El nibelungo

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Cuando el mundo en su conjunto conoció a Bernd Schuster durante la Eurocopa del 80, parecía imposible frenarle. Aquel rubio atlético y alto, con aspecto de vikingo normando, realmente maravilló en aquel torneo. Era polivalente, poseía una técnica exquisita, un dribling avasallador y no había que ser muy observador para suponer que la gloria le estaba reservada en exclusividad. Razón por la que, más de una década después, cuando se retiró, hubo cierta sensación agridulce. La sensación de que habiendo alcanzado mucho, se quedó a demasiados metros de lo que podía haber sido. De hecho, simplemente con que hubiera guardado silencio y obedecido órdenes en ciertos momentos de su carrera, estaríamos hablando de un palmarés impresionante, aunque el mundo de fútbol era muy distinto al de ahora. Los años ochenta eran tiempos donde las rencillas en el campo se resolvían por cojones, a golpe de insultos o patadas, y existía demasiada indisciplina y relajación. Los jugadores no eran todavía máquinas sino salvajes, niños grandes disfrutando de su pasión favorita, dinero y mujeres. Y Schuster poseía un carácter demasiado atípico para conseguir mantenerse templado ante tanta adrenalina y tentaciones. Pues no era un alemán frío sino de sangre caliente. Parecía más visceral que un andaluz y -lo nunca visto en un germano- disfrutar desafiando reglas y normas. Confrontando a la autoridad. De hecho, se le percibía en el rostro que además de tímido, poesía un carácter explosivo, y que había ciertos demonios incontrolables pugnando en su interior. Características que lo convirtieron en un jugador y sobre todo, un hombre tan carismático como enigmático y contradictorio. Un rebelde. Un guerrero arisco. Un caballero medieval anárquico e individualista capaz sin embargo de leer el juego colectivo con deslumbrante facilidad.

Realmente, la carrera de Schuster en el fútbol profesional parece la de un héroe mítico. Un soldado exiliado, vencido y redimido en decenas de ocasiones a quien eso sí, no había un compañero o rival que no respetase porque, como futbolista, desde luego, era un portento. Tenía un guante en el pie y su visión de juego era de novela. Mágica. Era capaz de dar pases de una precisión asombrosa a larga distancia, consiguiendo hacer de cada saque de esquina o falta un medio gol, como si hubiera sido tocado por una bruja al nacer. Y de hecho, fue su enorme calidad, la precisión diabólica que existía entre su cabeza y sus pies, lo que le permitió jugar al fútbol andando durante años. Lesionado por Andoni Goicoetxea en 1981, se vio imposibilitado a correr con la velocidad de antaño pero lo disimuló perfectamente. Su capacidad de vislumbrar pases entre marañas de jugadores, su hábil control del balón y una notable capacidad de colocación, le permitieron seguir sobresaliendo en el fútbol de más alto nivel. Ser el comodín imprescindible en el que se apoyaban sus compañeros. Pues si bien su posición natural con el tiempo acabó siendo la de mediocentro, podía dejarse caer sorpresivamente en la zona de extremos o arrancar una jugada como líbero con suma facilidad. Imprimiendo siempre sobriedad, tranquilidad o si era necesario, verticalidad a las jugadas. Tranquilidad, suavidad y pasión.

Desde los inicios de su carrera, se vislumbró con claridad que Schuster era alguien diferente. Venía de conseguir con el Colonia un doblete histórico -liga y copa alemanas- y en la Eurocopa de 1980 deslumbró por su capacidad de desborde y lectura de juego. Más de uno vio en él el heredero de Beckenbauer y, tras su exhibición con su selección, es un lugar común en el periodismo, considerar que si Schuster hubiera podido acudir al Mundial 82, Alemania no habría sucumbido con Italia en la final. Algo sobre lo que tengo mis dudas porque tras vencer a Brasil, Italia caminaba embalada hacia el título y el excelso, angustioso y épico partido de Semifinales contra Francia, había dejado exhaustos a los alemanes. De hecho, conociendo a los transalpinos, estoy seguro de que hubieran preparado toda una serie de trampas y ayudas defensivas para desesperar al nibelungo. Pero es cierto que Schuster era un jugador que con su mera presencia organizaba a un equipo, daba sentido al juego y por supuesto, la infatigable Alemania de los 80 hubiera sido aún más temible con él en el campo.

Haciendo honor a su difícil carácter, la primera de las grandes decisiones de Schuster fue absolutamente contracultural pero, eso sí, no equivocada. A principios de los 80, la liga alemana poseía probablemente más prestigio que la española pero decidió aventurarse en la península ibérica y probablemente actuó bien. Su fichaje fue vendido con letras de oro, pues con su presencia, el F.C.Barcelona parecía estar llamado a marcar una época, aunque no obstante, muchos en su país no pudieron entenderle y se comenzó a acrecentar su fama de inmaduro, caprichoso y conflictivo. Lo que tal vez influyó en otra decisión de la que, en este caso sí, se arrepentiría toda su vida. No es difícil intuir que a Schuster, una especie de titán germánico con tendencia al ensimismamiento, no debieron gustarle las críticas llegadas de su país por su marcha al Barcelona y que, al mismo tiempo, no pocos conocidos debieron repetirle insistentemente que con él, Alemania tendría otro Mundial más: el del 82. Muy consciente de su talento, con sus bolsillos llenos de dinero y convertido en un ídolo en Barcelona, probablemente se sintió más allá del bien y del mal, y renunció a un amistoso con su selección debido al nacimiento de su tercer hijo. Un hecho que fue considerado sumamente grave en su país, provocando que nunca más vistiera la camiseta alemana. Un golpe, sí, absolutamente fatal, demoledor que todavía, estoy seguro, que siente en sus entrañas. Pues no sólo hizo que entre remordimientos, depresiones y lamentos se viera obligado a ver desde el salón de su casa, la derrota de su selección en la final del Mundial 86 y su triunfo en el Mundial 90, sino que también le cerró para siempre la puerta de un trofeo para el que había nacido: el Balón de Oro.

No resulta fácil explicar los motivos por los que Schuster no consiguió un sin fin de títulos con el F. C. Barcelona a las nuevas generaciones. Más aún, teniendo compañeros transitorios en el club como Diego Armando Maradona. Debemos aludir para ello, entiendo, a una serie de circunstancias. Para empezar, el club al que llegó Schuster no era la máquina perfectamente ensamblada de jugar al fútbol de los últimos años. Cruyff había dejado su perfume de ganador pero todavía no había impuesto su sello y estilo. Existían innumerables urgencias históricas. Al odio contra Franco y el Madrid, se unía la necesidad y también la ilusión de ganar al fin la primera copa de Europa con la recién inaugurada democracia. El caos ibérico y ciertos complejos de eterno segundón se mezclaban con enormes cantidades de dinero procedentes de una clase burguesa sumamente orgullosa y altiva. Y en más de una ocasión, los deseos de establecer una estructura de club seria chocaban contra la mentalidad latina. El desparpajo y el vicio.

El F.C. Barcelona no era por tanto un edificio sólido. Todavía estaba en construcción y sus cimientos podían ser removidos con cierta facilidad. Una liga que estaba en las manos del equipo se perdió por ejemplo debido al secuestro de Enrique Castro Quini. El mismo Schuster insistío en no jugar ciertos partidos porque no se encontraban anímicamente en condiciones de afrontarlos. Por entonces, los defensas tenían carta libre para golpear a su antojo, y la lesión que sufrió, le obligó a perderse gran parte de otra temporada además del Mundial 82. Un gran golpe moral. Además, los campos de fútbol no eran la lona de billar perfectamente lisa que son ahora. Muchos eran un cenagal de barro y césped roto, que perjudicaban a los jugadores técnicos. Lo que permitió por ejemplo que equipos como el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad tuvieran un pequeño margen para imponerse al resto. Entre sanciones por su carácter iconoclasta y lesiones, Maradona se perdió un sin fin de partidos que no le permitieron engrasarse del todo con el resto del equipo. Y a veces, a Schuster y sus compañeros les bastaba con no salir lesionados de los partidos para sentirse satisfechos.

Ocurría también que muchos de aquellos jugadores se sentían dioses elegidos e intentaban manejar el timón del equipo por encima de los entrenadores, rompiendo de tanto en tanto, la disciplina. Asimismo, la droga  y el alcohol -a veces incluso el tabaco- circulaban por los banquillos y parece evidente que el carácter latino terminó de hacer mella en un Schuster que no pudo ni quiso muchas veces trabajar al máximo, y poco a poco fue interiorizando y profundizando su carácter de divo o futbolista especial. Famosos desde luego fueron sus conflictos con cada entrenador con el que convivió. Un sin fin de osados desplantes que no obstante, tras la salida de Maradona hacia el Nápoles, y la conquista de la Liga en 1985 con Terry Venables, parecían haberse resuelto o al menos haberse sepultado momentáneamente. Y sin embargo, estallaron en el peor momento. Realmente, los forcejeos anímicos y luchas de poder entre el entrenador inglés y Schuster habían sido continuos desde su llegada. Y no se sabe si por su escaso rendimiento o para castigarlo personalmente, Venables decidió sustituir a Schuster durante la final de la Copa de Europa contra el Steaua de Bucarest. Ni corto ni perezoso, el jugador alemán se cambió de ropa y en vez de volver al banquillo a seguir el partido con sus compañeros, agarró un taxi y vivió la traumática derrota de su club en el hotel. El presidente, José Luis Núñez, decidió apartarlo de la disciplina del equipo el día después, y estuvo un año sin jugar, durante el cual meditó muy bien cómo devolver el golpe. Y desde luego que si su intención era hacer daño, lo consiguió. Ya que, tras reaparecer conquistando la tercera de las Copas del Rey que obtuvo con el Barcelona, anunció su fichaje por el Real Madrid, demostrando que como así había sido desde siempre, era imprevisible e intratable. Un guerrero vengativo inclasificable que parecía no tener más ejército y amo que su propio corazón.

Obviamente, Schuster encajó perfectamente en aquel Madrid de la Quinta del Buitre. Apenas tuvo que hacer esfuerzos para acoplarse con un conjunto que era pura alegría y talento. Casi andando, con el mero hecho de levantar la cabeza y dosificándose, aportó lo que necesitaba aquel equipo para convertirse en un increíble mecano. Pues ese Madrid bordó el fútbol. Cualquier aficionado sabía que aquello que los jugadores blancos hacían en el campo era lo más parecido a una faena taurina o un lienzo de Solana. Pura exquisitez ibérica. El jardín de las delicias del fútbol español de aquella época. Schuster parecía llamado a pasar a la historia dorada del madridismo, pero si no lo hizo fue porque el destino le hizo enfrentarse en dos años consecutivos contra el más grande monstruo táctico conocido hasta el momento: el Milan de Arrigo Sacchi. A Schuster se le había fichado para levantar la Copa de Europa pero contra aquellos guerreros muy poco pudo hacer. El Madrid nunca tuvo una sola oportunidad de ganar esos enfrentamientos. Estuvo noqueado desde el primer momento. Míchel pensó en la retirada tras el último de esos cuatro terribles partidos en que a Butragueño se lo vio impotente, casi un juvenil jugando contra hombres, a Sanchís desbordado y a Schuster absolutamente ahogado. Tras aquella decepción, el vikingo debió comprender que había pasado su momento, eligió jugar a su aire (algo no muy difícil en aquel Madrid que se paseaba en góndola por la liga española) y dos o tres de sus tradicionales desaires provocaron que se enfrentara con el presidente Ramón Mendoza y su marcha del club. A la que el vikingo respondió con otro de sus míticos golpes de efecto, temibles mazazos en la cabeza de sus enemigos:  fichando por el Atlético de Madrid; el tradicional rival del Real Madrid.

Siendo sinceros, Bernd Schuster simplemente se dejó ir en aquel club presidido por aquel entonces por el Calígula de la construcción española, Jesús Gil. Pero su inmensa calidad le fue suficiente para conferirle a aquel irregular equipo, calidad y talante agresivos. Imponerle un carácter ganador. Por lo que, sin sentirse demasiado presionado a pesar de haber llegado a un club en constante ebullición, se dedicó a divertirse en lo posible y ganar dinero, dejando destellos de clase a su paso. Consiguiendo conquistar dos copas del Rey.  Una de ellas realmente épica al Madrid, en la que marcó un espectacular gol de falta que ha de encontrarse en los anales de la historia. Una parábola de otro mundo, casi divina, que debió impresionar a los habitantes del Olimpo, y fue su epílogo perfecto como jugador en España. Un regalo al mundo del fútbol cuyo noviazgo concluyó, jugando dignamente durante varios años en su país con el Bayern Leverkusen y ya en total decadencia, arrastrándose (¿llegó a debutar?) por los terrenos de juego mexicanos. Dejando en la retina la imagen de un jugador excelso, de esos que se caen de niños en la marmita del fútbol y parecen tener poderes sobrenaturales en los pies, que de haberse vencido a sí mismo, hubiera conquistado el mundo varias veces. Hubiera convertido su carrera en una matanza sangrienta de rivales entre los que hubiera avanzado resplandeciente, como uno de esos imbatibles héroes de Novalis. Y sin embargo, dejó la imagen de un héroe, sí, superlativo pero humano, demasiado humano. Hagen y Sigfrido a la vez. Shalam

إِنَّ لِلْحِيطَانِ آذَانًا

Suelen hacer falta tres semanas para preparar un discurso improvisado

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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