El ballet (2)

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Dejo a continuación el segundo avería dedicado a un equipo mítico: el Milan de Sacchi. ¡Ahí va!

El ballet (2)

Para que un equipo deje su sello en la historia normalmente ha de sortear diversas crisis internas y externas.

En el caso del Milan de Sacchi, las internas estuvieron representadas por las tensiones entre Van Basten y el entrenador transalpino. Si había alguien que podía ser considerado una estrella en el conjunto lombardo ese era Marco. Alguien capaz de rematar al hueco desde los más inverosímiles lugares tanto con la cabeza como con los pies. Van Basten era capaz de fabricarse goles el solo. Encontraba huecos allí donde no había más que piernas y aparentemente no existía ningún espacio. Pronunciar su nombre como ganador del Balón de Oro era una mera formalidad. Cuando estaba en forma, no existía un delantero parecido. Un ariete que convertía cada jugada en un lienzo renacentista. Y, por momentos, en vez de estar jugando al fútbol, parecía que estaba bailando un vals.

Dadas esas circunstancias, había que ser muy osado para tan siquiera toserle. Sin embargo, Marco no recibió ningún trato de favor por parte de Sacchi. De hecho, Arrigo tendía más a sugerirle sus defectos o aquello en lo que debía mejorar que a alabar sus virtudes. Básicamente, porque para él lo importante era el conjunto. Ningún jugador, por muy bueno que fuera, estaba por encima de su idea grupal del fútbol. Y si bien esta visión provocó cierto descontento en el ariete holandés, también acrecentó su rendimiento. No sólo el de él sino el de todo el equipo. Puesto que si Sacchi era capaz de criticar a Van Basten y no tenía reparos en sentarlo en el banquillo en caso de no trabajar como él quería, ¿qué no haría con los otros jugadores?

Ahí, sí, en ese duro trato de Sacchi a Van Basten se empezó a forjar, a su vez, este equipo de leyenda. Una iglesia futbolística en la que el esfuerzo no se negociaba y todos sabían quién mandaba y qué debían exactamente hacer.

Las crisis externas también son prácticamente inevitables en los equipos campeones. Casi todos los grandes conjuntos futbolísticos han pasado por momentos en los que se encontraban en la lona, superaron el KO y a partir de ahí se hicieron fuertes y crecieron. Se me ocurre a bote pronto, por ejemplo, lo ocurrido con el Barcelona de Cruyff el año que conquistó su primera Copa de Europa. Un espectacular equipo que, no obstante, se salvó de la quema en el último instante por un testarazo de José Mari Bakero en Kaiserlauten. Algo parecido a lo que le ocurrió al Madrid de esta última década, al que un cabezazo de Sergio Ramos en la final de Lisboa contra el Atlético de Madrid, propulsó anímicamente de tal forma que, en pocos años, logró establecer una nueva dictadura blanca en Champions.

Pues bien, ese momento clave lo experimentó el Milan de Sacchi los días 9 y 10 de noviembre de 1988 en Belgrado durante su eliminatoria de vuelta de los octavos de final de la Copa de Europa contra el Estrella Roja. La igualdad entre ambos equipos era manifiesta. Tal vez el Milan fuera más técnico y un poquillo superior, pero no demasiado. De hecho, en San Siro los primeros en adelantarse habían sido los yugoslavos gracias a una habilidosa y potente jugada individual de Dragan Stojković. Un gol contrarrestado inmediatamente por Virdis. ¡Uno a uno y a prepararse mentalmente para el infierno de Belgrado!

Lo sucedido en la vuelta forma parte de los momentos legendarios de la Copa de Europa. El Milan perdía 1 a 0 pero apenas se podía jugar a causa de la niebla. Sacchi se quejó de varios fueras de juego mal pitados debido a la invisibilidad. Pero el Estrella Roja estaba siendo superior. Imponiendo su condición de local. La desesperación embargaba a los rojinegros cuando vieron que se quedaban con nueve hombres debido a la expulsión de Virdis y Ancelotti. Todo parecía perdido pero la niebla no cesaba de crecer. Llegados a un punto, nadie sabía quién era quién y el partido se suspendió. La Madonnina había obrado un milagro porque las reglas europeas dictaban que el encuentro se debía volver a jugar desde el principio. ¡Dios era milanista!

El día después, el conjunto rojinetro recuperó a sus 11 jugadores (excepto a los expulsados) en el campo y planteó un partido a cara de perro. Se creció ante la dificultad y logró marcar un gol que le permitió llevar el partido a la prórroga y, posteriormente, a los penaltis. Antes, debido a un golpe, el mismísimo Donadoni estuvo a punto de morir en el campo.

La presión durante los lanzamientos finales fue máxima. El público estaba desbordado y todo podía pasar. Ese fue el momento crucial de ese Milan. Todos los jugadores dijeron presente y demostraron estar preparados psicológicamente para superar los más altos escollos. Marcaron todos sus tiros desde los siete metros y Galli atajó alguno. Suficiente como para que los de Sacchi se clasificaran.

No sabemos qué hubiera ocurrido de no haberse repetido el partido. Tampoco si las estrellas rojinegras hubieran errado algún penalti. Pero sí podemos conocer lo que ocurrió tras haber logrado superar al terrible montículo yugoslavo: que el Milan recibió un envión anímico que lo convertió en una imparable máquina futbolística.

Después de lo vivido en Belgrado, ni tan siquiera el mismísimo Madrid pudo inquietar a los lombardos en su competición fetiche.

El partido de ida de las semifinales que realizaron en el Bernabéu fue colosal. Para entonces, (abril del 89) la maquinaria rojinegra se encontraba mucho más engrasada. Habían pasado varios meses de lo de Belgrado, llevaban casi dos años trabajando con Sacchi y tenían perfectamente interiorizadas las claves de su sistema de juego. Como resultado de ello, asistimos a una eliminatoria épica no tanto por la igualdad sino por la manera en la que el Milan se impuso.

El Madrid de Beenhakker era un muy buen Madrid. Un espectáculo alegre y desenfadado. Aquel Madrid olía a Movida. A Nacha Pop, a Los Secretos y a Radio Futura. Más que fútbol, hacía pop. No había quien no se divirtiera contemplando los sutiles movimientos de Butragueño, las carambolas y acrobacias de Hugo Sánchez o los centros alquímicos de Michel. Pero contra el Milan, aquellos jugadores parecieron niños. Meros adolescentes desordenados que, en realidad, desconocían los verdaderos fundamentos del deporte. Los jugadores blancos caían una y otra vez en fuera de juego, se perdían entre las piernas de los contrarios y movían el balón sin profundizar ante la inquietante y asfixiante presión de los milanistas. Por eso nadie, ni uno solo de los espectadores del Bernabeu, creyó en la victoria a pesar de que el conjunto blanco se adelantó en la eliminatoria con un gol de Hugo Sánchez. De hecho, muchos aplaudieron en secreto el magnífico gol de Van Basten que empataba el partido de ida porque si existía un señor del juego allí ese era el equipo italiano. Tal y como quedó claro dos semanas más tarde en uno de los partidos más espectaculares de la era Sacchi: un inapelable 5 a 0 de esos que dan la vuelta al mundo, transforman conciencias, provocan el nacimiento de vocaciones y trascienden más allá del deporte.

Después de golear al Madrid, al Milan obviamente no le costó nada levantar la preciada Copa de Europa en el Camp Nou en un partido en el que arrolló completamente al Steaua. Tampoco le costó por cierto demasiado derrotar al Barcelona de Cruyff en la Supercopa de Europa. Mucho más difícil, sí, le fue conquistar la Copa Intercontinental contra el Nacional de Medellín de Higuita. A tan sólo un minuto del final de la prórroga, una falta lanzada con saña y rabia por Alberigo Evani daba otro de esos triunfos soñados por Berlusconi cuando tomó el timón de un barco futbolístico que hacía aguas por todas partes.

En realidad, lo experimentado por el equipo lombardo en la mítica eliminatoria de la niebla contra el Estrella Roja fue absolutamente esencial para conquistar esa Intercontinental y una nueva Copa de Europa. Porque durante esas dos noches de noviembre, el equipo aprendió que no bastaba con ser mejor para ganar. Que no se podía ser un verdadero campeón sin sufrir. Que para vencer no basta con tener una técnica exquista, ser un revolucionario táctico, tener los mejores jugadores y haber desarrollado un organigrama futbolístico infalible. No. Para ser un campeón hace falta sudar sangre, masticar heridas, hacer todo tipo de sacrificios, mandar a tomar el culo el ego y estar dispuesto a morir si es necesario en la cancha.

En verdad, sospecho que fue aquel enfrentamiento a cara de perro el que proporcionó el temple necesario a los jugadores de Sacchi para superar los momentos críticos que atravesaron en distintas eliminatorias en las que el rival los condujo al límite mental y físico como fueron las disputadas contra el Werder Bremen o el Bayern de Munich o incluso determinados momentos de la espesa final europea disputada contra el Benfica en 1990.

Fue, de hecho, precisamente en el momento en que los rojinegros dejaron de lado su carácter luchador que fueron expulsados de su reino. En marzo de 1991, durante la vuelta de una durísima eliminatoria contra el Olympique de Marsella, a tres minutos del final, se produce un apagón en el estadio. Ambos equipos se retiran al vestuario mientras se soluciona el problema de la luz. Pero el Milan (que va perdiendo por un gol) se niega a volver a salir alegando problemas de seguridad. En realidad, el motivo esgrimido no deja de ser una mera excusa que responde a un plan maquiavélico urdido por Galliani (la mano derecha de Berlusconi), quien desea ganar en los despachos lo que parece que su equipo no logrará conquistar en el césped. Una indigna actitud para un conjunto que había enfrentado las mayores dificultades hasta entonces y nunca había dado un paso atrás.

Aquel día el Milan de Sacchi muere para siempre. La UEFA no sólo le da por perdida la eliminatoria contra el Marsella sino que lo sanciona sin jugar en Europa un año más. Sacchi, estresado y preocupado por su salud, ya no se siente con capacidad de seguir motivando a jugadores que comienza a percibir como acomodados. Así que firma un contrato para dirigir a la selección italiana. Menos trabajo diario, más descanso para su maltratados nervios, aunque idéntica intensidad.

Mientras tanto, Berlusconi busca un remedio entre las sombras para revivir al enfermo. No tarda en encontrarlo entre los pasillos de la fortaleza que preside. Fabio Capello, un león indomable, un técnico con una temible y fuerte personalidad, promete enderezar el barco y volver a apretar las tuercas a los jugadores. Comienza otro ciclo victorioso del equipo lombardo que, eso sí, no hará olvidar la gloriosa etapa de Sacchi. Una época en la que el conjunto rojinegro fue capaz de convertir el fútbol en una mezcla entre una canción italo disco, una película de Visconti  y una sinfonía de Beethoven. ¡Gloria pura! Shalam

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen…esta vez logra escapar de dos jibaros…………
    2ºimagen….en la ladera de la colina….(grecia-roma)
    3ºimagen…..alegria e identificacion posterior….
    4ºimagen….estos no paran con los petardazoooss……
    5ºimagen…..me los llevo a los tres sin despeirnarme…..jajajjj
    6ºimagen….estilo fosbury…..
    7ºimagen….hostia padre, a hombros como los toreros!…..(dialogo de una peli de berlanga)…..
    PD:…https://www.youtube.com/watchv=wsRatIMUSu8&list=PLycVTiaj8OI8F5vZlwv4NnvGwc84ITnW2&index=2
    the fool on the hill…1967….los arreglos son todo…….

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Me imagino esta escena dentro de un barco pirata. Todos disfrazados. Lucha a muerte. 2) Sí. Diálogo del maestro Sócrates o Pitágoras con sus discípulos. 3) El caballero de Utrecht levantando el brazo y una espada después de derrotar en justa lucha a su enemigo, el caballero del dragón. 4) De aquí sacaría un Velazquez pop una escena parecida a la de «El rendimiento de Breda». jjajaaj…5) Un caco escapando de tres policias. 6) el colombiano que mira hacia atrás está echando la red. La red don sus compañeros. el mar el cesped. Los milanistas unos invitados pop sin ningún sentido a esta escena portuaria…jajajaja.. 7) jjjaja… muy bueno.. lo del chiste de Berlanga. PD: Sin dudas, maravilloso el momento del video 40.. esa flauta que suena a canterbury sound.. una mezcla entre un homenaje y al mismo tiempo una parodia del canterbury sound.. Paul da sorprendentemente bien el pego como loco…..https://www.youtube.com/watch?v=DGEX_7IqaC4&ab_channel=TheBeatles

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