Tyson

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Mike Tyson era cocaína pura. La droga de los 80. Su década. Una época en la que reinó como el perro mimado por sus amos, lo hace en la mansión que guarda. Absoluta, totalmente. Sin oposición. Recuerdo trasnochar para ver uno de sus combates, cabecear unos segundos y, ensoñiscado, observar inmediatamente al toro indomable elevar los brazos. Tyson, sí, era puro polvo blanco, desplazándose a velocidad de vértigo hasta su explosivo estallido en el cerebro. Le bastaban unos minutos, como mucho dos o tres asaltos, para tumbar a sus adversarios. Desarrollar al máximo sus capacidades. Una pegada incontestable, una capacidad de concentración e intimidación fuera de lo común y un físico temible. Aunque si bien tenía una técnica bastante depurada, en absoluto llegaba a la pericia de Muhammad Ali. De hecho, en cierto sentido, era su opuesto. No tanto por una decisión consciente sino porque, a pesar de que ambos formaban parte del planeta negro, pertenecían no sólo a etapas distintas dentro de la historia del boxeo sino, sobre todo, a culturas diferentes. Ópticas diversas de entender la vida.

Si Ali era un intenso y contradictorio cruce entre Marvyn Gaye, Malcolm X, Martin Luther King, Mickey Mouse, Parliament, John Coltrane y las panteras negras, Tyson era casi una máquina de matar. Honesta, eso sí, pero sin apenas matices. Si Ali era be bop imprevisible, Tyson era una machacona pero irresistible canción de fm. El chico de barrio sin ideales ni lecturas, salvado por el boxeo de morir en una riña callejera. Era tanto un producto elaborado del gimnasio como de los guettos de negros aún existentes en New York. Un rapero gansta que había intercambiado las pistolas por guantes. Un aspirante a extra en un vídeo de Run DMC y serio candidato a protagonizar otro de NWA. Dopamina andante. Una bebida llena de estimulantes. Red bull antes del Red bull. Un producto de la MTV. Un luchador cuyo aplastante estilo encajaba más en los videojuegos que en los rings.

En definitiva, si Ali permitía rememorar el clásico de Harriet Beecher Stowe, La cabaña del tío Tom, la guerra de Secesión y los llantos de incomprensión de sus hermanos afroamericanos, anticipando la futura llegada de una banda como Public Enemy, Tyson abolía el pasado. Era puro presente. Y, sobre todo, futuro. Anunciando con su mirada rabiosa tanto la deriva de la creatividad de Michael Jackson durante los 90, como la progresiva transformación del rap combativo en macarra. Pues lo suyo, siendo gigantesco y tremendamente meritorio, era puro boxeo zombi. Soltar colosales puñetazos (o mordiscos) que parecían rugidos cerebrales y haber surgido de sus vísceras debido al consumo regular de metanfetaminas. Y su estilo, desde luego, más que con lo clásico o épico, tenía que ver con Las Vegas. Puro kitsch lujoso. La acumulación ostentosa de un descomunal conglomerado de objetos -colecciones de coches de alta gama, trajes excesivamente caros que no combinaban ni con los zapatos ni la corbata- y sucesos – orgías en piscinas climatizadas, toneladas de ginebra y sexo realizado en los excusados de las discotecas- tras la que únicamente se encontraba el vacío capitalista. La ira del nuevo rico y su indefensión ante unas circunstancias que en cierto modo lo rebasaban y que sólo consiguió superar gracias a su autenticidad. Porque, aunque parezca todo lo contrario, Tyson era un hombre sincero, honesto, mucho más congruente de lo que parecía a primera vista, y muy respetuoso con el deporte que practicaba, que fue más juguete en manos de su destino, origen y los habituales tiburones y vampiros, que jugador. Más esclavo de su apabullante forma de boxear que dueño de ella. Algo lógico, teniendo en cuenta que era el sueño hecho carne de sus ascendientes, transportados como ganado desde África hasta América, en barcos donde eran tratados como malolientes y rabiosos perros. Un ser humano transformado por momentos en un animal como consecuencia de haber nacido en una sociedad animalizada y altamente hipócrita en la que su destino más probable hubiera sido el morir antes de los veinte años.

Tyson, desde luego, fue un boxeador adelantado a su época. Un gorila que, a pesar de los efectos especiales, era capaz con solo un movimiento de  ridiculizar los esfuerzos de Silvester Stallone por agigantar la leyenda de Rocky. Construir el boxeador perfecto que fuera en sí mismo un espectáculo visual insuperable. Pues no pervirtió su relación con los mass-media sino hasta que, (decepcionado de la vida, fatigado del boxeo tras cumplir su condena en la cárcel por haber sido acusado de violación y necesitado de dinero), decidió volver a combatir en los años 90, poniendo un pequeño parche en su leyenda que, a pesar de sus caídas y mordiscos, permanece imperturbable. Sobre todo, porque dado la velocidad a la que se desarrollaron la mayoría de sus combates y la duración que tuvieron, cuando nos referimos a él, parece que estamos hablando de un huracán, un maremoto y no de un boxeador. De un extraño fenómeno natural que pasó como un rayo por el ring, empeñado golpe a golpe, y a medida que ganaba un combate tras otro, en destruir el boxeo. Transformarlo en un deporte muy distinto al que existía antes de él. Pura cocaína. Convirtiendo, ya lo dijimos, su faceta soul, disco y jazz, en hip hop extremo, cool y salvaje. Una metralleta colocada sobre una mesa de lujo disparando collares de oro y esperma sin cesar. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

El buey dura mucho, porque siempre está echado

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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