Uruguay

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Uruguay siempre ha sido una selección que me ha impresionado. Tiene menos recursos y población que la mayoría pero ha conseguido más logros que casi todas: dos mundiales y ni más ni menos que quince copas América. Tradicionalmente, Uruguay no ha sido un equipo innovador ni vanguardista. No ha revolucionado el fútbol como Holanda ni maravillado con un festival de pases y acrobacias como Brasil. No ha convertido la defensa en un arte como Italia y tampoco ha tenido una mentalidad ganadora como la alemana. Y a pesar de haber dado figuras de alto relieve -Luis Suárez, Forlán, Franchescoli, Recoba, Schiaffino, Borges o Ghiggia- ninguna de ellas ha llegado a acceder al círculo de las grandes. En cualquier caso, en todas las facetas del juego a lo largo de su historia, prácticamente siempre ha llegado al notable. Creo, de hecho, que es el equipo más regular y monocorde del fútbol. El más confiable. Su clásica formación es un riguroso 4-4-2. Sin sorpresas y sin concesiones. Un estilo que tienen tan asimilado que, a pesar de ser sumamente reconocible, los ha convertido en un equipo temible. Porque su orden y capacidad de lucha y entrega son portentosas. Sus distintos equipos siempre han asegurado seriedad y rigor. Y, sobre todo, han tenido un inmenso espíritu competitivo. A la selección uruguaya, de hecho, hay que rematarla para vencerla. Ningún partido con ella es fácil. Todos implican una dificultad extra. Solicitan extrema concentración a sus oponentes porque sus jugadores son expertos en aprovecharse de los errores del contrario. Vulnerar sus fortalezas y olfatear sus dudas y debilidades. Unidos, sí, son más un ejército que un conjunto deportivo.

Los futbolistas uruguayos son casi espartanos. Poseen el gen de lucha argentino y el instinto defensivo italiano. Si Argentina e Italia tuvieran un hijo se llamaría Uruguay. Una selección que tiene algo del rocoso Estudiantes de Bilardo y del arisco e impiadoso Inter de Suárez. Suele tener dos delanteros habilidosos y algún centrocampista de clase. Y manejarse en la alta competición con la eficacia e impiedad de los conjuntos históricos. Por lo general, los equipos uruguayos no cometen fallos. Luchan por cada palmo del terreno de juego. Pelean hasta los fuera de banda. Y no dudan en cometer faltas. En ellos destaca sobre todo, su entramado defensivo. Intentar colarse entre sus latelares y centrales es casi una osadía. Porque Uruguay ha hecho de su área, una jungla. Vietnam. A Uruguay se le puede ganar pero el que lo hace, ha de saber de antemano que acabará el partido con algún lesionado o varios moratones en las piernas. Los partidos contra Uruguay, de hecho, tienen más que ver muchas veces con la guerra que con el deporte. Son una olla de tensión. Al fin y al cabo, es un país pequeño que vive a la sombra de dos gigantes -Brasil y Argentina- y no cuenta prácticamente en el orden internacional. Y una de las escasas formas que tienen sus habitantes de llamar la atención es con el fútbol. Razón por la que a veces parece que más que el orgullo, sus jugadores han apostado la vida.

Uruguay tiene el historial de un equipo grande pero aparece tradicionalmente en la segunda fila de los favoritos y de las selecciones históricas. Y esa consideración convierte a sus jugadores en más peligrosos de lo que aparentemente, parecen. Los transforma en perros rabiosos. Matagigantes. Hay quien los ha visto salir al campo con puñales dentro de la boca. Y supongo que, en cierto modo, esta metáfora es real porque tradicionalmente, no han tenido piedad con sus adversarios. Es difícil encontrar un partido en el que no hayan estado a la altura o hayan concedido varios regalos a los adversarios. Lo saben bien los brasileños que en 1950, se creían vencedores de su primer Mundial y fueron apartados del sueño por un trallazo aniquilador de Gigghia que convirtió el país en un funeral. Luego, el mítico delantero declararía sentirse triste al ver la desolación que inundaba las calles cariocas. Pero en el campo, no dudó y convirtió uno de esos goles que han trascendido a su época y forman parte de la épica deportiva. De la Iliada fubolística del siglo XX.

Es cierto, por otra parte, que se recuerdan pocas exhibiciones de Uruguay en los terrenos de juego. Que han dejado muy pocos partidos memorables cuyos gestos técnicos merezca contemplarlos una y otra vez. Pero ese es el precio que han tenido que pagar para competir con eficacia. Porque tampoco se recuerdan muchas humillaciones sufridas por la selección uruguaya. Tragedias de esas que dejan muda a una nación.

Uruguay es uno de los equipos que más conscientes han sido tradicionalmente de sus limitaciones. De aquello a lo que podía jugar y a lo que no. Su fuerte no han sido los experimentos sino la constancia. La fuerza de voluntad. El orden táctico. La lucha. Y una convicción para creer en sus posibilidades superior a la media. Además de, claro, la buena organización de su federación y cierto estoicismo. El temple mental. La inteligencia con la que han analizado y planteado partidos. Si eran un equipo lento, obligaban al rival a ser lento. Destruían sus vías de juego y fracturaban sus virtudes. Y siempre protegían y resguardaban a sus arietes. Sus dribladores y figuras. Pues un gol les bastaba para cumplir sus objetivos. De hecho, el resultado tipo conseguido por la selección uruguaya es ese: 1-0. Un gol para el que habitualmente, han dispuesto toda una estructura que me recuerda a la de un hormiguero. Porque, ante todo, sus jugadores son organizados y laboriosos. Es difícil que pierdan la posición en el campo y han logrado ganarse el respeto por su capacidad de convertirse en pesadilla de los contrincantes. Extraer agua en medio de campos desérticos frente a selecciones cuyos integrantes, nombre a nombre, eran supuestamente superiores. Shalam

إِنَّهُ لأَشْبَهُ بِهِ مِنَ التَّمْرَةِ بِالتَّمْرَةِ

Quien no castiga el mal, ordena que se haga

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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