Hooligans

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Aunque visto el rápido curso de los acontecimientos, pareciera que el anuncio de la Superliga se produjo hace un siglo y probablemente haya quienes piensen que fue un mal sueño, el proyecto fue una amenaza real para el status quo del fútbol actual durante al menos 48 horas. Más allá del revuelo que la noticia causó, me llama la atención que muchos periodistas se preguntaran por qué la afición inglesa se echó a la calle y la española fue completamente pasiva y aceptó (aparentemente) con absoluta sumisión la noticia de la implantación del nuevo torneo y posteriormente, la de su fracaso. En realidad, sí hubo debates encarnizados, pero siempre en los platós de televisión y redes sociales. Al contrario que en Inglaterra, donde los fans del fútbol sí se manifestaron en las calles e hicieron escuchar su voz. Algo que yo en parte (sólo en parte) achaco a la cultura política de uno u otro país.

Intentaré explicarme sabiendo que me meto en un charco que no domino completamente y que mi hipótesis puede encontrarse equivocada. De hecho, soy consciente de que influyeron unos cuantos factores más en los que no deseo centrarme hoy.

Como sabemos, en España se pasó de la dictadura de Franco a una dictadura de partidos. Ahora no vivimos gobernados por un dictador sino por una oligocracia: los jefes de los partidos políticos. Estamos sometidos por el estado de Partidos perfectamente definido por Gerhard Leibholz. Un sistema impulsado por la diplomacia norteamericana que probablemente tuvo su razón de ser tras la Segunda Guerra Mundial pero hace mucho que perdió su sentido para el pueblo europeo, en el que lo que prima es  la identificación y no la representación.

Votamos al partido político con cuyas ideas más nos identificamos. Motivo por el que los políticos en época de elecciones lanzan consignas y promesas de todo tipo para intentar seducirnos, pero luego si no las cumplen, no tenemos poder para echarlos como sí ocurriría si tuviéramos diputados de distrito y representación política. Al fin y al cabo, el político que señalamos con una cruz en las papeletas puede ser quitado a voluntad del jefe de su partido. No de la voluntad del pueblo. Otra prueba clara de que el poder no lo tenemos nosotros sino los políticos. Por tanto, en las elecciones no elegimos. Votamos, sí, (algo que se hace también en regímenes autoritarios y militares) pero no elegimos. Porque no tenemos representantes sino candidatos con los que nos identificamos más o menos. Una característica consustancial al estado de partidos. Un sistema donde son los ciudadanos los que están a expensas (y temen) al poder y no al revés. Un hecho al que hay que unir otro agravante en el caso de España (y otros tantos países europeos): la inexistencia de la separación de poderes.

En esencia, por tanto, seguimos estando en un país autoritario. Simbólicamente, Franco no ha muerto sino que se ha multiplicado y disgregado en 17 comunidades autónomas y unos cuantos caudillos políticos cuya voluntad es la que hace mover el dedo de cada uno de los diputados que participan en la farsa del Congreso. El único poder por tanto del que disponemos es un arma de doble filo que generalmente se acaba volviendo contra nosotros: un voto de castigo contra el político corrupto o mentiroso que viene a ser un grito de impotencia que favorece al estado de partidos porque como el sistema continúa siendo el mismo, volveremos a estar en manos del jefe de la nueva facción que gobierne. Así, pueden ir alternándose varios presidentes (un hecho que da la imagen de pluralidad) que, en el fondo, nada cambiará: seguiremos en las manos de los políticos. Lo que provoca -queramos o no- una ciudadanía átona y desnortada. Incapacitada para hacer escuchar su voz. Que lógicamente no protestará -a no ser que se vea entre la espada y la pared- y asumirá dócilmente cualquier decisión de los poderosos. No tanto por una sumisión congénita sino por el sentimiento arraigado, cierto, real de impotencia. La imposibilidad de llevar a cabo su voluntad comprobada diariamente en todo tipo de detalles.

Por el contrario, en Inglaterra sí que existe la representación. Los ciudadanos de cualquier distrito pueden comunicarse con su diputado y exponerle sus problemas. Y si su representante no cumple, tienen maneras de echarlo sin esperar a las elecciones. El diputado se debe al pueblo y no al jefe del partido. Lo que provoca otro tipo de cultura en la ciudadanía que está acostumbrada a que se le tenga en cuenta y escuche y se le haga caso. Y de no ser así, se sentirá ofendida en lo más íntimo de su ser y saldrá a pedir explicaciones y exigir medidas. Así que puedo entender perfectamente que miles de hinchas ingleses salieran a las calles a hacer escuchar su voz. Según su cultura política, debían ser escuchados sí o sí y su acción estaba destinada a dar resultados aunque posiblemente, teniendo en cuenta que los clubes son entidades privadas, legalmente no tenía posibilidad de prosperar. No importa. Ellos fueron a las inmediaciones de los estadios e hicieron escuchar su voz.

Algo impensable en España a pesar de que precisamente el F.C.Barcelona y el Real Madrid pertenecen a los socios. Porque nosotros tenemos metido a fuego (y es lógico que lo tengamos tras cuarenta años de dictadura de Franco y otros tantos de estado de partidos) que no merece la pena gastar energías ya que no conseguiremos quebrar la mano del poderoso. Su voluntad.

Ok. Si el club de nuestros amores está a punto de desaparecer, si es cuestión de vida o muerte, ahí sí no nos quedará otra. Saldremos, protestaremos. Pero mientras tengamos un techo y un plato de comida, lo más que haremos será discutir en algún foro o un bar como posesos. Un hecho indicativo de que el pueblo español no tiene poder. Si lo tuviera, ejecutaríamos los mecanismos indicados para llevar a cabo nuestra voluntad y gritaríamos y discutiríamos mucho menos de lo que normalmente lo hacemos. Shalam

ما تفعله يتحدث بصوت عالٍ لدرجة أنني لا أستطيع سماع ما تقوله

Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…..en esos cartones en otros años se escribia «a paris» y tan contentos(dedo)…………..
    2ºimagen:…..demasiado desprestigio para montar una tienda………….
    3ºimagen:…..marinerillo vii….jajajj….
    4ºimagen:…..si juntamos todo el serrin que tienen en la cabeza todos estos podriamos limpiar durante un año los aseos de cualquier instituto de enseñanza secundaria…………….
    PD:….este otro himno tambien viene bien….https://www.youtube.com/watch?v=Pfq07AY-UuI…all the young dudes……….bowie…………

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Podría también poner en los carteles. ¡Queremos que vuelva Juego de tronos! ¡Otra temporada más! 2) Un círculo del infierno. 3) La imagen del piloto derecho es muy Quino. Y un poco de Ibáñez. 4) Las invasiones bárbaras. PD: maravillosa esa canción. Un clásico imperdurable.

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