Los caballeros

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No importa que haya jugadores que rompan raquetas, griten a los árbitros o incluso simulen masturbaciones que todos estaremos de acuerdo en considerar al tenis un deporte elegante. De hecho, la mayoría de jugadores pasionales o muy físicos suelen encontrar cierta oposición por parte de los periodistas y profesionales para ser totalmente aceptados. Existe una resistencia casi ancestral a la rebeldía y a la indisciplina y cierto rechazo -que con el tiempo ha mutado en condescendencia- a la espontaneidad. Probablemente porque el tenis posee un origen burgués. Casi nobiliario. De hecho, en sus inicios, durante el reinado de Enrique II de Inglaterra, se lo conocía con la denominación de “Royal Tennis” (aunque también con la de “Real Tennis”).

Escribir sobre su nacimiento es, en gran medida, una osadía porque no tenemos casi datos pero intentaré hacerlo, aventurando ciertas hipótesis. En principio, el tenis se disputaba en una pequeña jaula indoor que atraía bastante a las clases populares. Pero, con el tiempo, debido a la destreza y el tiempo libre que se necesitaba para aprender a jugar, el dinero que había que gastar en el mantenimiento de las pistas y los maestros que se requerían para que se encargaran de adiestrar a los deportistas, fue convirtiéndose en patrimonio de las clases altas y ociosas. Transformándose, en cierto modo, en un juego nobiliario. Una distracción con la que condes, duques y reyes o los magantes capitalistas y empresarios se divertían mientras disfrutaban de un manjar o se cortaban las uñas. Por lo que era importante que no cayera en la vulgaridad. Razón por la que los jugadores -que al principio no usaban raquetas sino manos para golpear la pelota- se veían obligados a vestir según rigurosas normas de etiqueta y a comportarse con absoluta corrección. No cuesta excesivo trabajo comparar a esos primeros tenistas con los criados entrenados meticulosamente para servir desde su infancia, los músicos de cámara, los castrati o los cantantes de ópera. Profesionales a los que se les exigía una destreza absoluta en su profesión y en el manejo de su instrumento y que se comportaran públicamente con corrección ejemplar. Siendo lógico, por tanto, que los tenistas se cuidaran mucho de mostrar frustración o excesiva euforia y acostumbraran a permanecer impasibles, más allá de los imprevisibles lances del juego, para no incomodar a sus señores.

Un tenista debía ser un caballero ascético y estoico. Un buen representante de la nobleza. Alguien atlético y un tanto estirado con un fino sentido del humor comprensible tan sólo en círculos sociales restringidos. No debía existir, en realidad, mucha diferencia entre ver a dos tenistas golpeando una pesada pelota que contemplar un concierto para muchos nobles. Porque ambas actividades eran marcas de clase. Símbolos de acomodamiento y prosperidad. Exigían el silencio del público mientras se llevaban a cabo y además, no había contacto físico entre los rivales. De hecho, los tenistas no se jugaban tanto el honor personal cuando competían como el derecho a compartir los méritos que solían atribuirse a los grandes magnates. Disfrutar de la gloria y grandeza de los elegidos por los dioses. Por lo que cualquier muestra de vulgaridad pesaba en su contra. Podía desterrarlos junto a los marginados sociales y los obreros. E intentaban jugar con la mayor agilidad y ligereza posibles. Imitando a bailarines de ballet o ángeles.

Razones que explican por qué -incluso más allá de su juego y títulos- el prototipo de jugador perfecto de tenis es Roger Federer. Alguien que se diría que prácticamente no suda durante los partidos -de hecho, creo que podría utilizar la misma camiseta durante un torneo completo sin necesidad de lavarla- y es capaz de combinar precisión, efectividad y rotundidad con angélica maestría. Un señor apolíneo que convierte cada punto de tenis en un soneto y cada uno de sus partidos en un lienzo renacentista. Un rotundo homenaje al clasicismo deportivo y artístico que luchó con fuerza durante su primera juventud contra su impulsividad y brotes de rabia hasta lograr convertirse en un cálido, discreto y distinguido deportista. La viva imagen de la corrección. El yerno ideal. Un estilista que nunca pasa de moda y parece eterno porque posee el porte de los viejos héroes griegos. Parece más una estatua que un ente real y más un majestuoso símbolo del poder regio y monárquico que un producto del deporte globalizado gestado en las Academias.

En realidad, el triunfo de Roger Federer es casi una victoria de la nobleza. De la estética y reglas impuestas en la Europa Imperial. Pues su estética y pose combina con destreza la marcialidad de un soldado con la jovialidad de espíritu ocioso y refinado que creó al tenis y, aún hoy en día, impone su autoridad sin necesidad en muchos casos de hacerla expresa. Rafael Nadal, por ejemplo, en cuanto llegó al número 1 dejó de lado sus salvajes camisetas sin mangas por un atuendo mucho más discreto y ha soportado innumerables críticas a lo largo de su carrera por sus maneras de gladiador. Ser un prototipo de jugador correoso. El Dionisos de la tierra batida. Una evolución y mutación de la tradicional furia española bastante alejada del modelo de alta costura deportivo encarnado por Federer. Un violinista que convirtió sus reveses y drives en una sinfonía haciendo feliz a los puristas. Todos aquellos que disfrutan del tenis como si fuera un juego platónico y no real. Una ecuación metafórica capaz de desafiar las leyes de la física y devolver este noble deporte a su origen varios siglos atrás. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

Nunca por deseo de paz o tranquilidad repudies tus convicciones

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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