Jurgen el vengativo

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Pocas finales de Champions se recuerdan tan tediosas como la del pasado sábado entre el Liverpool y el Tottenham. Uno de esos partidos que hacen honor al dicho de que las finales no se juegan sino que se ganan. Esta en concreto se acabó en el minuto 1 desde el penalti marcado por Salah. Lo demás, fue un bochorno. Una aburrida insolación. Una siesta interminable. Básicamente, porque desde el mismo momento en que los reds se pusieron con ventaja, se dibujó el escenario perfecto para la venganza de Klopp. Un técnico que ha convertido a sus equipos en arrolladores submarinos. Aguerridos ejércitos a los que les da igual luchar en las trincheras, subirse a un tanque o lanzarse en paracaídas para acabar con los adversarios. Pero que sin embargo, había sido ridiculizado y recibido vituperios de todo tipo en las semanas anteriores por no haber conquistado aún un título con el equipo inglés y haber perdido previamente dos finales de Champions.

A medida que su Liverpool jugaba mejor e iba pasando rondas, se decían más y más barbaridades sobre Klopp. No se valoraba ni la intensidad y energía que transmiten sus jugadores, la ingente cantidad de puntos lograda en la Premier ni el que haya vuelto a dotar de identidad a un club sumido en una depresión durante casi diez años. Para muchas leyendas del Liverpool y analistas internacionales, Klopp era un perdedor. Un abanderado de la derrota. Un señor idealista sin temperamento práctico. Ausente de un carácter matador. Y desde luego, ninguno de ellos se acordaba de sus ligas y copas con el Borussia. En esencia, Klopp no había demostrado absolutamente nada todavía.

Teniendo en cuenta estos comentarios y antecedentes además de lo trascendente del partido, me puedo imaginar perfectamente lo que pasaría por la cabeza de Klopp tras el 1-0. Defenderlo de todas las maneras posibles. Olvidarse de la estética, el punch y el espectáculo y amarrar el resultado. Conquistar de una vez el trofeo mayor. El animal más difícil y escurridizo de la forma en que fuera necesario. Y a eso se dedicó el Liverpool: a ocupar los espacios, correr tras el balón, incomodar al contrario, destruir juego y esperar su oportunidad para rematar el encuentro. Y lo hizo de manera tan descarada que sonó a venganza. A dardo cargado de veneno clavado en el centro del rostro de todos aquellos resultadistas que habían intentado ridiculizar a Jurgen en los últimos meses. De todos los que lo calificaron de pierdefinales tras su derrota con el Madrid en Kiev.

No me cuesta tampoco demasiado adivinar las palabras que recorrerían la mente de Klopp una vez concluido el partido: “¿Esto es lo que queríais? ¿La victoria a cualquier precio por encima del estilo, el juego y el espectáculo? Pues aquí lo tenéis. Pero eso sí, ahora no me vengáis a incomodar con vuestros bostezos y aburrimiento durante el partido. ¿Ahora estáis tristes? No lo puedo creer puesto que os he dado lo que me pedíais. La Champions. La Champions. La Champions.  Por lo que ahora por favor os rogaría que dijerais esta frase bien alta y despacio: KLOPP ES UN GA-NA-DOR”.

No es habitual encontrar técnicos (tampoco personas) que sonrían habitualmente. Klopp es uno de ellos. Un señor trabajador pero intenso y hedonista que parece disfrutar cada momento de la vida. Y estoy convencido de que goza con el sexo, el cine, la música, el arte y hasta con las ruedas de prensa. Klopp es parecido al colega que vislumbra la celebración de una rave donde hay un descampado y otea una obra maestra o un libro superventas en un agreste manuscrito lleno de erratas. Es uno de esos optimistas ciegos que arrasan con todo. Convierten una visita a un hospital en una celebración navideña y podrían poner en aprietos a Sífifo o levantar el ánimo de un suicida. Pero desde el pasado sábado, su risa ya no remite tan sólo a la fiesta vital sino a William Shakespeare. A la secreta carcajada de los hombres vengativos. De los nibelungos homicidas. Porque efectivamente, el partido realizado por el Liverpool fue una máquina de generar bostezos y aniquilar vocaciones futbolísticas a cambio de convertirse en un festejo total y absoluto de la venganza. Un puñal bañado en la sangre de cierta parte del periodismo actual. Shalam

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La calumnia es semejante a una mancha de aceite: deja siempre huellas

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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