La Real

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Si existe un equipo mítico para muchos de los niños de los 80 es la Real Sociedad. Tanto es así que en nuestro imaginario personal, los nombres de Satrustegui, López Ufarte, Arconada, Perico Alonso, Celayeta, Zamora, Gajate, Górriz, Larrañaga, Bakero, Uralde o Idígoras poseen la estatura de héroes míticos, conquistadores o guerreros más que de simples jugadores de fútbol. Comparación que por otra parte no es demasiado errada debido a que lo que logró el equipo vasco durante los primeros años 80 fue una gesta gloriosa. Inesperada y épica. De esas que quedarán grabadas para siempre en el libro de oro del fútbol español: ganar dos Ligas, una Supercopa y llegar a unas semifinales de Copa de Europa de las que fueron eliminados tras una enorme batalla y por un gol en fuera de juego. Aunque creo que, ante todo, lo que conquistó el corazón de miles de personas no fueron tan sólo esos triunfos sino la sensación de honestidad y pureza que el equipo desprendía. Puesto que al contrario que el Barcelona, el Madrid y el Atlético, la Real transmitía paz. Algunos de sus jugadores fueron tentados por suculentas ofertas económicas y decidieron permanecer en el club conscientes de que hay cosas bastante más importantes que el dinero y que la entidad a la que pertenecían era en cierto sentido una familia. De que existía un pacto de fidelidad, un yunque de fuego grabado con sangre, entre la hinchada y los jugadores. La ciudad de San Sebastián y los sacrificados y esforzados jugadores. Una leyenda que escribir y cientos de batallas que luchar.

A pesar de ser un club emblema de una ciudad aristocrática y burguesa, aquella Real Sociedad no era nada vistosa. No era un equipo de clase alta ni refinado sino del pueblo en su más alta extensión. Pertenecía en cierto modo al inconsciente colectivo de Guipúzcoa. Era un vino seco y viejo bien elaborado. Un conjunto muy trabajado y esforzado lleno de luchadores de corazón noble y bravío que podían llevar a cabo arriesgadas empresas con naturalidad y dignidad. Una prueba muy evidente de que los vascos son gente resistente y fuerte y que su espíritu aventurero no se ha encontrado nunca reñido con su arraigo y amor a su tierra.

En realidad, aquel grupo de jugadores era muy viril (que no es lo mismo que agresivo). Su corazón parecía haber sido esculpido con ese hierro rojo y lleno de tierra que caracteriza muchas esculturas de Chillida. Aunque, a pesar de tener una vocación defensiva muy acusada, no eran ni broncos ni sucios. Al menos en comparación con los italianos, como demostraron sus dos míticos partidos contra el Inter de Milán en Copa de la UEFA. Ciertamente, había que sudar sangre para ganarles. Eran prácticamente un ejército que recordaba a aquellos marineros que se embarcaron hacia un continente ignoto llamado América siglos atrás. Mentalmente eran muy fuertes y se encontraban muy bien organizados. Arconada no era un portero sino un muro, un valladar, un líder, un leopardo muy difícil de franquear; López Ufarte la figura, el habilidoso jugador lleno de perspicacia y talento al que todos buscaban para dar brillo al ataque; Zamora el lúcido organizador; Satrustegui (o Uralde y a veces Bakero) el rematador, el estilete sin piedad; y el resto de jugadores se dividían entre resistentes fajadores encargados ante todo de destruir el juego y defensas broncos, nobles, fuertes y ariscos que formaban una auténtica muralla y recordaban a esos esforzados “pelotari” que golpean con dureza diariamente los frontones del País Vasco. Y aun así, (probablemente debido a su organización y obstinación) eran capaces de ofrendar buenos partidos. De trenzar jugadas vistosas que no obstante, no eran necesarias para conquistar el alma de sus aficionados y convertir el añorado y viejo Atocha en una caldera emocional. Una llama en combustión continua.

Los éxitos no suelen venir por casualidad. Los de la Real Sociedad no fueron una excepción y se debieron en parte a su técnico: Alberto Ormaetxea. Un hombre muy trabajador y concienzudo que aprendió el oficio durante prácticamente tres décadas a la sombra de tres entrenadores distintos y se distinguía por planificar meticulosamente los entrenamientos (tenía muy en cuenta la importancia de la alimentación y la vida privada del futbolista), proteger a los deportistas de la avalancha mediática y ofrecer un buen ejemplo vital. De hecho, había sido jugador del club, conocía su idiosincrasia, sabía cuáles eran sus valores, cómo defenderlos y en el momento en que no se vio capacitado para mantener el nivel, no dudó en dar un paso al costado sin alzar en ningún momento la voz. Una imagen de sensatez que, unido a la entrega de sus guerreros, además de la simpatía que suelen despertar los conjuntos humildes, provocó oleadas de admiración por el conjunto donostiarra por toda España hasta el punto de que, en cierto modo, se convirtió en el mejor embajador del pueblo vasco para el resto de compatriotas en tiempos en los que el problema de ETA era acuciante y por momentos asfixiante.

Aquella Real Sociedad disputó varios partidos míticos. De esos que pueden hacer que un buen aficionado pase varias horas delante de la televisión sin casi pestañear. Aunque, obviamente, por encima de todos, destacan cuatro. El agónico empate contra el Sporting de Gijón que le dio su primera liga. Su triunfo en el derby vasco que supuso la segunda. El 4 a 0 al Madrid en Atocha en la vuelta de la primera Supercopa. Y la reñida eliminatoria contra el Hamburgo en la Copa de Europa. Dos encuentros a cara de perro que se decidieron por detalles y en los que la Real demostró que se encontraba en condiciones de aspirar a la gloria. De hecho, el Hamburgo tenía más tablas y poseía el gen germánico que tradicionalmente tantos disgustos y pavor producía en medio mundo. Pero la Real nunca le perdió la cara a la confrontación. A cada zarpazo alemán, respondió con otro. A cada arreón, aumentó su gallardía. Multiplicando el coraje, la entrega y los esfuerzos. Por lo que es muy probable que, de no haber ido a Alemania sin cuatro de sus titulares (lesionados) y de haber gozado de un poco más de suerte con el arbitraje, finalmente su rival hubiera acabado mordiendo el polvo ante su despliegue de cabezonería, fortaleza y rigor, tal y como lo habían hecho anteriormente los equipos con mayor presupuesto de la Liga española.

Una de las terribles consecuencias de la ley Bosman es que hoy en día resulta difícil imaginar una gesta como la de la Real Sociedad. Si un equipo se cuela entre la élite suele ser porque sus propietarios disponen de un capital de millones que quita el hipo, y no tanto por la buena organización de sus dirigentes ni la ilusión de un grupo de nobles deportistas. Otro motivo para añorar aún con más fuerza aquel equipo que estoy seguro que, de estar vivo y haberlo visto jugar, hubiera removido las entrañas de Pío Baroja. Quien probablemente hubiera realizado un artículo entroncando su gallardía y osadía con la de antiguos baluartes vascongados y tal vez se hubiera reconciliado en parte con su ciudad de origen de haber podido disfrutar de los goles de Satrustegui, los regates de López Ufarte y las estiradas de Arconada. Shalam

إِنَّمَا أَنْتَ نَعَامَةٌ إِذَا قِيلَ لَهَا احْمِلِي قَالَت: أَنَا طَائِرٌ وَإِذَا قِيلَ لَهَا طِيرِي قَالَتْ: أَنَا بَعِيرٌ

Eres como el avestruz, si se le dice, lleva bultos, contesta, soy un ave. Y cuando se le dice vuela, contesta, soy un camello

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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