Muro vasco

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No puedo evitar relacionar el anuncio realizado por José María Aznar en 1996 del fin del servicio militar obligatorio con la incipiente decadencia como entrenador de Javier Clemente. Un hombre visceral y rígido con un aspecto socarrón muy marcado que, a medida que las calles de España iban transformándose en pasarelas de ropa de Zara y la peseta era sustituida por el euro, comenzó a perder parte de su fuelle y embrujo mitológico como entrenador. Pues en cierto sentido, fue siempre un sargento. Un personaje entre lo chulesco y lo entrañable que parecía sacado de una de esas películas bélicas de los años 40 y 50, a los que no era difícil imaginarse pegando broncas a las tropas, tomando whisky en medio de una batalla trascendental e insuflando fuerzas y ánimo a un muchacho temeroso del combate. De hecho, uno de los grandes méritos de este disciplinado currante del fútbol fue convertir a sus equipos en aguerridos ejércitos sumamente ordenados. Pocas Españas tan serias por ejemplo como la del Mundial del 94 o la Eurocopa 96. Dos selecciones tal vez poco vistosas pero sí muy efectivas y prácticas, a las que además era sumamente difícil vencer debido a su colocación en el campo. Su enorme equilibrio y rigor táctico unido al enorme esfuerzo y sacrificio de todos sus integrantes. Una característica común a la mayoría de conjuntos que dirigió porque si algo tenía claro Clemente era que el grupo debía de imperar por encima del ego de ciertos jugadores y que la única figura y voz debía ser él. Norma que llevó a rajatabla y provocó un famoso y enorme conflicto con Sarabia durante su gloriosa etapa en el Athletic de Bilbao pero también paz y comodidad en la mayoría de grupos que dirigió hasta que se le pasó el arroz y se convirtió por momentos en una especie de caricatura de sí mismo. Una sombra arrogante y un tanto deslucida que vagaba por los más dispersos rumbos mundiales cuyas declaraciones y constantes salidas de tono, lo hacían más digno de aparecer en Crónicas Marcianas o en una secuela de Torrente que en un banquillo.

Clemente nunca pasó desapercibido y desde luego, nunca se dejó pisar ni silenciar por los periodistas, las aficiones o los presidentes. A su manera, era un muro vasco. Un hombre muy fiel a sí mismo, con una alta autoestima que no parecía tener sangre sino cemento en las venas. Algo que no ayudó en absoluto a sus relaciones con los mass-media. Sus entrevistas y ruedas de prensa eran por momentos combates de boxeo. Clemente no hablaba sino que soltaba ganchos directos a la barbilla de los redactores y obviamente, las preguntas eran la mayoría de las veces puñetazos directos a su mentón. En muchos momentos, perdió las formas y aguantó ataques que hubieran hecho tambalearse a la mayoría pero, de alguna manera, siempre se mantuvo en pie y fiel a sí mismo, como si fuera una de esas rocas que pueblan las montañas vascas y cuenta la leyenda que hacen más resistentes a los jóvenes nacidos allí. De hecho, en vez de venirse abajo o amedentrarse con las críticas, solía venirse arriba. Engolfarse y atacar con virulencia. Con frontalidad absoluta. Pues entre sus defectos desde luego no estaba la hipocresía y parecían no hacerle efecto ni los elogios ni las críticas. Clemente era sincero, verdadero y esclavo de sus convicciones a veces hasta el exceso y si tenía que desearle a alguien la muerte, lo hacía con sobriedad absoluta. Con la contundencia y frialdad con la que el asesino a sueldo mata a sus víctimas. Sin pestañear ni dudar pero también con algo de esa rabia y furia salvaje característica de tantos de esos marineros vascos que convirtieron durante años a la feroz e inhóspita América en una colonia de su región. Un brebaje explosivo que acabó estallando en los momentos más incómodos y provocando todo tipo de conflictos que sin embargo, incrementaban la cohesión de los grupos de muchachos que dirigía. La mayoría de los cuales le guardaban fidelidad y respeto y se sentían protegidos tanto por su tendencia a ejercer de cuñado paternal con ellos como por la contundencia con la que se empleaba en sus apariciones públicas.

Como entrenador, Clemente era ante todo pragmático. Muy práctico. Estudiaba bien a los rivales pero sobre todo, a los suyos. Trabajaba para fortalecer sus debilidades, intentaba adaptar el estilo a las cualidades (y defectos) de sus jugadores y tenía desde luego muy claro que la meta era vencer antes que convencer. Que lo importante era ganar y que de nada servía el título de triunfador moral. Siempre se mantuvo en las antípodas por tanto del aficionado al fútbol enamorado de la Brasil del 82 y mantuvo más de un debate cerrado, a vida y a muerte, con los cruyffistas y guardiolistas. Lo que terminó de enterrarle entre la afición española tan enamorada del fútbol quijotesco y malacostumbrada a la belleza estética desde el Dream Team. Un hecho que no ha permitido valorar lo buen entrenador que llegó a ser en sus años de esplendor. Se formó en el filial del Athletic de Bilbao y no dudó en subir a 10 muchachos recién salidos de la adolescencia al primer equipo convirtiendo a San Mamés en un bastión inexpugnable.

Su Athletic era fiero y bravo. Un equipo ingles y vasco que vivía del rigor táctico, la furia, la entrega defensiva y los centros al área. Era un equipo carismático con una energía indomable que tenía un aire al mítico Liverpool de los 70 y no daba un balón perdido cuya conexión con la ciudad de la que emergió era impresionante. Aquel Bilbao era una piedra gigante en el zapato de cualquier adversario que deseara enfrentarlo. Correoso, aguerrido e incansable con ciertas dosis de talento que lo transformaron en mito. Algo que también puede decirse en parte al menos de otra de las grandes obras maestras de Clemente como entrenador: su Español. Un equipo con una moral invencible, espartano y luchador que perdió una final de la Uefa por una mezcla de miedo y mala suerte después de haber protagonizado eliminatorias heroicas de esas que todavía levantan cejas de admiración y llantos de nostalgia en Sarría. De esas a las que cualquier poeta épico de antaño no dudaría en dedicarles versos inmortales consagrados al recuerdo del honor de una panda de jugadores que durante varios meses hicieron realidad lo imposible. Y convirtieron al club catalán en un equipo de ensueño para la España de Felipe González.

Ciertamente, Clemente no es el alcohólico de barra que muchos han querido vender. Ese jubilado que haría mejor gastando sus horas en una playa de Benidorm o contemplando partidos de pelota vasca que opinando sobre fútbol. Su tiempo pasó, sí, pero mientras fue su tiempo, dejó huella y vigor. Ocurre que siempre fue más pasional que cerebral. Nunca fue un gran pedagogo y tal vez no explicó bien su concepción del fútbol. Pero en su momento, normalizó innovaciones tácticas como la presión en el campo del rival contrario. Y con España llegó a jugar con un 4-2-3-1 forzado por la falta de un 9 de garantías y la necesidad de proteger a Guardiola. Dos decisiones que dejan muy claro que era un hombre inteligente e instruido futbolísticamente. Un muy buen estratega que no obstante, eso sí, nunca llegó a la dimensión de un Arrigo Sacchi -un entrenador mucho más maquiavélico, complejo y sofisticado- ni a la de un Fabio Capello -un técnico con maneras de avasallador general romano- y desde luego, se encuentra en la vertiente opuesta de Cruyff. Pero es injusto no reconocerle sus méritos. La fuerza y rigor que imprimía a sus equipos que hicieron que muchos lo hermanaran con Bilardo, el fútbol de Estudiantes y la escuela italiana. Por más que, a pesar de la dureza con que se empleaban sus jugadores, no eran exactamente conservadores ni destructores. En sus equipos siempre predominó cierta nobleza y pureza. Un trazo de hombría minera que el maremoto moderno ha querido disgregar pero sospecho que, como ciertas esculturas de Oteiza, quedará para siempre grabado a fuego en la memoria colectiva del pueblo vasco y Sarría. Shalam

القافِلة تسير والكِلاب تنْبح

A menudo se toma el destino en el camino que se toma para evitarlo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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