La muerte de Cruyff

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Ayer acabó el Mundial de Rusia. O lo que es lo mismo, finalizaron las vacaciones y empezó el verano. ¿Qué poso me ha dejado este Mundial? Es difícil decir, a bote pronto, qué conclusiones y recuerdos me ha dejado. En cierto sentido, para mí este Mundial fue Mundial no tanto por los partidos míticos disputados sino por el aliento e ilusión de los seguidores de las selecciones panameña, colombiana, marroquí e iraní. Es decir; disfruté más por lo que significa el Mundial para las gentes humildes de varios países que por el Mundial en sí mismo. Y por ello, su encanto acabó en la primera fase. Justo, sí, cuando comenzaron los Octavos de final, se desvaneció su magia y comenzó el rigor de la competición. Los deberes de la profesionalidad imponiéndose sobre el espectáculo catártico y la fiesta universal. Básicamente, porque creo que no ha sido un Mundial que haya aportado novedades tácticas. No ha sido una competición donde el fútbol haya crecido o se haya sobredimensionado como deporte. Sí, claro, como producto global pues la organización rusa -según parece- ha sido inmejorable. Pero no como deporte. De hecho, creo que sólo ha habido dos partidos dignos de entrar en la hemeroteca del torneo: Francia-Argentina (4-3) y Bélgica-Brasil (2-1). Y el resto de aspectos que recordaremos no son más que pinceladas, detalles: ciertas cabalgadas de Mbappé, el abatimiento del rodillo alemán, el ímpetu croata, la sorpresa japonesa, las decepciones africanas, el tedio y aburrimiento de la selección española, la absoluta mediocridad argentina, el pundonor ruso y las paradas y pifias de ciertos porteros.

Es decir; este Mundial ha destacado más por sus decepciones que por sus virtudes. Pues, repito, no ha habido ningún equipo que imponga un estilo de juego. Francia ha vencido, es justo ganador pero no ha convencido. A Bélgica le ha faltado un cierto hervor competitivo y Brasil -el equipo más completo en mi opinión- tuvo la suerte en su contra y creo que pagó el karma de tener como referente a Neymar: un descomunal futbolista que, no obstante, genera innumerables odios y animadversión por su egocéntrica actitud. Una forma de ser nociva que creo que ha provocado que los dioses estuvieran en contra de su selección. Una Brasil que sin ser imperial, sí tenía maneras de campeona. Era un equipo muy compacto que mezclaba el rigor táctico y la genialidad con sumo equilibrio y parecía casi una fotocopia de aquella Brasil que reinó en Usa 94 aunque en tonos más ocres y oscuros. Y además, no tenía como bastiones defensivos y organizativos a Mazinho y Mauro Silva.

Por todo ello, para mí, el gran referente del torneo ha sido Johan Cruyff. La persona cuya filosofía futbolística más he echado de menos. De hecho, ha sido en este Mundial cuando creo que el mundo del balompié ha tomado conciencia de lo que ha significado su muerte. Pues los equipos que han tenido mayor posesión de la pelota han protagonizado grandes fracasos. No han sabido rentabilizar su contacto con el balón debido a una deficiente utilización de los espacios y un mediocre y cansino ritmo de juego. En gran medida, sí, ha sido un Mundial donde, por lo general, se han impuesto las defensas a los ataques y el juego estratégico a las genialidades. Y eso es algo contra lo que tanto el maestro -Jany Van der Veen- como el mentor -Rinus Michels- de Cruyff lucharon de todas las maneras posibles, estudiando cómo posicionar a sus jugadores por todas las zonas del campo y encontrando espacios libres donde parecía no haberlos. Trabajando apoyos, desmarques y regates con la misma consistencia con la que se solidificaban barreras y muros defensivos.

Cruyff nos enseñó que era posible divertirse y ganar en el fútbol profesional. Que el fútbol de ataque podía ser tan ácrata, anárquico y pintoresco como un lienzo de Miró y tan organizado y estructurado como un ejército prusiano. Cruyff hizo de la posesión un estilo. Un don. La fórmula ideal para desesperar al contrario y derribar las murallas enemigas. Tal vez porque veía lo que la mayoría de expertos no eran capaces de ver. Era un visionario cuya influencia era tan grande que su muerte ha dejado extenuado al fútbol de ataque. Ha convertido el fútbol de toque en una cansina ruleta y ha devuelto a los extremos y laterales a su simple rol de peones.

Cruyff era un absoluto genio. Cruyff consiguió que el fútbol cambiara. Transformó la victoria en una festiva obligación y los taconazos y driblings en prosaicos complementos parecidos a pases. Tal vez porque no entendía el fútbol como un trabajo sino como un arte. Y, prácticamente, todos los equipos que se han visto obligados a atacar durante el Mundial, lo han hecho rutinariamente. Olvidando la fantasía, la fuerza y los espacios. Que al despliegue técnico y táctico hay que unir la imaginación. Y por eso, muchos estamos de luto hoy. Porque no ha sido hasta este último mes que nos hemos dado cuenta de que Cruyff está muerto. De hecho, este Mundial ha sido un réquiem a su figura cuya antorcha, eso sí, estoy seguro de que, antes o después, se volverá a encender. Algo que, en cierto modo, ya era previsible puesto que Holanda no estaba clasificada para la gran cita y Xavi Hernández -seguramente, el mejor jugador español de la historia- hace años que vive en Quatar.

En cualquier caso, estoy convencido de que bastaría, por ejemplo, que Guardiola ganara al fin otra Champions con uno de sus equipos para que se celebrara un Mundial donde viéramos la alargada sombra del impredecible tulipán elevándose por los campos de juego. Pero, mientras tanto, toca esperar y guardar silencio. Vestirse de luto y llorar por el alma de una persona cuyos destellos imaginativos se impusieron a la lógica. Tanto que creo que es de los pocos jugadores que ha sido capaz de poner su nombre  a un Mundial -Alemania 74- que no ganó y a otro que ni siquiera pudo presenciar en persona: Rusia 2018-. Shalam

إِنَّ الطُّيُورَ عَلَي أَشْكَالِهَا تَقَعُ

         El arte y la libertad se marchitan, pero la naturaleza siempre permanece bella

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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