

Los cicloturistas que suelen subir el puerto tienen sentimientos encontrados. ¿Se puede mitificar un momento falso? ¿Iban todos dopados? ¿Hay que enmarcar o borrar para siempre de la historia aquel 16 de julio? Supongo que la mayoría se encuentran tan confundidos al rememorar ese momento en sus excursiones como los que lo contemplamos plácidamente sentados en televisión. Por eso hay quien se prohíbe hablar de ciclismo al pasar por Huatacam en coche. Mejor disfrutar del aire puro y no remover fantasmas. La sombra de la sospecha en este caso es más grande que la del heroísmo y hasta que la de la derrota.

Larrau: A los deportistas se los suele homenajear tras su retirada. Es muy difícil que reciban honores de su gremio más allá de los reconocimientos habituales. Por eso aquel día 17 de julio era tan excepcional. La etapa terminaba en Pamplona. Feudo de Induráin. Si eso no era un capote de primera categoría por parte del Tour al único ciclista que lo había conquistado en cinco ocasiones consecutivas, qué era entonces. Lamentablemente, aquella fecha se recuerda más por el inmenso cariño de la gente a Miguel que por su desempeño deportivo. Subiendo Larrau, se descolgó del grupo de cabeza. Y si no se bajó en ese momento de la bicicleta fue por dignidad. Porque a 100 kms le esperaban sus familiares, amigos y paisanos coreando su nombre, deseando devolverle toda la dicha que les había transmitido gracias a sus hazañas.

Induráin no daba ya más. En Larrau, ni siquiera se le vio con el gesto desencajado de Les arcs o la profunda decepción de la tarde anterior en Huatacam. Ese día su gesto era una mezcla entre la resignación y la aceptación. También había responsabilidad en su semblante. Debía llegar a la meta como fuera. Arrastrándose o a trompicones. Con mayor o menor comodidad, pero llegar. Su rictus al cumplir su objetivo era de agradecimiento. Pero también de tristeza. Hay quienes aseguran que se podía percibir el rastro de varias lágrimas en su rostro. Si las hubo, las borró rápidamente gracias a un gesto que lo ennobleció tanto o más que sus triunfos. Ante la aclamación popular, se dirigió al podium, pero en vez de levantar un trofeo, saludó educadamente al público y a las autoridades, aguardó pacientemente a Riis y alzó su brazo. A falta de las etapas finales, ya había un nuevo vencedor.

Los cicloturistas que suben Larrau creo que le tienen un cariño especial al puerto. Porque fue ahí donde Induráin certificó más que nunca que, ante todo, era un deportista. Un hombre noble. Hay más agradecimiento en Larrau que lágrimas. El llanto pertenece a Les arcs y la frustración a Huatacam. También el enojo. Yo hace años, durante un viaje por el norte de España, recorrí aquel puerto en coche y sentí tranquilidad. No había ningún edificio ni monumento allí. Tan sólo alguna pintada en la calzada hacía recordar al navarro. Pero sentí calma. Paz. Todo aquello que proporciona la dignidad con mucha mayor intensidad que los triunfos o el dinero. Shalam

في الحرب كما في الحب ، من الضروري أن ننظر عن كثب لإنهائها

En la guerra como en el amor, para acabar es necesario verse de cerca

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:……peso mucho….pero aun me quedan fuerzas para llegar………….
    2ºimagen:….e.chillida…… haria la obra dentro del tumulo……..(en las islas canarias lo mandaron para su pais vasco, al final no la hizo……..)………………………..
    3ºimagen:……la carretera llena de caracoles…….art-bio……
    4ºimagen:…..serpiente encima de la serpiente……
    5ºimagen:……es un castigo escolar…..una copia……aunque la pintada pueda parecer thx 1138….

    • Sería genial que todas las últimas pintadas fueran Thx 1138. Un mensaje para iniciados en medio de la prueba deportiva que sólo descifrarían unos cuantos que vieran la etapa por televisión. La cuarta foto sí sería imagen de serpiente en el principio del mundo. Foto cabalística. La tercera… imaginar como esclavos a todos los que hacen las pintadas en el suelo. No las hacen por pasión sino por obligación y no les pagan. Segunda imagen es exacto lo que dices de Chillida. También se puede ver como un túmulo espacial. Homenaje a 2001 de Kubrick. Ahí está el monolito o el señor con la cama. La primera foto … es una foto griega. Hércules o un héroe .. sabe que va aperder pero continúa jugando. Sísifo y la rueda.

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