El libro de Job

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Hoy debo reconocer que entiendo perfectamente lo que experimentaron (una sensación de orfandad enorme, un pinchazo inexplicable y profundo en el corazón) los argentinos el día que Diego Maradona fue expulsado por doping del Mundial 94. El astro bonaerense declaró que le habían cortado las piernas y, al momento, como un acto reflejo, todos sus compatriotas palparon las suyas para comprobar si se encontraban allí. Ninguno por cierto las tenía. Tal era el dolor que sentían de haber sido apartados de un Mundial en el que presentaban una selección de ensueño (Redondo, Simeone, Batistuta) y experimentada (Ruggeri mandando en el centro de la defensa) dirigida por un estelar Diego dispuesto a morder. Vengarse de la derrota contra Alemania en el Mundial 90 y quienes lo consideraban acabado. No pudo ser.

También hoy comprendo lo que los fans de Roger Federer experimentaron cuando fue derrotado en el patio de su casa (Wimbledon) por Nadal. Muchos observaban al mallorquín alzando el trofeo con estupor. Incrédulos tanto del espectáculo recién contemplado como de quien había salido vencedor. Como probablemente debieron sentirse los troyanos cuando vieron a los aqueos caminar libremente y con las armas en ristre por su ciudad. El tenista suizo no tardó en derrumbarse. En el vestuario lloró a lágrima viva. Como si hubiera perdido un hijo. Lágrimas que también se le escaparon meses después en Australia en uno de los momentos más emocionantes e intensos de la historia del deporte. «Esto me está matando», alcanzó a pronunciar antes de romperse ante una multitud que lo adoraba y deseaba verlo triunfante. ¡Brutal!

Tirando de tópicos, (en este caso concreto de una canción de Sabina), diré que un domingo en el que se juega la final de Roland Garros sin Nadal es como ser un torero y vivir al otro lado del telón de acero. ¡Un horror! Pero aún más, saber que quien estará en la final será Djokovic. Un jugador que admiro. Siempre me fascinó. Cuando aún no había estallado, era candidato diario a que le dedicara un avería. Amaba su sentido del humor, su sentido competitivo, su noción del espectáculo. Donde muchos veían un payaso, yo veía un crack. Alguien sobrado técnicamente y con suficiente desparpajo para reírse de sí mismo y poner patas arriba el circuito. ¡Era cuestión de tiempo que lo hiciera! Pero obviamente, no puedo alegrarme de sus victorias porque cada una de ellas es un dardo contra Nadal. De hecho, lo doloroso de su confrontación en las recientes semifinales radica en que no estaba en juego únicamente un Grand Slam sino la historia.

Hace tiempo que ambos luchan por ser el mejor jugador de todos los tiempos. Y este partido era esencial para que Nadal mantuviera sus posibilidades intactas. En realidad, Rafa dio señales sino preocupantes, sí un tanto titubeantes durante su gira en tierra. Los dos títulos que ganó (Barcelona y Roma) los levantó después de atravesar serias crisis. En más de una ocasión, estuvo contra las cuerdas. Con match-ball en contra. Certificando que su derrota con Rublev en Montecarlo no fue una casualidad ni la que tuvo contra Zverev en Madrid. Con este último dejó escapar una pequeña ventaja a su favor. Algo inusual para el Nadal matador. Tanto como haber sido eliminado de cuartos de Australia por Tsisipás meses atrás después de haber ganado los dos primeros sets. ¡Un imposible en tiempos no tan lejanos!

Así que, inquieto, realicé un seguimiento de todos sus partidos a lo largo de Roland Garros. Algo en su juego me hacía desconfiar un poco. De hecho, me puse nervioso en varios momentos de sus encuentros con Sinner y Schwartzman. Por primera vez, vislumbré que Nadal no estaba al cien por cien. (De hecho, en muchas ocasiones, percibí detalles que dejaban traslucir el peso y paso de los años; sus 35) Tal vez al ochenta. Suficiente para ganar Roland Garros en caso de no encontrarse con Djokovic a un nivel de cien. Que fue lo que ocurrió. Si el serbio hubiera estado al 80, no hubiera habido partido. Y al 90, tal vez nos hubiéramos ido a los cinco sets. Pero realmente, estuvo celeste. Se pareció al de su mejor época. Un prodigio de elasticidad y resistencia física. Una roca mental. Y acabó imponiéndose en un partido que no llegó al nivel (ni de lejos) al de su final en Australia en 2012. Pero probablemente tuvo más tensión porque, repito, más que un Grand Slam, estaban en juego muchos puntos para el título de mejor tenista de la historia. Muchísimos. Más teniendo en cuenta que, debido a su edad, tengo dudas de si Nadal volverá a subir otra marcha. Cuando perdió con Soderling, no me preocupé. Para mí no fue más que una anécdota. Durante su travesía del desierto de hace unos años, tampoco. Sabía que volvería con fuerzas renovadas. Pero ahora si bien tengo claro que va a seguir compitiendo a un nivel alto y que aspira a ganar al menos un Roland Garros más, tengo mis dudas de que podamos ver de nuevo su mejor versión. No digo que no porque Nadal es el Hércules del tenis. Ama los desafíos y el trabajo. De hecho, probablemente lo consiga. Pero mientras tanto, tal vez Djokovic sume unos cuantos Grand Slams más. Y eso desde luego duele. Y mucho.

¿Por qué? Es difícil de explicar. Para empezar porque Rafa es español. Es de los nuestros. En una ocasión estuve cerca de la frontera serbia y allí hacía mucho frío. Estoy seguro de que no sirven los calamares a la romana como aquí y que en pocos restaurantes son capaces de hacer una paella en condiciones. Y no digo ya una tortilla de patatas. Fuera de bromas, los partidos de Nadal desde hace mucho tiempo, no son deporte. Son filosofía. Rafa es la constancia. El esfuerzo. Es la manifestación más evidente de adonde puede llegar un ser humano si aprovecha los dones que le concedió Dios. Si cada segundo de su vida es un motivo de crecimiento y de agradecimiento y no de queja. Nadal es un espejo en el que mirarse. Muchos de nosotros, cuando éramos niños tal vez y no sabíamos nada de él, soñamos con ser alguien parecido. Máquinas competitivas pero respetuosas, conscientes de que nuestro peor enemigo se encuentra en nuestro interior y de que cada punto, volea o saque es una excusa para lograr un puesto en el paraíso. Sin embargo, Djokovic es un ganador. Es un deportista. Alguien que desea imponerse a los demás. No compite ante Dios sino ante los ojos de la historia. Posee una impulsividad que lo humaniza. Sus nervios a veces lo hacen desagradable. Djokovic es alguien que lucha contra el mundo. Nadal contra sí mismo. En homenaje a Dios. Y por eso duele tanto su derrota. Porque Rafa es el Job del tenis moderno. Alguien que honra al creador con cada gesto, declaración y esfuerzo. Sigue los mandamientos a rajatabla. Y cuando es derrotado (no importan las razones), los que lo seguimos, no podemos más que mirar a los cielos y preguntar (sin encontrar respuesta) por qué ha sucedido aquello. Más cuando sabemos que deja siempre hasta la última gota de sudor y que cuando lo pierde, lo hace con absoluta dignidad. Como un samurái que se niega a dar un solo grito aunque sus enemigos lo estén atravesando con varias espadas. Shalam

بدون معاناة لا توجد سعادة

Sin sufrimiento no hay felicidad

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…..su maquinaria publicitaria (bien pagada) es demasiado insultante para mi…..35 años son demasiados para ese deporte a nivel top…ademas es de «la caverna» blanca…jajajjj….
    2ºimagen:….»la juventud»……p.sorrentino…2015….
    3ºimagen:…..»a lagrima viva»…..me cae bien….
    4ºimagen:…..22 años vs 35 años…….el perejil que mata a los conejos de «la union»(la ciudad)……remate total…..
    5ºimagen:..22 años vs 34 años….hubiera preferido que ganara «la juventud»(grecia)en «garrosparis»2021……….. ………..cualquiera sabe………….sonrisa…

    • Alejandro Hermosilla on

      1) No me fijo en su máquina publicitaria sino en cómo juega. 2) La sociedad del espectáculo: la fifa haciendo público lo que debería ser privado. Nadie va a buscar a un dopado al campo. Se lo espera en vestuarios. 3) Grandeza heroica. 4) Grecia contra Esparta. 5) El asesino serial del tenis.

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