Samba romana

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Existe un encuentro deportivo que marcó la infancia de toda una generación. Me refiero, claro, al Italia-Brasil del Mundial 82. Uno de los partidos más comentados y trascendentes de la historia del fútbol. Lo ocurrido en el estadio de Sarriá aquel ya lejano 5 de julio es de sobras conocido por todos los aficionados a este deporte. El conjunto brasileño era arte puro. Colorido sin igual. Magia y habilidad. Un equipo tan equilibrado y talentoso que se podía decir que jugaba a otro deporte. De hecho, mientras el resto de equipos competían, Brasil parecía que se dedicaba a divertirse. Gozar. Pues exactamente, aquella orquesta era un auténtico atractivo circense. El fútbol convertido en un espectáculo de magia. Una feria inmensa. Eso que hacían Zico, Eder, Sócrates, Falcao, Toninho Cerezo o Junior era un ballet astral. Una novela de Jorge Amado llevada al terreno de juego. Elegancia, intensidad y sensualidad. Realmente, esos jugadores parecía que hacían el amor con el balón. O que más bien, lo masajeaban. En cierto sentido, parecían jugar en una playa de arena. Con una alegría y desenfado impropia de profesionales. Casi como si estuvieran tomando caipirinha y el resto de rivales fueran unos simples aficionados. O como si el campo de juego fuera una sensual mujer. Y obviamente, todos los niños estábamos enamorados de ellos. Grabábamos sus jugadas y volvíamos a verlas una y otra vez, puesto que un partido de Brasil era lo más parecido a recibir un regalo de Reyes. Unas vacaciones anticipadas. Una proyección continua de dibujos animados. O bucear en medio de un mar en calma. Pura felicidad y alegría. Promesa de un mundo generoso sin hostilidad ni dolor.

Italia, sin embargo, representaba todo lo contrario. Aburrimiento y contención. Orden táctico y rigor. Aquella selección era ante todo un colectivo de soldados en donde primaba el sentido práctico muy por encima de la fantasía y la disciplina antes que la aventura. A aquellos jugadores no se los veía gozar. Se percibía que sufrían y que anteponían la cabeza, las órdenes del vestuario a su corazón o a la espontaneidad. Italia era un equipo desesperante. Provocaba bostezos. Y apenas suscitaba el interés de los estudiosos del deporte atentos a sus variantes tácticas defensivas. Italia era un muro. Gentile y Cabrini el anti-fútbol. Una losa de cemento cayendo sobre los pies del fútbol-arte. El fútbol convertido en un trabajo. Una pesada carga. Un matrimonio divorciado de la felicidad. Una película espectacular transformada en una intelectual. Pero obviamente, sabían posicionarse perfectamente, tenían un alto espíritu competitivo y combativo y eran capaces de morir antes que aceptar una derrota. Y además, estudiaban muy bien los puntos débiles de los rivales, que sabían explotar achicando o ampliando determinadas zonas del campo, provocando fueras de juego y sacando ventaja de cualquier saque de banda o falta. Algo realmente decisivo para lo que ocurrió finalmente. Puesto que si Brasil poseía algún defecto además de su inseguro e irregular portero, era tanto su exceso de confianza como su debilidad defensiva. Tele Santana confiaba tanto en el juego de ataque, en la habilidad de los suyos con el balón, que había amplias zonas del campo desprotegidas. Muy factibles de ser aprovechadas por un rival-tiburón que contaba además con un inmenso, maduro portero, Dino Zoff. Más aún, teniendo en cuenta que Brasil no solía realizar pressing alguno y que su obsesión por el fútbol-arte hacía que sus jugadores únicamente tuvieran en mente la portería del equipo contrario. Italia olió el desparpajo, el exceso de confianza brasileño y se agazapó reconociendo su inferioridad técnica pero demostró haber preparado bastante mejor el partido tácticamente y en cuanto pudo, hizo daño. Marcó un temprano gol que le aportó solidez. Le concedió la tranquilidad necesaria para llevar a cabo su juego de retaguardia y guardar fuerzas, que fueron utilizadas para volver a golear conforme Brasil iba empatando, y conseguir desquiciar a centrocampistas y delanteros que no estaban en absoluto acostumbrados a tan férreos marcajes.

El partido fue extenuante, jugado a un ritmo muy intenso. Un prodigio de emoción que nos hizo contener la respiración como nunca antes. Las calles de aquella España se llenaban de gritos cada vez que Brasil empataba, yo corría a abrazar a mi madre cuando esto ocurría y el mundo parecía dar vueltas de alegría conforme miles de aficionados elevaban y besaban sus camisas amarillas. Pero a cada embate de felicidad, le siguió un golpe en el estómago. Y como de todos es sabido, los vástagos y descendientes de Julio César conquistaron la tierra brasileña por 3 tantos a 2. Muchos crecimos de golpe varios años. Y el fútbol nunca volvió a ser el mismo. Italia se convirtió en el centro de este deporte durante los años 80, el A.C. Milan en la mayor máquina táctica jamás vista y la Roma, el Nápoles, el Lazio, el Inter, la Sampdoria o la Juventus en los rivales a batir. El mundo se convirtió en resultadista. Bilardista. Y demasiado cerebral. De repente, lo importante pasó a ser ganar sin importar cómo. Y Brasil, salvo en determinados momentos del Mundial 86, nunca más volvió a ser aquel Brasil. Aquel digno continuador de los equipos míticos comandados por Pelé desde finales de los años cincuenta. Se transformó en un equipo práctico por encima de todo, que únicamente utilizaba el talento y el arte para salir de sus apuros. Signo de la sociedad tecnificada que se venía. De aquel mundo adulto lleno de obligaciones que parecía esperarnos a todos nosotros, niños que soñamos con ver a Zico levantando la Copa, con su guadaña extendida. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Al pobre le faltan muchas cosas; al avaro, todas.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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