Samuel Eto’o: la pantera africana

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Existen algunos jugadores de fútbol -no muchos- que me han conseguido transmitir sensaciones muy parecidas a las de determinados rockeros. Desde luego, uno de ellos es Samuel Eto’o. Otros podrían ser Hristo Stoichkov, Diego Maradona y Eric Cantona. Pero hoy desearía centrarme en el camerunés. Alguien cuya imprevisible personalidad era un látigo en la frente de cualquier periodista o defensa. De hecho, parecía a veces que se estaba jugando la vida en cada jugada. Que el el balón era para él, una chuleta de cerdo de la que dependiera la vida de su familia. Algo en parte cierto. Pues no fue nada fácil la infancia de esta infatigable pantera. Más de una vez pasó hambre y se encontró con toda una serie de dificultades que sólo pudo superar gracias a sus extraordinarias cualidades como futbolista y una indomable fuerza de voluntad. Lo increíble, en su caso, como en el de muchos africanos era que sus intensos esfuerzos y carreras los llevaba a cabo riendo, sonriendo. Como si fuera consciente de que luchar por un balón y meter un gol era tanto un privilegio como un milagro teniendo en cuenta las penalidades que podía sufrir de permanecer en su tierra de origen.

Aunque, en su caso, había otro componente que me parece que merece destacarse y es connatural a muchos individuos de raza negra: su capacidad de disfrutar en las peores condiciones, entender la existencia como baile y dejarse fluir en el presente sin importar ni el pasado ni el futuro. Una sensación que al menos yo experimentaba, cada vez que veía a Eto’o marcando un gol o realizar un regate explosivo. Pues cuando la pantera jugaba, el tiempo se detenía y al fondo, se veía alzarse el fuego de unas hogueras donde sus hermanos de raza bailaban alegrándose por sus triunfos y éxitos.


Muchas veces me pregunté en qué posición jugaba Eto’o y todavía no lo tengo claro. Porque era un nueve puro, un ariete clásico que tenía condiciones de extremo. Poseía una pegada letal y una velocidad envidiables además de un vertiginoso cambio de ritmo que le permitían desplazarse por la banda y la perpendicular del área con suma rapidez. Pero durante su etapa en el Inter, Mourinho llegó a hacerle jugar incluso como lateral. Creo que porque tanto su actitud como sus extraordinarias cualidades físicas, lo hacían capaz de todo. Defender, atacar, marcar goles. Todo era posible para su espíritu de león herido, invencible e infatigable cuyas carreras por el césped eran más parecidas a las de un velocista o a un hombre que se estuviera jugando la vida que a las de un frío deportista occidental. Viéndole correr a lo lejos, de hecho, se asemejaba a un animal. Por lo que no es extraño que se le apodara como uno de los más feroces y bellos portentos de la selva: la pantera. Únicamente le faltaba rugir para asimilarse con esta bella fiera. A veces, parecía que en vez de hablar, gruñía y que se desplazara a cuatro patas de tan rápido que lo hacía, como sabe bien Roberto Carlos; uno de sus principales damnificados.

Siempre tuve muy presente los orígenes de Eto’o. Era difícil, a no ser que se fuera un observador muy racional, perderlos de vista cuando se lo veía hablar o desplazarse por el campo. Derrochando fuerzas con generosidad, expresándose con sinceridad y sin miedos ni tapujos ni falsas hipocresías. Y por ello, entendía perfectamente tanto sus salidas de tono como el gusto que se daba invitando a sus hermanos de raza a todo tipo de lujos en fiestas interminables. Sobre todo, porque nunca lo vi poner el freno al acelerador en un terreno de juego. Al contrario, hasta en la peor etapa de Rijkaard siempre se podía esperar de él entrega y esfuerzo, una jugada genial. Siempre se esforzó pues no entendía la vida de otra forma. Era un soldado con habilidades de equilibrista cuyo mayor defecto era no saber controlarse. Ser excesivamente sincero hasta el punto de convertirse en insolente. Como si fuera un jaguar encerrado en el cuerpo de un hombre, cada vez que alguien lo contradecía, Eto’o no podía evitar contestar. Rasgo de su carácter que tal vez lo honraba personalmente pero lo hacía difícil de controlar en un vestuario. Razón por la que entiendo que Guardiola decidió que dejara el Barcelona tras marcar un gol decisivo en la final de la Champions de Roma y haberse desenvuelto con excelencia durante toda la temporada mítica del triplete.

No importa. Allí donde fuera, la imagen de Eto’o siempre nos acompañaría. Fue maravilloso verlo jugar a las órdenes de Luis Aragones en el Mallorca y presenciar sus charlas, peleas y abrazos con él, como también observarlo dejándose la piel en el Inter de Mourinho o ahora en el Chelsea. Porque tras cada uno de sus movimientos se podía sentir latir el corazón del continente africano. De hecho, es así como interpreto muchas de sus excentricidades. Como lógicas reacciones de un hombre que procedía de una etnia, la bassaa, cuya cultura no tenía la rigidez de la occidental. Y se hallaba acostumbrado a los ritos tribales, los sonidos de la selva y la espontaneidad. Características que lo harían chocar con esas fuertes estructuras europeas que haría tambalearse más de una vez con sus improperios.

Durante una temporada de mi vida, asistí a muchos conciertos de artistas africanos: Salif Keita, Ali Farka toure, Cheik Lô o Yossou N’dour. Siendo un apasionado de la música pero no un estudioso de la interpretación, no sé si debería hablar de cuestiones técnicas. Tan sólo diré que los ritmos y compases de los tambores que allí escuchaba e incluso los riffs de guitarra no eran exactamente iguales a los que interpretaban los conjuntos europeos. Siempre había allí un repiqueteo o un tono de más que provocaba una ruptura con los compases rítmicos que estaba acostumbrado a escuchar. Pues bien, esto en cierto modo creo que significó la irrupción de Samuel Eto’o en el fútbol profesional: la inclusión de una tonalidad diferente, un ritmo visceral y contagioso que hacía muy difíciles de controlar y prever tanto sus acciones en el campo como sus intervenciones públicas. Aún recuerdo su mítica frase cuando fichó por el Barsa: “He venido a correr como un negro y vivir como un blanco”. Plufff. Un puñetazo en la cara de la corrección. Una sacudida a la sociedad de lo “políticamente correcto” y a los hipócritas guardianes de la moralidad y el racismo en nuestras sociedades. Una genialidad tan certera y atrevida como sus goles. Sus zapatazos desde fuera del área o esos remates de bolea que partían redes y dejaban a los porteros asustados sin saber si había pasado ante ellos una bala o una piedra.

Hay que reconocer, no obstante, que no era un genio del balón. No nos ha dejado muchas jugadas que recordar más allá de algunos festejos y golazos que siendo buenos, no son tan excelsos para pasar a la historia. Pero esto no era importante ni definitivo en en el caso de Samuel Eto’o sino lo que transmitía. La sensación de peligro que daba. La intensidad que ponía en cada una de sus acciones. Y lo sano y reconfortante que era verlo perder la cabeza como si fuera el componente de una tribu que de repente, en medio de la noche, sintiera que un espíritu le brincaba por el cuerpo haciéndole entrar en trance. Algo que pensamos muchos cuando le vimos alzar la mano, como si estuviera poseído, para insultar a su ex-equipo, el Real Madrid, en la celebración del primer título de liga de la era Rjkaard.

Con Eto’o muchas veces ocurría lo siguiente: que cuando creíamos que iba a sonreír, se ponía a maldecir a alguien como si el interlocutor fuera un espíritu negro que estuviera haciendo vudú a su familia y cuando esperábamos verlo enojado, se ponía a danzar, casi que a levitar delante nuestra, cual nigromante. Características que en un mundo tan reglado y articulado como el nuestro, lo hicieron especial. Alguien tan querible como disfrutable. Un niño grande con el que soñar en bailar batukada o participar en rituales donde se matan gallinas y distintas hechiceras nos leen la mano. Y todas estas facetas hicieron, por tanto, de la contemplación de cada una de sus intervenciones en el campo de fútbol, una experiencia mística. Porque, realmente, Eto’o no marcaba goles ni regateaba a contrarios sino que jugaba su propio partido. Un encuentro contra espíritus invisibles que podían matarle si se descuidaba o no se esforzaba como era debido, del que siempre solía salir vencedor. O al menos con la conciencia tranquila. Algo en su caso asegurable porque era en esencia un luchador. Un guerrero de ébano al que no me extraña que La Granja dedicara una canción como si se tratara de un héroe pop.

En realidad, Eto’o fue un futbolista que me hizo comprender mucho mejor el arte de Picasso y Barceló y el rock. Pues sin tener corazón de bluesman, llevaba dentro suya el espíritu libre del jazz. Era un explosivo pájaro con cuerpo de bestia a través del que mucho volvimos a recordar lo importante que era no rendirnos y perseverar en nuestros trabajos por más dificultosas que fueran las circunstancias. Tanto es así que, a pesar de haber ganado decenas de títulos, a mí al menos no me importa tanto este hecho como el espectáculo de verlo caminar por el césped cual león hambriento, esperando la oportunidad precisa para disfrutar de su sagrado elemento: el gol. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

El mejor militar no es marcial. El mejor guerrero no es violento

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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