El portero

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Un portero es alguien paciente. Que sabe esperar. Aguardar. Los porteros están solos y no suelen fingir. No acostumbran a disimular. Porque el puesto que ocupan les obliga a convivir con la verdad. Paco Buyo simuló en una ocasión haber sido golpeado por un jugador del Atlético Madrid y ha quedado marcado para siempre por aquella treta que se recuerda mucho más que sus habituales acrobacias. Los porteros -quieran o no- están obligados por su puesto a ser hombres de verdad. De palabra. De pocos pero probados hechos. Pero, igualmente, se encuentran forzados a convivir de manera extrema con el fracaso y el triunfo. Y por ello acostumbran a tener un carácter especial. Pues además, no se los valora tanto por sus aciertos como por su capacidad de transmitir seguridad y, sobre todo, no fallar. Un buen portero, por consiguiente, no es tanto alguien que detiene el balón en cualquier circunstancia sino que prácticamente no comete errores. Y, en este sentido, su seguridad no es tanto su atributo como su deber. Su trabajo. Calmar al resto del equipo o bien con una intervención o bien con una mirada. El portero, sí, es un psicólogo activo del resto de sus compañeros que, no obstante, no tiene redes anímicas detrás que lo sostengan cuando se equivoca. Es el último hombre del equipo y también el primero. Y por ello son quienes menos excusas suelen poner y menos escudos tienen para defenderse al final de los partidos. Porque acostumbran a salir retratados en la foto. Y no tienen apenas chivos expiatorios a los que culpar. Razón por la que la gran mayoría suelen medir bastante sus palabras y gustan de colocarse en un discreto segundo plano tras los partidos.

En cierto sentido, los porteros son el entrenador en el campo. O más bien, el psicólogo. Pero no un psicólogo plácidamente sentado sino en riesgo. En peligro. Un señor que vive con el miedo perenne a ser traspasado, rebasado. Lo que indudablemente, ha de afectarlos de algún modo e imprimirles carácter, al diferenciarlos ampliamente del resto de jugadores. En realidad, son de los escasos deportistas que cuanto menos intervienen, más felices se encuentran. Más tranquilos y a salvo. Por lo que adoran pasar desapercibidos. Quisieran fichar y con las mismas, irse. Su puesto es, en esencia, muy sencillo. Sus funciones muy simples. Pero, en el fondo, se encuentra lleno de contradicciones. Porque más que futbolistas son gimnastas. Y, a pesar de poder agarrar el balón con las manos y, por tanto, tener supuestamente ventaja sobre los delanteros, ciertamente ocupan el puesto más débil. Acostumbran a estar en desventaja. Y aunque -como acabo de decir- pasar inadvertidos es su gran objetivo, sólo son realmente valorados cuando intervienen. Hacen una gran parada. O ejercen de salvadores. De hecho, están destinados a ser héroes o villanos. Sin prácticamente término medio. Y en eso se parecen mucho a los árbitros. Pues no importa todo lo que hayan hecho bien durante un partido o su entera trayectoria, que un solo error -como saben muy bien Arconada o Karius entre otros muchos- puede condenarlos para siempre. Un delantero cuando yerra una oportunidad -a no ser que sea en una final de un Mundial- sabe íntimamente que pronto tendrá otra oportunidad. Que es cuestión de esperar que su momento llegue de vuelta. Pero el portero sabe que ya no tendrá ninguna más cuando comete un fallo. Pues aunque sea capaz de obstaculizar cientos de ocasiones, el recuerdo del gol que no pudo frenar por su impericia le perseguirá durante varios días (y a veces incluso años y décadas) allí donde vaya. Destacará sobre el resto de las jugadas que pueda protagonizar.

Un portero es, en cierto sentido, un condenado a muerte. Un chivo expiatorio. Vive con la certeza de que, antes o después, tendrá que recoger el balón de entre las redes. De que está sentenciado antes de entrar al campo. Vive con una soga atada al cuello. Con una cicatriz.  El resto de jugadores tiene objetivos pero el portero, la seguridad de que un día u otro llegará su castigo. Y si su error ha sido muy grave ni la más eficaz y bella de las paradas le permitirá enmendarlo. Por lo que suelen ser gente recia y grave. Y tienen fama de fuertes. Porque probablemente, su posición es la que más valentía y determinación exige. Y también, algo de locura. Pues, en cierto sentido, viven alargando su sufrimiento y sus probabilidades de fracasar son muchas más que las de triunfar. Motivo por el que creo, sin dudas, que su puesto es el más humano y el más absurdo. Una demostración de que el oficio de hombre nos aboca a encontrarnos siempre en el alambre. Y por lo general, mucho más cerca de la tragedia que de las mieles del éxito. Shalam

إِذَا عَمَّتِ الْمُصِيبَةُ هَانَتْ

El ser humano no puede vivir donde las flores degeneran

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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