Paganos

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La lucha libre se encuentra a mitad de camino de varios mundos: el deporte, el espectáculo, el circo, el ballet y el cómic. Nace con la modernidad pero remite al pasado. Al mundo primitivo. A un tiempo en el que no había reglas ni leyes, cada ser humano era su guardián y cada parte del cuerpo era un arma. Sin embargo, es un acontecimiento donde todo está absolutamente codificado y responde a un guión delimitado previamente. Desde los golpes, los saltos o las patadas hasta lo más importante: el vencedor  y el perdedor. Por ello, la emoción en el ámbito de la lucha libre no tiene tanto que ver con lo que ocurre durante el combate sino con el mero hecho de su existencia. Hay quienes piensan que la lucha libre es una manifestación vacía pero, más bien, proyecta el vacío de la sociedad donde aparece como lo hacen asimismo las performances y gran parte del arte contemporáneo. De hecho, la lucha libre es un ritual que refleja perfectamente la ausencia de rituales en nuestra vida cotidiana. El escaso contenido espiritual de la vida moderna y la pulsión guerrera adormecida en la sociedad consumo. Y además, en gran medida, es una prueba de lo ciega que es la justicia. La constatación de que, antes o después, los ciudadanos nos veremos obligados a tomarnos la justicia por nuestra mano y de que todo orden jurídico nace para ser destruido, como hacen estos luchadores que no respetan ninguna regla y hasta en ocasiones, rompiendo el código interno de su disciplina, se atreven a combatir de verdad.

La lucha libre es un mundo sin gloria y sin épica porque, lo repito, es un espejo de nuestra sociedad. El público no aplaude tanto a los luchadores, sus acrobacias y sus golpes certeros como la posibilidad que le dan de disfrutar, relajarse y divertirse. La lucha libre está llena de adultos pero requiere de un público niño. Los luchadores no son tanto personas humanas sino superhéroes y, en última instancia, mitos. Sus máscaras sirven tanto para diferenciarlos unos de otros como para que cualquier persona pueda identificarse con ellos. En esencia, detrás de cada luchador se esconde el abismo y el infinito. El absoluto. Sus máscaras permiten que aparezca el animal. El instinto sin domesticar. La rabia pre-humana. La visceralidad que convierte sus gritos en rugidos y les permite boxear a cuatro patas como un tigre o volar por los aires como lo hace el buitre. El luchador es un representante del mundo natural o más bien, una manifestación de la Naturalidad plena. Del mundo pagano. Es un dios de un mundo sin dioses. El rey de una civilización sin iglesias en la que no hay más cultura que la ley del más fuerte. El luchador es un recuerdo del mundo en que no existía el erotismo. Sólo la sexualidad abundante y sin control. Un firmamento donde la luna y el sol podían confundirse entre las sombras de la noche y las luces de los días porque no existían ni el bien ni el mal y ni se intuía la existencia del amor.

Los luchadores son tan divertidos como tristes. Son una carcajada en medio de la tragedia cotidiana y una lágrima emergiendo en recuerdo de un mundo en que los dioses no habitaban los cielos sino que se escondían entre los árboles y las rocas. Por eso, en México al menos, poseen apodos como místico, rey negro, jaguar o perro. Porque nos permiten rememorar aquel tiempo en el que los cielos bajaban a la tierra y la tierra ascendía a los cielos. Ese mundo en que no había necesidad ni de ángeles ni de religiones porque, ante todo, el ser humano creía en sí mismo. Su corazón y carne eran su cetro y corona. Shalam

                                                         عْمَلِ الْخَيْرَ وَارْمِهِ فِي الْبَحْرِ 

      Las personas felices no tienen historia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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