La terapia perpetua

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A Messi, generalmente, se lo admira o se lo envidia, pero la selección argentina nos ha enseñado también a tenerle pena. Hace diez años, cuando prácticamente nadie en el fútbol negaba que estábamos ante el nuevo fenómeno del fútbol mundial, me encontré con dos argentinos que desconfiaban de su talento. Me preguntaron casi gritando qué es lo que había hecho ese enanito para que en España lo tratáramos a cuerpo de rey. Y también recuerdo a un taxista acusándolo de pecho frío y de ser más español que argentino.


Estoy hablando, sí, de los años en los que Messi deslumbraba con el Barsa de Guardiola y participaba del fútbol más preciosista que ha existido. Algo que deja muy claro que su país nunca lo ha tenido en mucha estima y únicamente se ha puesto en sus manos y ha comenzado a considerarlo su salvador cuando ya no les quedaba otra opción. Más por puro egoísmo y necesidad de subsistencia que por confraternidad. Porque durante años, ha sido su azote. Casi su verdugo. De hecho, Messi no eligió irse a Europa. No pudo dilucidar tranquilamente cuál era la propuesta mejor para desembarcar en el fútbol europeo porque ningún club de la Argentina fue capaz de pagarle el tratamiento médico para subsanar sus problemas de crecimiento. Pero este hecho, en vez de provocar una meditación a gran escala sobre los males del fútbol argentino en la AFA, concitó una creciente desconfianza hacia él. Un encono e ira mal disimulados. Tal vez debido a que Messi consiguió todo lo que quienes se quedaron en el país sudamericano, no pudieron lograr: dinero, fama y éxito. Messi era el rostro de la responsabilidad y el del triunfo. Y también, el de la humildad. Era demasiado perfecto, demasiado profesional. Dejaba en evidencia al argentino medio. Y pronto, comenzaron a venir mensajes procedentes de todas partes de su país, exigiéndole poner huevos, que fuera un líder, que se familiarizara con los códigos de los vestuarios, que tuviera carácter.

Argentina exigía a Messi todo tipo de virtudes, casi lo imposible, pero no se preocupaba de crearle un ecosistema adecuado para su juego. Le pedía a gritos que sacara la raza pero no lo mejor que sabía hacer: jugar al fútbol. Y obviamente, este comportamiento antes o después, les iba a pasar factura. Pues tanto en las fases finales de las Copas América como en el Mundial de Brasil, Messi no jugó mal pero tampoco lo hizo exactamente bien. En pocas palabras, no estuvo a su nivel. Apenas mostró ráfagas de su genialidad. No se lo veía cómodo. Estaba demasiado presionado. Él que es la viva imagen de la soltura y el desparpajo, tenía miedo a fallar, a perder. Estaba agarrotado. Y harto de tantos sinsabores y críticas desmesuradas, tras la final perdida contra Chile, renunció para siempre al seleccionado argentino. Una decisión sabia como se ha demostrado en este último Mundial. Un torneo en el que estaba totalmente entregado. Tenía la certeza del fracaso. De la derrota. Parecía que le habían sacado la chispa del genio y lo habían condenado a la melancolía. Al diván. Messi, de hecho, no necesitaba un entrenador en este Mundial. Necesitaba un psicólogo. Un tratamiento. Su rostro no era ni tan siquiera el de un perdedor. Era el de un hombre impotente. Un hombre frustrado. Un hombre absorbido por su responsabilidad. Masacrado por la ansiedad de toda una nación. Por los extremos deseos de un pueblo para el que no existen términos medios. O se es el mejor de la historia o un fracasado. O se gana el Mundial o lo que toca es la horca pública. El paredón. El tormento.

En realidad, Messi sí que puede estar contento de algo en este Mundial. De haberse convertido en un argentino más. Pues su periplo por la selección ha sido un triste tango. Un cántico de remordimiento y angustia. Y ya no es ese muchacho risueño y tímido que parecía tocado por la vara de los dioses sino un ser humano lleno de debilidades. Ya no es un héroe sino un ser torturado. Un futbolista que podría retirarse ahora mismo y protagonizar un drama sin excesivos esfuerzos. La tragedia más feroz. Y probablemente, visite como el argentino medio la consulta del psicológo hasta el fin de sus días. Se encuentre condenado a la terapia perpetua. Preguntándose por qué teniéndolo a él, sus compatriotas se empeñaron en seguir rememorando a Diego Armando Maradona y a los viejos hitos del pasado. Cuándo se olvidaron de que para ser feliz es necesario potenciar las virtudes del presente. Shalam

إِذَا عَمَّتِ الْمُصِيبَةُ هَانَتْ

La mejor manera de educar a un niño es tener otro

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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