Mago

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Hay escasos jugadores que trascienden su deporte y desde luego que Zinedine Zidane fue uno de ellos. Uno de los deportistas más carismáticos que recuerdo a pesar de su timidez, su perfil bajo y su carácter templado que sin embargo, de tanto en tanto estallaba en las citas más trascendentes como en la final del Mundial 2006. Un táctico y soporífero partido del que apenas ha quedado una jugada en la memoria colectiva y todos recordamos fundamentalmente por su tremendo, épico cabezazo a Materazzi. Ciertamente, puede que Zizou fuera parco con sus palabras, que nunca concediera un titular gratuito pero en el campo de fútbol, era un espectáculo andante. Un mago  capaz de hacer arte con el balón en sus pies y llevar el fútbol a otra dimensión. Muchas veces, más que correr parecía que bailaba o estaba deslizándose por el campo como si estuviera practicando ballet. Y si sus humildes orígenes (procedía de una familia de emigrantes argelinos) y su obsesión por el fútbol desde su infancia le privaron de una amplia formación cultural, desde luego, no lo parecía. Porque Zidane era la imagen de la elegancia en el campo. Sus pases parecían proceder del más refinado modista parisino, sus regates haber sido diseñados por un pintor clasicista y sus goles poseían un aroma a terciopelo digno de las casas de moda más prestigiosas. Un hecho por otra parte muy curioso, teniendo en cuenta que el físico de Zidane era un tanto peculiar. Si bien vestido con un traje, podía pasar perfectamente por un galán del cine francés, en los terrenos de juego se podía observar que sus piernas se encontraban ligeramente arqueadas (como si tuviera los pies planos o un poco torcidos) provocando cierto desequilibrio entre su tronco inferior y superior. Pero sorprendentemente, esto no provocaba ninguna irregularidad en su manera de conducir el juego o disparar sino que lo hacía más imprevisible. Y según algunos expertos, le permitió desarrollar su técnica hasta límites excelsos, superando a su ídolo Francescoli, del que aprendió que la victoria no estaba reñida con la belleza ni la eficacia con la estética.

La carrera de Zidane no fue meteórica. Puede que en el fútbol hiperconectado de hoy en día, hubiera estado jugando por un club “grande” desde los 20 años. Pero todavía en los años 90 existían ciertos vacíos y pausas, no había entrado en vigor la ley Bosman y se entendía que era bueno que los posibles cracks del futuro fueran formándose y madurando a su ritmo antes de dar el salto definitivo al estrellato. De todas formas, Zidane no era Ronaldo (el brasileño), un portento que a los 18 años ya daba miedo, sino que era un jugador mucho más discreto. Era obvio que poseía una técnica exquisita y un aura diferente con tan sólo verlo tocar el balón pero esto no significaba que entendiera los conceptos del juego y, sobre todo, que pudiera desarrollar sus virtudes a la perfección en el complejo fútbol moderno lleno de laberínticos entramados tácticos. Por lo que el proceso de maduración y aprendizaje como jugador de Zidane fue lento y constante. Algo que a la larga le favoreció. Jugó cuatro años en el AS Cannes, equipo con el que llegó a vivir un descenso y por tanto, pudo experimentar los sinsabores de su profesión, y otros cuatro en el Bordeaux donde poco a poco, fue haciéndose con el equipo y ya se vislumbró el gran jugador que era. Un organizador, un cerebro, un 10 clásico con tendencia a escorarse a los extremos (sobre todo, a la izquierda) que, debido a su disciplina táctica, podía ejercer circunstancialmente varios roles en el centro del campo. Fue precisamente su carácter ordenado y frío, racional, lo que le hizo marcar diferencias con el resto. E hicieron que Francesco Lippi se enamorara de él y lo fichara para su Juventus. Un equipo muy riguroso, tremendamente táctico y trabajado en el que, a pesar de tener ciertas libertades, tuvo que seguir el guión establecido previamente como un soldado. Y en el que encajó a la perfección por su disciplina y rigor, convirtiéndose definitivamente en el crack que todos conocemos. En la Juve, Zidane se hizo un jugador verdaderamente competitivo, capaz de llevar a sus hombros a todo un equipo o más bien, de manejarlo como la seda, aprendió a saborear y valorar las victorias y demostró al mundo que era un superclase. Pues por aquel tiempo, el futbolista que triunfaba en Italia era capaz de hacerlo en todo el mundo.

Puede que el mejor Zidane de su carrera fuera el de sus primeros años en la Juve. Porque estaba en plenitud física y además de dar pases y asistencias de ensueño, defendía y cubría su zona del campo con eficacia. Apenas tenía fisuras y no necesitaba adornarse con virguerías para deslumbrar y mandar en los partidos tal vez no con la contundencia de un killer pero sí con sutileza y mano izquierda. En silencio. Pero no obstante, teniendo en cuenta que Zidane continuaba creciendo, que a pesar de haber disputado finales, se le continuaba resistiendo la Champions y que su triunfo con la selección francesa le había dado al fin el estatuto de futbolista inmortal que merecía, no desestimó la oferta del Real Madrid y se fue a España. Con el Madrid, Zidane se permitió un lujo que hasta entonces no se había dado. Jugar con galones de estrella. Pero de todas maneras, tras severos años de trabajo en la Juve, le costó convertirse en el punto de referencia del Madrid galáctico. Y sólo cuando, tras un período de adaptación, comprendió la naturaleza “abierta” del fútbol español y que sobre todo, se le pedía que brillara, venciera y disfrutara sin complejos, dio lo mejor de sí mismo. Un exorbitante y asombroso carrousell de ruletas, pases de salón, gimnásticos driblings, precisas y alucinantes asistencias y taconazos de otro planeta que ya están inmortalizados para siempre en el museo del fútbol. Y además, marcó un gol contra el Bayern Leverkusen que valió una Champions. Una volea casi imposible de definir por su precisión y belleza que elevó su figura al estatuto de dios. Un señor tocado por las musas sobre el que pronto se produjeron todo tipo de comparaciones con los hasta entonces, cuatro grandes eslabones del deporte rey: Maradona, Pelé, Cruyff y Di Stéfano. Una tetralogía de ángeles del balón a los que miraba de frente un futbolista que continuó de algún modo, manteniendo su perfil bajo y se enamoró para siempre de España y Madrid. Aunque ya nunca volvió a rendir al mismo nivel desde que los delirios megalómanos del presidente Florentino Pérez le llevaron a fichar a David Beckham y a desprenderse de Makelele. Un atleta que cubría las espaldas de los cracks del Madrid, daba equilibrio al juego y contrarrestaba el deterioro físico de un Zidane que fue perdiendo fuelle pero no técnica. Y hasta su retirada, siguió dejando destellos y detalles de clase inverosímiles que certificaban que se trataba de un futbolista mayor y trascendente cuyo único punto débil radicaba en sus muchas expulsiones. Algo bastante comprensible teniendo en cuenta la tensión que soportaba en sus hombros que debido a su timidez, no terminaba de volcar hacia fuera y aparecía en las más inoportunas ocasiones, como la ya mencionada final contra Francia del Mundial 2006.

Obviamente, no es posible juzgar el desempeño de Zidane como futbolista sin mencionar su aportación a la selección francesa. Pues fue con Francia con quien comenzó a tener estatuto de gigante. De hecho, hasta su llegada al Madrid, a Zidane sólo le se había visto totalmente liberado y en calma, fluyendo, con los bleus. Un equipo lleno de impresionantes jugadores que tuvo la inteligencia de armarse a partir de él y compuso toda su estructura táctica para que brillara. Una decisión muy inteligente como el tiempo demostró. Pocas finales por ejemplo se recuerdan en las que la influencia de un solo jugador fuera tan decisiva como aquella que el país galo venció al brasileño en 1998. Zidane no tuvo que dar un recital para reinar aquella tarde. Bastaron tres o cuatro apariciones para dejar el partido sentenciado y la moral de los cariocas agotada. Y desde luego, su presencia fue también decisiva para la conquista de la Eurocopa del 2000 como en el camino hacia la final del Mundial 2006. Algo fácil de intuir con sólo verlo moverse por el campo. Pues como todos los predestinados, Zidane tenía una especie de computadora en su cerebro y un sexto sentido que le hacía estar colocado en el sitio justo en el momento idóneo. Veía las jugadas con antelación, leía los partidos a la perfección y se anticipaba a lo que iba ocurriendo a cada instante, sabiendo el lugar exacto donde colocar los pases y el balón para hacer más daño a sus rivales. Y conquistar definitivamente ese lugar en el Olimpo de los astros del balón del que nadie le podrá bajar jamás. Shalam

ذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

El falso parecido de la buena suerte con el verdadero mérito engaña a la mayoría

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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