Mito

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El nombre de Fernando Martín se encuentra ligado de manera muy profunda y visceral a la historia del deporte español. Tanto que a veces me pregunto si existió, creo ver su efigie en cada cancha de baloncesto y estoy seguro de que en caso de que hubiera una catástrofe nuclear no sólo sobrevivirían las cucarachas y las hormigas sino una estatua suya apuntando a canasta, cogiendo un rebote o levantando los brazos como el intenso y obstinado campeón que fue.

Ciertamente, ni la sabiduría ni la vejez casan demasiado bien con la mitificación o la idealización. Por eso la mayoría de mitos de la cultura contemporánea son jóvenes muertos prematuramente. Un ejemplo es Fernando Martín. Un atleta espartano con aire campechano y un modo de comportarse señorial y un tanto “chulesco” que imprimió pasión, ritmo y magia a los polideportivos y estadios en los que se adentraba cuya imagen ha quedado convertida en símbolo de toda una época -por encima de la de Epi, Sibilio, Corbalán o Villacampa- por dos motivos esenciales: haber puesto una pica en Flandes (la NBA) cuando el torneo era territorio vedado para europeos y su fortuita muerte en accidente automovilístico en la flor de la vida.

Fernando Martín era, en gran medida, un revolucionario. Un hombre sumamente competitivo que transmitía vigor y entrega pero a la vez estaba dotado de un espectacular físico y unas excelsas condiciones naturales para la practica del deporte (era campeón de natación infantil) que él se encargó de explotar logrando superar un gran número de condicionantes, prejuicios y límites como unos muy molestos problemas de espalda.

No sé si es exagerado afirmar que cuando él puso un pie en el vestuario del Real Madrid todo cambió pero sí que hubo muchas modificaciones. Fernando tenía el don de la furia española. De la garra y la saña pero lo combinaba con una nueva óptica. Una mentalidad moderna cerebral y evolucionada que lo hacía mucho más eficiente en sus prestaciones. Era, sí, el rostro del descaro pero también del trabajo. De la democracia recién estrenada. Y por tanto, acabó con las jerarquías arcaicas e impuso la meritocracia. El sueldo y los privilegios dejaron de depender de la cantidad de años vistiendo la camiseta del club para pasar a hacerlo del rendimiento. No era por otra parte habitual encontrar pivots con sus condiciones técnicas. Los de aquella época solían ser bastante patosos. Los puntos que conseguían lo hacían gracias a su altura y no tanto a su pericicia y puntería y normalmente, se dedicaban a coger los rebotes e intimidar a los contrarios. Pero Fernando Martín era un pivot fuerte y recio, sí, pero también versátil, inteligente y flexible con un tiro notable. Era en definitivas cuentas un baloncentista total con un carácter ganador, competitivo y luchador que le hizo quemar etapas con una rapidez inusitada y consolidarse como un bastión de la selección española y el Real Madrid.

Resulta en cualquier caso difícil explicar hoy en día, tras los innumerables éxitos internacionales de la generación de la “Bomba” Navarro y Pau Gasol, lo que simbólicamente representó Fernando. Cuando él debutó, España era un país de bajitos acomplejados. La imagen del español medio era la de Landa y Pajares. El país se revolvía entre los clásicos disparates nacionales a lo Berlanga y las chapuzas descritas por Ibáñez en sus cómics. Entre el hambre sexual y de libertad. La conciencia de los españoles se encontraba aún en brazos de Franco cuando unos jóvenes intrépidos, altos, inteligentes y bien formados comenzaron a aparecer habitualmente en las pantallas y lograr medallas en las más exigentes competiciones internacionales como el caso de la Olimpiada de los Ángeles en 1984 ¡Pura ciencia ficción! ¡Un viaje a la luna!

No obstante, la osadía no acabó aquí sino que Fernando se atrevió a dar el salto a la NBA. Un desafío que lo glorificó para siempre -a pesar de que entre el entrenador, los problemas de adaptación y la naturaleza de aquella competición no pudo consolidarse- pues era una proeza absolutamente inimaginable. Casi impensable. España -repito- era todavía una especie de gacetilla militar muy bien representada por los gritos de Tejero y los arranques de furia de Alfonso Guerra en el parlamento y de repente, un madrileño estaba chocando los pulgares semanalmente de “Pat” Ewing, Magic Johnson o Michael Jordan. Luchando por frenarles, ponerles un tapón u obstruirles logrando hacer dudar a los empresarios yanquis de la posibilidad de modificar un poco su modelo y pensar en exportar talento europeo. Una osadía tal que no importó tanto su relativo fracaso competitivo sino el mero hecho de su desembarco. Menos aún teniendo en cuenta que por aquel entonces muchos de los baloncestistas norteamericanos eran para los españoles prácticamente marcianos y era muy difícil integrarse allí sin pasar previamente por la etapa universitaria.

Fernando Martín, por tanto, destacó por su talante aventurero. Ser alérgico a los miedos y al fracaso. Pero más allá de todos estos condimentos, se convirtió en icono por la pasión que imprimía a cada acción. En cierto sentido, era un Rafa Nadal del baloncesto. Un deportista intenso y aguerrido. Un hombre que luchaba cada punto, mordía la cancha y la camiseta al entrar en ella y transformaba cada una de sus intervenciones en un concierto de rock and roll. Convertía un partido en trascendente con su mera presencia.

Su carácter reservado pero seguro de sí mismo también lo ayudó a crear una aureola mítica. Porque en las entrevistas parecía ser un hombre inteligente, sensato y humilde pero en la pista era la viva imagen de la determinación y por momentos, de la arrogancia. De la locura taurina. Una combinación de fuerza y carisma que llegó a su máxima eclosión en sus duelos bajo los aros con Audie Norris. Una tormentosa y excitante rivalidad que generó jugadas de las que surgían chispas por todos lados. Pura electricidad. Un combate de titanes que merecería un ensayo y dejó claro el carácter competitivo de un Fernando que, a pesar de tal vez estar un poco más limitado que el pivot norteamericano, jamás desfalleció. Iba tras cada balón como perro hambriento y no dudaba en meter el hombro y el cuerpo bajo los aros sin que esto degenerara en un enfrentamiento personal fuera de la cancha. Lo que aún ennoblecía más una guerra que no era tanto de egos como de rivales por el trono de la gloria. Pura épica adrenalítica. Un Red bull pasado de vueltas y agarrones bajo aros de fuego inmortales. Una batalla en la cima de montañas de tierra y sangre.

En fin. Fernando era una mezcla perfecta entre un plato de fabada, embutido y jamón serrano y una Coca-cola. Entre un caserío español, una tortilla de patatas y un automóvil de gama alta. Era un hombre campechano pero al mismo tiempo sofisticado. Pragmático e idealista. Y por eso mismo se ha ganado un trono en el recuerdo del deporte y la cultura. Porque era un don Quijote con alma de gobernador y conde. Alguien en cuya sangre latía el espíritu de los viejos navegantes españoles, aquellos locos que convirtieron sus sueños en un apéndice de la realidad, pero al mismo tiempo tenía los pies en el suelo. Preparados para despegar hacia los cielos y, en medio de un redoble de tambor torero, de un giro de media vuelta encestar una canasta. Shalam

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Prefiero que me hiera quien me ama que me bese quien me odia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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